Huérfanos del 587:

A una su papá nunca la conoció; otros se quedaron esperando a que su mamá volviera, y hay otros tres que aún extrañan "el chocolate de papi"

NUEVA YORK

“Si mi papi está con Dios, ¿por qué no le pide permiso para venir conmigo?”, preguntaba una y otra vez Angeline Celestino a su mamá María. Y la mujer quedaba sin habla.

Pensaba y repensaba cómo podía hacerle entender a la niña que su papá, Angel Celestino, no iba a volver porque falleció en la tragedia del vuelo 587 de American Airlines.

Las ansias de Angeline por conocer a su padre eran más que comprensibles porque nunca lo conoció: Ella era un feto, de un mes, cuando él perdió la vida. Sin embargo, con el paso del tiempo, la hoy niña de nueve años, lo entendió.

Y no sólo eso, sino que asegura que percibe su presencia. “Siento que mi papá está todo el tiempo conmigo”, dice la pequeña, al tiempo que abre sus grandes ojos oscuros y mueve sus manos en el aire, como si quisiera tocar a su padre.

Angeline sólo conoce de su papá lo que María de Jesús le ha contado. “A veces le muestro los videos donde él está cantando, porque eso era lo que más le gustaba hacer”, revela la mujer de 35 años. A lo que Angeline, quien cursa el quinto grado, añade con emoción: “Quiero ser bailarina y cantante como mi papá”.

Angeline es una de cuatro criaturas que estaban en etapa de gestación y que perdieron a su padre en el accidente aéreo.

La organización comunitaria del Alto Manhattan Alianza Dominicana sirvió de centro de encuentro y apoyo para los familiares de las víctimas y atendió a familiares de 176 de los 251 pasajeros fallecidos.

Milagros Batista, directora del programa para familias y niños de la Alianza Dominicana, ha trabajado con las familias desde el accidente. Y recuerda que detrás de la cara de cada uno de los niños que iban a la Alianza, había una historia única.

Como lo es la de Néstor Matos, quien ese 12 de noviembre perdió a su mamá, Victoria Nova, dejándolo a él y a sus tres hermanos sin la persona que más amaban y que era su sustento económico.

Victoria Nova tenía 43 años cuando tomó el vuelo 587 para celebrar los 18 años de su hija Inés y también visitar a su hijo Gregory, quienes permanecían en Santo Domingo. Su única hermana, también llamada Inés, fue quien la llevó al aeropuerto: “Cierro mis ojos y la veo despidiéndose con la mano en el aeropuerto y con el compromiso de recogerla en 10 días”, recuerda con tristeza.

Un sentimiento compartido por Néstor, hoy de 27 años, quien dice que dolor de la pérdida de su mamá es tan grande “que nunca se borrará”. El es el único de los cuatro hermanos que habla de la muerte de su madre más abiertamente. La “recuerdo de forma jovial, siempre alegre, contenta y dispuesta a ayudar a otros”.

Luego de la tragedia, él y su hermano Máximo -que en ese entonces tenían 17 y 15 años respectivamente- quedaron al cuidado de su abuelo materno, en Providence, Rhode Island, a donde se habían mudado con su mamá, desde República Dominicana, 15 meses antes del accidente. Su hermanito Gregory, que tenía 8 años, quedó al cuidado de su hermana mayor, Inés.

Afortunadamente, los cuatro recibieron el apoyo constante de su tía Inés, quien confiesa que fue una tarea fuerte. Muchas veces tuvo que agarrar un avión de emergencia a República Dominicana porque “a veces mi sobrina se derrumbaba emocionalmente y yo tenía que irme de un día para otro. Mi papá -que murió hace dos años- me ayudaba con mis otros dos sobrinos, pero a todos había que apoyarlos”.

De acuerdo con la Alianza Dominicana, esta tragedia provocó que 168 menores de 18 años quedaran huérfanos de uno de sus padres. Tres de ellos son los hijos de Genara Ortiz, que actualmente tienen 22, 15 y 13 años.

Para Anaoli, Elvis y Emily hablar públicamente de su padre, Elvis Sánchez, les resulta muy difícil y doloroso. Prefieren recordarlo en la intimidad de su hogar, que está lleno de fotos de su papá.

“Ellos lo recuerdan como una persona amorosa, a pesar que los dos más pequeños solo tenían tres y cinco años”, dice Genara, residente en Teaneck, Nueva Jersey.

Eran pequeños, pero no olvidan que dos días antes de viajar a la República Dominicana, él les regaló un PlayStation y un muñeco de Mickey Mouse. Pero tal vez lo menos que Elvis hubiese imaginado es que los tres atesoran el chocolate en agua que él les preparaba y que oficialmente han perpetuado como “el chocolate de papi”.