Lo vio en la calle y se enamoró de él; pero era amigo de su novio

Un contacto por Facebook lo cambió todo

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Lo vio en la calle y se enamoró de él; pero era amigo de su novio
La pareja se casó hace 2 años.
Foto: (La Nación/Argentina

Con tristeza, Martina no pudo apartar la mirada de una medallita del Espíritu Santo y su anillo taco de polo. El anillo otra vez se había quebrado y ella, una vez más, estaba dispuesta a ir al joyero del barrio para repararlo. Esos dos tesoros eran lo más preciado que conservaba de un amor que parecía no estar destinado a ser.

Cada vez que los observaba, los recuerdos de Martina se trasladaban al año 1999, cuando tenía 17 años. En aquella época, ella se dejaba llevar más por los mandatos que por sus sentimientos. Y esa temporada, cuando vio a Mario en la calle de su Gualeguaychú natal por primera vez, prefirió ignorar el hecho de que había quedado flechada de amor. Él era morocho y muy alto, por lo que dedujo que debía ser uno de esos nuevos jugadores de básquet de Central.

Pocos días después de este encuentro casual, en una fiesta del club, su novio le presentó a un nuevo amigo, uno que para su sorpresa resultó ser aquel morocho que la tenía desvelada desde hacía un par de noches.

Sentimientos reprimidos

Mario y Martina pasaron a formar parte del mismo círculo de amigos. En cada encuentro grupal, ella percibía que él le provocaba emociones fuertes y la sensación de que lo amaba. Se buscaban, trataban de estar cerca y peleaban a modo de juego. Pero no pasaba de eso.

Lo que sentía Martina no era correcto; lo reprimió y lo ocultó durante doce años. (La Nación/Argentina)
Lo que sentía Martina no era correcto; lo reprimió y lo ocultó durante doce años. (La Nación/Argentina)

“Mañana pasá por casa a saludarme que me estoy yendo a Italia en dos días”, le dijo él.

La tierra se abrió bajo sus pies. En ese instante, Martina supo cuán enamorada estaba de Mario. Todo aquello que había reprimido durante aquellos dos años, emergió de manera incontrolable; la invadió el amor y una infinita tristeza, porque sabía que en el fondo siempre había estado ilusionada con formar algo juntos. Pero Mario se iba lejos, muy lejos. Lo había comprado un club italiano y, junto a ese pase, le habían robado su oportunidad.

La medallita, que era de la abuela de Mario, se la dio en la despedida. Allí, apartados de sus amigos, él se acercó con una foto, un buzo suyo y esa pequeña insignia del Espíritu Santo. “Es para que te cuide y para que me recuerdes”, le había dicho sin agregar nada más, porque para él, ella siempre sería alguien que había sido la novia de un amigo.

Conmovida, Martina se ausentó un tiempo de la despedida para ir a comprarle y regalarle un anillo taco de polo, uno igual al que tenía ella en su dedo anular y que jamás se quitó en los 12 años que pasó sin verlo. A partir de aquel día, ese anillo la unía a él.

El amor paciente

En aquellos años de distancia, él seguía jugando en Italia, mientras que en la vida de Martina no sucedía nada trascendental, salvo que volvió con su ex novio y lo perdonó a pesar de que él la había dejado por otra chica.

Martina volvió por lástima, volvió porque este chico le decía que se moría de dolor al estar sin ella. Pero ella también sabía que había vuelto porque Mario ya no estaba, porque en ese momento de su vida se sentía muy mal, vulnerable y triste. Aun así, Martina soñaba casi todas las noches con su amor lejano. Casi siempre lo veía a la distancia y quería abrazarlo, pero nunca lo lograba.

Recién después de 8 años, Martina tomó coraje y pudo cortar esa relación que no la hacía feliz y que la llenaba de resignación e inconformismo.

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Hasta que Martina ya no pudo más. (La Nación/Argentina)

Casi 12 años sin ver a Mario y ahí seguía ella, apretando su medalla contra el pecho, dispuesta a remendar el anillo una vez más y soñando con su amor casi todas las noches. Para entonces, ella ya tenía 30.

Un día, después de soñar con un abrazo concretado y de mirar la imagen de la medalla del Espíritu Santo, supo que ya no quería vivir en la nostalgia de los recuerdos de la adolescencia y tuvo la valentía para contactar a Mario por Facebook. En sus conversaciones, y muy de a poco, Martina le contó todo lo que había sentido desde el primer día en el que lo había visto. Le dijo que durante 12 años había experimentado una sensación de angustia extrema ante la idea de que ellos jamás estarían juntos; que lo había pensado, soñado y que hubo muchas mañanas que despertaba llorando porque creía que lo había perdido para siempre.

Desde Italia, para Mario, todo esto fue demasiada información junta y le decía que estaba confundida. Durante meses de mucha comunicación, de avances y retrocesos, de aceptar, para después negar y rechazar, llegó el día -un 24 de diciembre del 2012-, en el cual se pusieron de acuerdo para encontrarse en Italia.

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Y ahora son felices juntos. (La Nación/Argentina)

El 23 de enero del 2013, 12 años después, Martina y Mario se reencontraron en el aeropuerto de Verona, y, desde ese instante, no se separaron nunca más. Al verse, supieron que eran ellos, que se habían estado esperando y que querían compartir la vida.

La pareja contrajo matrimonio.
La pareja contrajo matrimonio. (La Nación/Argentina)

Pasaron cuatro años desde ese día, y, hoy, Martina mira su medalla y su anillo con un cariño profundo. Hace dos años que está casada con el amor de su vida; viven en Italia felices.  Pero, por sobre todo, viven tan enamorados que cada noche brindan por su amor eterno y fantasean con reencontrarse en todas las vidas hasta la eternidad hasta el final de los tiempos.

Por: Señorita Heart / Especial para La Nación

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