La selección nuevamente arruina a Messi: es como su kryptonipta

El mejor jugador del mundo se convierte en uno terrenal en un equipo argentino que, con Bauza, viajó de la fascinación al desconcierto

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La selección nuevamente arruina a Messi: es como su kryptonipta

Es el superhéroe sin la capa. La Argentina vuelve a ser la kryptonita de Lionel Messi. El mejor del mundo, en su selección se convierte en un jugador terrenal, casi del rebaño, y en cambio Neymar es un futbolista excepcional con Brasil. La diferencia está en el envase que los potencia. o arruina. La selección albiceleste es un equipo perdido y fatalista, sin juego ni técnico. Porque Edgardo Bauza viajó de la fascinación al desconcierto, y en su complaciente conducción todavía no organizó una estrategia reconocible. Un tormento para Messi.

Él es el futbolista con más recursos en el planeta para expresar su talento individual, pero para que los aventureros solitarios tengan éxito precisan de un orden que los ubique en el terreno más favorable para explotar. ¿Cómo se consigue? Con un plan común. Con hábitos de funcionamiento, con sociedades, desmarcación, utilización de los espacios y desbordes. La Argentina choca, no tiene una circulación fluida. Entonces deriva en la impotencia de Javier Mascherano y algún pelotazo, el enemigo número 1 de Messi. Hasta el 100% de eficacia que lucía el conjunto albiceleste con él en la cancha, camino al Mundial de Rusia, también se derrumbó. Ya no es un blindaje.

Se marchó tan desmoralizado del Mineirao como cuando perdió con Chile la final de la Copa América Centenario. Pero presente, no fantasmal como años atrás cuando se desconectaba del mundo. Ya no se hunde en procesos melancólicos. Se paró frente a la prensa y lanzó un discurso tan realista como incendiario: “Tocamos fondo, y lo peor es que no sabemos a qué jugamos. Tenemos que salir de esta mierda, a esta altura tenemos que ganar como sea”. ¿Se puede ser más descriptivo? Imposible. Y retrata el nivel de regresión del equipo: no saber a qué se juega habla de la confusión conceptual, y ganar como sea es pura desesperación. Escuchar al elegido, al diferente, alentar que el triunfo llegue por cualquier vía es frustrante. De ambas situaciones el culpable es el entrenador. Bauza sólo empeoró al equipo desde la renuncia de Martino .

La comparación con los ocho entrenadores que lo precedieron, es decir desde Daniel Passarella para acá, lo condena en el mismo y breve período de tiempo: el suyo es el peor inicio después de cinco partidos. Si las eliminatorias hubiesen comenzado cuando él desembarcó, la Argentina marcharía en la octava posición, con 5 puntos, a 10 de Brasil, y sólo con Venezuela y Bolivia debajo. Pero los números son el problema menor. Mientras la Argentina sea un borrador deshilachado, Messi seguirá condenado a intentar la maniobra heroica. Es rehén de un conjunto sin partitura. La selección no lo arropa, lo disminuye, como en los traumáticos días de Diego Maradona . Cualquier semejanza…

Sin pase ni transiciones, Messi sufre. Necesita volantes que conecten, usinas de toques y distracción. Cuando se convierte en centrocampista y posterga al delantero es una mala señal para la selección. Y una bendición para el rival que puede ajustar la cacería. La selección viaja sin rumbo por América, atormentada y descabezada. Se vació de conceptos, de rebeldía anímica y Messi muestra su versión desteñida. La Argentina deambula -y suplica- sin dirección en la cancha, en el banco y en la AFA. Pero todavía la clasificación está a tiro, un favor que conviene agradecerles a los hermanos sudamericanos.

La historia tiene su remake. Desde Barcelona encandila al mundo y en la selección lo atrapa un apagón, a kilómetros de distancia de esa plenitud futbolística que en cada arranque eriza la piel. Un océano en el medio. Él extraña el sinfónico arte de los pases, las descargas rápidas, la movilidad y la sorpresa, entonces Messi brilla en el pie a pie, en la asistencia genial o en una aparición goleadora. La desenvoltura deja que sus virtudes exploten donde más duele. “A Messi hay que ayudarlo, solo nadie es feliz”, resumió Dani Alves casi con ternura después del cachetazo brasileño. Desabastecido, incomprendido, maniatado. Sí, solo.

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