Criando abejas, recorre NY y el mundo

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Criando abejas, recorre NY y el mundo
El apicultor Andrew Coté fundó y dirige Bees Without Borders, una organización que intenta disminuir la pobreza a través de la cría de abejas.
Foto: Cortesía SSP

Camina sobre el mullido alfombrado del lobby en dirección al escritorio del concierge. Ya ha estado varias veces en la sala central del Waldorf-Astoria, y por eso ya no le llaman tanto la atención el lujo y la solemnidad del hotel más famoso de la Gran Manzana.

Vestido con ropa deportiva —un rompevientos, un pantalón cargo, de esos con muchos bolsillos y una mochila— el hombre da unos pasos finales y llega a su destino. “Vengo a chequear las abejas”, le dice entre susurros al empleado. “Adelante Sr. Coté”.

Luego de ingresar un código, Andrew Coté, atraviesa una puerta lateral y se dirige a un elevador interno donde presiona el piso 20. Allí, en la terraza del Waldorf, tiene lugar una de esas situaciones a las que le calza perfecta la frase ‘Only in New York’: en este techo con una imponente vista al Chrysler Building y sobre un piso de verdísimo césped sintético, descansan seis colmenas artificiales construidas de madera que lucen como casitas de techo a dos aguas.

“Las construyó mi padre”, comenta Andrew hablando con orgullo de su progenitor, quien no sólo es su mejor amigo si no quien lo inspiró para convertirse, como él, en un beekeeper o apicultor.

En el interior de cada panal, viven unas 20,000 abejas, es decir que total de 120,000 conviven, hace casi un año, junto a grandes dignatarios del mundo, artistas y otros huéspedes del hotel. “A partir de abril, cuando hay temperaturas de 50 grados Celsius o más, ese número va aumentando”, explica, “y en junio, que es el pico, podemos llegar a tener más de 450,000 abejas”.

Andrew fue contactado por el director culinario del hotel, el chef canadiense David Garcelon, quien con las 300 libras anuales de miel que producen las abejas, prepara elaboradas recetas desde helado de ‘honey nougat’ —un sueño—, es la respuesta del apicultor cuando se le pregunta si es rico- hasta Honey Vinaigrette.

Pero ésta, es sólo una de las iniciativas a las que dedica su tiempo este criador de abejas y quizás la única rodeada de tanto glamour.

Lo que en realidad desvela a Andrew y a su padre, Norm, es sacar el máximo provecho de estas criaturas que, aseguran, pueden aliviar la pobreza mundial. “Un 30% de las verduras y frutas del planeta existen gracias a las abejas”, sostiene. “Las comunidades pobres dedicadas a la agricultura que comienzan a criar abejas, ven mejoras en sus cultivos y un aumento en su producción”, agrega.

Esa es, precisamente, la misión de ‘Bees without Borders’, la ONG que fundaron hace ya varios años y con la que han recorrido gran parte de Latinoamérica enseñando las bondades de las abejas a campesinos. “Hacemos lo que más nos gusta: criar abejas, filantropía, brindar educación y viajar. Hemos estado en todos lados: México, Haití, Ecuador, donde viví un año, Guatemala y Venezuela”, continúa en perfecto español, “y también en Fiji, Moldova y hasta Irak”.

En cada destino, enseñan a carpinteros locales a construir colmenas, a cazar abejas salvajes oriundas del lugar. Por ejemplo, en América Latina, cuenta, predominan las de las clases Apis Mellifera o italiana, y la abeja africana, conocida como abeja asesina porque, aclara, “tienden a atacarse entre sí, no a los humanos”.

Hace pocos días regresaron de Kenia donde estuvieron ayudando a miembros de la tribu Samburu. “Ya habíamos estado en otra oportunidad y volvimos para ver el progreso realizado. Están muy satisfechos con el rendimiento de las abejas”. Padre e hijo aprovecharon la ocasión para escalar el Kilimanjaro.

Los Coté también son profetas aquí en su tierra donde ofrecen conferencias en universidades como NYU o la Sociedad de Apicultura y ayudan a los vecinos de barrios humildes como East NY o Brownsville, en Brooklyn. “Les damos herramientas para que instalen panales en sus jardines comunitarios y puedan producir miel. También les enseñamos cómo recolectarla y cómo hacer un plan de marketing para venderla”.

Sin haber estudiado formalmente, Andrew aprendió desde pequeño observando a su padre en su casa de Connecticut, donde hasta el día de hoy albergan más de un millón de abejas. “Recuerdo bien nítido su olor a humo porque el humo calma a las abejas. Mi padre fue bombero por muchos años y olía a humo por ambos trabajos”, señala sonriendo.

Podría reconocer a una abeja reina entre miles; detecta cuándo sufren enfermedades y sabe qué medicinas las curan; conoce de memoria el proceso de polinización y describe a la perfección cómo se comunican. “Esto les va a encantar a los latinos”, afirma, “porque se hablan bailando. Hacen una danza en ocho y según el ritmo, la amplitud de los círculos y la velocidad, significa que han encontrado un lugar con buenas flores y que llaman a x cantidad de refuerzos”.

Enamorado de sus abejas, asegura que debemos aprender mucho de ellas: “No son ególatras y se interesan más por el grupo y el bienestar de todas que por el de una en particular”.

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