Roma fue y sigue siendo la Caput Mundi

A lo largo de los últimos 5,000 años se han ido sucediendo los imperios. Unos u otros han ido dejando su impronta o han desaparecido sin pena ni gloria. No es el caso del Imperio Romano.

Desde hace cerca de 2,500 años hasta la actualidad, su influencia, su fuerza, su malicia, sus instituciones, sus hombres, su poder han marcado la historia hasta el punto que su capital, Roma, fue y sigue siendo la Caput Mundi, la Cabeza del Mundo.

Su decadencia comienza hacia el siglo IV de nuestra era. Fue desmoronándose externamente, a la vez que se dividía entre Oriente y Occidente. Pero supo rencarnarse para no morir. Un grupo de emigrantes llegados desde la periferia del Imperio, seguidores de un judío marginal procedente de la Provincia Romana de la Judea, habían invadido la ciudad. Desde allí fueron infiltrándose por todo el Imperio. Lo reciclaron. Lo vitalizaron. Asumieron sus instituciones y su ideología. Sobrevivió con otro nombre.

Esa asamblea de emigrantes, comerciantes, marginados, esclavos, intelectuales -también los hubo- se conoce en la historia con el nombre de Iglesia.

Esta Iglesia recicló el Imperio Romano en sus formas externas. Pasó por diversas etapas. Desde la marginación a la cumbre del poder. Su decadencia política empezó a declinar hacia mediados del siglo XVI y llegó a su desaparición con la caída de los Estados Pontificios. La figura del Papa-Rey desaparece con Pio IX. Él es último de los gobernantes-pastores. Con él desaparecen las estructuras gubernamentales imperiales. Pero no la burocracia vaticana, aparentemente necesaria por otra parte para poder ofrecer los servicios pastorales y de cuidado a toda la Iglesia.

La gran reconciliación con el mundo moderno, la respuesta a la pérdida de los Estados Pontificios y la respuesta al reto de la Revolución Francesa va a venir de la mano de un campesino piamontés. Había trabajado en el cuerpo diplomático de la Santa Sede. Había tenido conocimiento de primera mano del mundo eslavo y ortodoxo. Se había dado cuenta que otro mundo, otra Iglesia, eran posibles. No en vano pasó cerca de 30 años en la región de los Balcanes. Era anciano, que no viejo, cuando tomó las riendas de una Iglesia que se lamentaba de los poderes perdidos, que vivía en una decadencia, falta de esperanza y burocratizada y romanizada hasta extremos inauditos. Lanzó un reto, abrir las puertas y ventanas al Espíritu Santo para que la renovara y sacara las telarañas y polvo acumulado desde la caída del Imperio Romano. “La Iglesia no es un museo que conservar sino un jardín que cultivar” afirmaba.

Y vino ese vendaval que arrasó las viejas estructuras de la Caput Mundi reciclada, la Iglesia Católica Apostólica Romana. Y se afirmó que la Comunidad Creyente tiene que ser Luz del Mundo, que celebra su fe a través de actos litúrgicos entendibles y extensibles a todos, escuchando a Dios a través de su Palabra, que la lleva a sensibilizarse con las alegrías y las esperanzas, las penas y las tristezas de los seguidores de Cristo, ya que nada le debe ser ajeno La vieja guardia, la burocracia curial se resiste a renovarse, a morir. Por eso no es de extrañar el ver las peleas y disputas surgidas en estos días. Las envidias, los celos, el robo siguen presentes en la Roma reciclada. La poda y limpieza va lenta, pero no está quieta.