Los tabúes que hoy en día existen del embarazo y de convertirte en madre

A pesar de vivir en pleno siglo XXI, hay muchas cosas respecto a ambos temas de los que poco se habla y por ende, existe aún mucha ignorancia de algo que es más que natural

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Los tabúes que hoy en día existen del embarazo y de convertirte en madre

Hollie McNish es una poetisa británica que escribe sobre la maternidad: desde las náuseas matinales del embarazo y el amamantamiento en público hasta la imposible misión de terminar una taza de té antes de que se enfríe. Y cree que los tabúes todavía impiden que la gente hable abiertamente sobre el nacimiento y la crianza de un niño.

Hasta que dio a luz a su tercer hijo, mi abuela, que ahora tiene 90 años, creía que tal vez los dos primeros le habían salido por el culo.

La semana pasada, cuando la entrevisté para una serie en (el programa de la BBC) Woman’s Hour, me contó esa historia una vez más, pero la remató con una frase, preocupada: “¡Por supuesto que eso no lo vas a decir en la BBC!”

Creo que lo que quería decir era: “Por favor, que eso no salga en la radio, a ver si lo escuchan mi amigas del club de bridge“.

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“Poco sabía de lo que significaba el proceso de hacer crecer un niño dentro de tu cuerpo”, dice McNish. (Foto: Shutterstock)

La primera vez que hablamos del tema fue cuando yo estaba embarazada. Creo que me estaba quejando de cuán poco me habían anticipado del alud de emociones (negativas) que se me vendrían encima, del malestar matinal y los dolores que trae ese proceso de hacer crecer un niño dentro de tu cuerpo.

Cuando mi abuela dijo las palabras “nacidos de mi culo”, yo casi escupo el té que siempre me prepara cuando nos sentamos a charlar en los dos sillones de su sala.

Le pedí si me contaba esa historia una vez más después de haber dado a luz a mi hija.

Para entonces, estaba incluso más interesada (y bastante más enojada) en los tabúes que todavía rodean la maternidad. De los altibajos emocionales que usualmente se esconden detrás de ese relato perfecto de “cómo me fui enamorando de mi bebé”, a las cuestiones que tienen que ver con la sexualidad, el cuerpo de la madre, la soledad y la claustrofobia.

Todo camuflado bajo fotos de sillones impolutos, camisas blancas bien planchadas e imágenes idílicas de familias sonrientes dando una caminata por la playa, en compañía de un labrador de pelo sedoso.

Lo que callamos

Después de haber pasado por la experiencia de dar a luz, estaba sorprendida y un poco apesadumbrada de que ninguna mujer hable mucho de por dónde salen los niños al mundo.

Es cierto, durante el trabajo de parto, a mí también me dijeron que “pujara por atrás” y se sintió un poco así. Pero después de haber recibido parvas de información en torno al “evento” (no se me ocurre una palabra mejor para definirlo), no había ninguna posibilidad de que estuviese confundida.

Así que cuando me pidieron que pasara dos meses entrevistando a madres y padres sobre sus experiencias de crianza, casi supliqué que me dejaran entrevistar a mi abuela: tomarme una taza de té con ella en los sillones, como hacemos siempre, solo que esta vez con un micrófono al frente.

Al principio, ella estaba nerviosa, pero al rato se relajó. Y no dejó de pedir disculpas por la “crudeza” y la “vulgaridad” con que estaba hablando. La historia del culo fue solo una de las muchas cosas que, al parecer, había querido sacarse de adentro por más de 65 años.

Aunque fue gracioso al principio, el relato fue tornándose triste. Mi abuela no sabía nada del parto porque nadie se lo había explicado. Y nadie se lo había contado, dice ella, porque era considerado un asunto demasiado vulgar como para ser discutido. Ella no preguntó, por las mismas razones: no era elegante.

“¿Y qué te dijeron del sangrado después del parto?, le pregunté. Tampoco eso lo pudo discutir con nadie.

Para ahorrarle un momento embarazoso a mi abuelo y a todos los demás, tenía que fingir que esas cosas simplemente no ocurrían y seguir adelante con lo suyo, criando bebés y niños con una sonrisa cortés, vestida con trajecitos a juego bien planchados y el pelo prolijo marcado con rulos.

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Las postales perfectas que circulan en los medios y las redes sociales no ayudan a aliviar la presión de muchas madres primerizas. (Foto: Shutterstock)

Sin sangre

Tengo el recuerdo vívido de cuando, durante mi adolescencia, le pregunté a mi mamá por qué mi abuelo se levantaba y se iba de la habitación cada tanto cuando la televisión estaba encendida. “Porque no quiere ver los avisos de toallas sanitarias”, me dijo. Por entonces, aquello me hizo gracia.

Siempre adjudiqué esas diferencias a la brecha generacional: mi abuela dio a luz hace 70 años. Nadie mencionaba por entonces que había sangre en un parto y la palabra “vagina” era casi pecaminosa.

Pero las cosas han cambiado, pensé yo. Mi hija tiene 6 años y corre por la sala de mi abuela cantando “la palabra” con desparpajo, mientras mi abuela se sumerge en su té murmurando un “supongo que realmente es mejor que sea así abierta, pero…”

Yo estoy a mitad del camino, ni tan abierta como mi hija ni tan reservada como mi abuela.

Luego, pasé los dos meses siguientes viajando a casas, hoteles y pensiones para entrevistar a otros padres cuyas historias tampoco han sido contadas, escondidas de toda visión de la maternidad o la paternidad construida por los medios de comunicación.

Estoy convencida de que este es uno de los tabúes más grandes y dañinos que tenemos, no solo uno de generaciones anteriores sino uno vigente al día de hoy.

Escondidas y señaladas

La segunda entrevista que hice fue con dos mujeres geniales, una madre de un bebé y otra con un niño de unos 2 años. Ambas habían quedado embarazadas cuando estaban en el colegio y hablaron con honestidad brutal sobre cómo habían sentido la necesidad de esconder sus cuerpos cambiantes ante los ojos de los demás estudiantes.

Con el dedo acusador apuntando a su vientre crecido, me contaban, la gente se negaba, incluso, a cederles los asientos reservados para embarazadas en los autobuses locales. Recibieron mucho apoyo, pero a la vez, pasaron por mucho trauma.

Las dos me hablaron de los sacos holgados y sin forma que empezaron a usar para “esconderse” debajo. Otra vez pensé de inmediato en mi abuela, que me había comprado varios cárdigans para que me “cubriera el trasero” mientras estaba embarazada. Pensé en toda la ropa amplia que ella misma habría usado.

Muchas veces, mi abuela había hablado de cómo un cuerpo con un vientre prominente no es “para mostrar en público”. Buscando en Internet imágenes de madres famosas, de vestidos que dejan la panza perfecta al descubierto, de fotos en Instagram donde se celebra el embarazo, pareciera que esa incomodidad ya no existe. Pero no creo que ese sea el caso.

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Una “sentada” para reclamar por el derecho a dar el pecho en público: es hora de acabar con el tabú, dice la escritora. (Foto: Shutterstock)

Los pechos prohibidos

Luego están las historias del amamantamiento. No los problemas físicos que muchas madres experimentan a la hora de dar el pecho a su recién nacido, sino los mandatos sociales y culturales que tanta ansiedad causan a estas mujeres y a muchas otras, sobre todo jóvenes, con las que he charlado.

Otra vez, pensé en mi abuela. Ella nunca dio el pecho frente a nadie. “No, no, jamás”, enfatiza.

Chante, la primera madre joven que entrevisté, me dijo que le había preguntado a la asistente de salud si podía dar a luz por el culo. Simplemente no sabía si era posible o no. Nos reímos juntas y yo le conté de mi abuela.

Durante dos meses, escuché relatos mientras sorbía lentamente muchas tazas de té. Son tantas las voces ignoradas en el “planeta maternidad” que dibujan los medios.

Escuché a madres de pocos recursos que viven en el cuarto piso de una vivienda subsidiada y deben cargar el cochecito del bebé escaleras abajo, escaleras arriba.

Escuché el relato de una madre primeriza que se paró en el techo del edificio donde vive, en un intento por acabar con su vida, sin ayuda, pese a haberle dicho a los médicos que tenía una pulsión por “salir corriendo” y sentía signos de psicosis.

Escuché a una madre que había tenido que emigrar y se sentía perdida en un país donde no habla la lengua, ni reconoce la comida y tiene miedo hasta de salir de su apartamento.

Escuché a un padre temeroso por desobedecer las ideas sobre la buena paternidad que le había inculcado su madre.

Y aprendí que esto no es solamente un asunto generacional: la maternidad, la paternidad, son todavía un tabú sobre el que deberíamos hablar más. Sin tapujos, con total honestidad.

Preferentemente, con una taza de té en mano.

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