Una victoria vana en Irak

Y así termina la guerra en Irak – no con un estallar; con un sollozo. Iba ser la guerra que abriría una era democrática en el Medio Oriente. Resolvería el conflicto entre Israel y sus enemigos. Derrotaría al terrorismo del fundamentalismo musulmán. Pararía la proliferación de armas nucleares.

Hoy, el día después de que las últimas tropas americanas cruzaron la frontera de Irak a Kuwait, vale la pena preguntarnos: ¿cumplió con sus promesas esta guerra?

Es una pregunta impertinente. Murieron casi 4,500 tropas americanos. Después de la tragedia en Vietnam, reconocemos la importancia de honrar a los soldados aun cuando estamos criticando a los comandantes.

Pero es una pregunta necesaria. Porque si es difícil conectar al sacrificio americano (y el de otros países) con un éxito en Irak, sufre la credibilidad de los EE.UU., sufre nuestra capacidad de participar en futuros conflictos, y sufren los hombres y mujeres que se sacrificaron para el esfuerzo.

Cada uno de ustedes debería sacar su cuenta propia. El mío deja un déficit. Seguimos batallando terroristas porque nunca estuvieron en Irak, prefiriendo su base en las tierras ingobernables de Afganistán y sus alianzas con las autoridades en Pakistán. Seguimos temiendo armas nucleares, y es porque Saddam Hussein no fue el problema; Irán y Pakistán son los culpables. Israel todavía tiene enemigos. Y si hay un florecimiento democrático en la región, es gracias a los movimientos populares en Tunicia y Egipto y no nuestra aventura militar en Irak.

La guerra es un negocio sucio. Para que una guerra tenga apoyo popular, los lideres de una democracia como los EE.UU. necesitan usar ilusiones. Por eso los autores de la guerra en Irak – especialmente el Presidente Bush y el Vicepresidente Cheney – nos prometieron un milagro. Estallarían las bombas. Y al disiparse el humo contemplaríamos un mundo más simple y menos amenazante.

Estallaron las bombas. Pero hoy oímos sollozos. Y lo que vemos es el humo de siempre.