El tanguero de las mil caras

Oliver Kolker empezó a llamar la atención por su destreza en las milongas

Es chispeante, creativo, carismático y verborrágico. A los cinco minutos de comenzada una charla se ve compelido como por una fuerza irrefrenable a contar algún chiste y la forma en que lo hace –su repertorio incluye acentos de países remotos, muecas disparatadas y poses corporales imposibles de imitar– arranca carcajadas hasta del interlocutor más serio y solemne.

Todas y cada una de esas condiciones son de las que se vale el argentino Oliver Kolker cuando enseña a bailar tango –y a sentirlo en las entrañas– a aquellos que quieran aprenderlo de la mano de un tanguero como él; ferviente creyente de esto, más que una danza, es un estilo y filosofía de vida. “Para mí el tango es todo. Es lo que me permite expresarme, mi cable a tierra y lo único que me calma”, afirma.

De adolescente, cuenta, le ponía el cuerpo a cualquier ritmo, desde rock’n roll hasta chacarera, pero no conforme con los resultados que obtenía con las chicas se decidió a aprender a bailar algo diferente. “Fue por eso, para conseguir minas. Aprendí el paso básico en abril de 1998, a los 27 años y de ahí, nunca paré. Cuando salí de la clase pensaba ¿cómo no hice esto antes?”.

Se fue adentrando en el mundo porteño de las milongas; un universo nocturno que le era ajeno –había estudiado administración de empresas y hacía y vendía almanaques. En su casa nadie se dedicaba al tango. “Ni siquiera se escuchaba demasiado”, comenta. “Mi papá es médico y mi mamá abogada. Creo que nunca se imaginaron que yo tomaría este camino”. Después de un tiempo de mantener un pie en lo comercial y el otro en lo que ya despuntaba como lo que sería la pasión de su vida, la crisis económica del 2001 le dio el empujón que necesitaba.

“Me fundí. Endeudado hasta el cuello tomé impulso para patear el tablero y enfrentarme a mí mismo: me quería ganar la vida con el tango; vendí mi auto y me vine a Nueva York”.

Su venida a la Gran Manzana era, de alguna manera, cerrar un círculo porque Oliver nació aquí y pasó sus primeros tres años en un apartamento de la calle 33 y la 1era Avenida. “Mi viejo trabajaba en el Hospital de NYU y vivíamos en las Kips Bay Towers. Haber nacido acá me facilitó la cuestión de los papeles, así que por lo menos de eso no me tenía que preocupar”.

Su destreza empezó a llamar la atención en las milongas neoyorquinas como La Belle Epoque, –un club de tango que quedaba cerca de Union Square con columnas de mármol y atmósfera afrancesada– o el estudio Stepping Out que los sábados se convierte en reducto arrabalero. “Yo bailaba y de repente se me acercaban y me preguntaban: ¿da clases? Empecé a decir que sí y a dar alguna que otra, así bien de abajo, y con el tiempo sumé cientos de alumnos”.

La clave afirma, está en su método de enseñanza que combina dos variables: una paciencia infinita hasta con el más pata dura de los bailarines y un gran sentido del humor. “Para aprender hay que divertirse y eso a mí me sale fácil”. Por sus clases pasan banqueros, meseras y artistas. Gente que sabe algo y algunos que jamás tuvieron contacto con el tango.

Bajito, de cuerpo visiblemente trabajado –baila estrictamente todos los días, “algo internamente me lo pide; lo necesito,” y ha llegado a dar nueve clases en una jornada– para Oliver la vida no se concibe ya sin el tango y se ofusca un poco cuando se topa con algún alumno que piensa que el tango es algo que puede aprenderse leyendo un manual o siguiendo una receta. “A veces me llama alguno por teléfono y me dice así: Sr. Kolker, tengo un Bar Mitzvah en tres días y me quiero lucir bailando un poco de tango, en ¿cuánto cree que me lo enseña? El que verdaderamente aprende a amar el tango no está preocupado por eso; ni mira el final y disfruta el aprendizaje”, agrega.

Como un hombre renacentista con múltiples caras y talentos, así es este tanguero que diseña pantalones para bailarines –Oliver four-buttons, un modelo de tiro alto– y dos veces por año en diciembre y abril, lleva a un contingente –neoyorquinos y también rusos y hasta chinos– a conocer Buenos Aires, la meca de lo que predica. “Les armo todo, incluso les doy yo mismo una visita guiada en autobús donde les cuento absolutamente todo lo que sé de mi ciudad”.

El tour que confiesa amar aunque lo deja de cama por el esfuerzo, culmina con un asado en el campo de sus padres donde, como no podía ser de otra manera él mismo hace el asado. “Soy yo en todo y parece que a la gente le gusta”.

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