García de la Concha y la defensa del español

A veces los españoles dan miedo (y en otras ocasiones, tristeza). Víctor García de la Concha, que como director de la Real Academia Española, de 1998 a 2010, se dedicó a perpetuar la actitud imperial y colonizadora de dicha institución en el mundo hispanoparlante, es ahora, con el apoyo del Rey Juan Carlos, su sostén, director de otra institución española imperial y colonizadora: el Instituto Cervantes.

Como cualquier otro ciudadano del presente, yo estoy a favor de la propagación de la cultura a nivel global. Cualquier posición opuesta es abominable. Pero ni el español es de los españoles, ni requiere de defensa. Las lenguas son de quienes las usan. A principios del siglo XXI, la RAE es una entidad innecesaria, al menos en su encarnación actual. Una entidad encargada de limpiar, fijar y dar esplendor a una lengua, financiada por los fondos de la monarquía, no es una academia sino un ejército. El inglés, afortunadamente, no tiene nada semejante, ni en Inglaterra ni en los EE.UU. Por eso, es un idioma más libre y democrático que el español.

No sólo es la RAE innecesaria sino que, en su testarudez bajo el control de García de la Concha (quien como actor en alguna ocasión hizo el papel del arzobispo de Sevilla, líder de otra institución española retrógrada, la Iglesia Católica), ha buscad enfatizar el monopolio ibérico del castellano sobre sus variantes iberoamericanas. Entre otras cosas, ese énfasis requirió el ninguneo (para usar un mexicanismo) del Spanglish, el vehículo de comunicación híbrido empleado por millones de personas no solamente en Norteamérica sino en todo el mundo. En varias ocasiones, de forma nefasta, García de la Concha, entre otras simplezas, aseguró a los medios de comunicación que el Spanglish no existe. Su aseveración equivale a decir que el color verde o una isla griega son producto de la imaginación humana.

Puede que el alcance del Spanglish sea controversial pero basta con pasearse por unos minutos en Nueva York o Los Ángeles o Miami o San Antonio para entender que su existencia no está en entredicho. Suponiendo que en sus difíciles tareas como defensor lingüístico García de la Concha acaso no habría pisado con frecuencia las tierras de este lado del Atlántico como antes lo hicieron compatriotas suyo como Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Bartolomé de Las Casas y Hernán Cortés, en varias ocasiones yo mismo lo invité, todos los gastos pagados, a que fuera mi huésped. Lo hice a través de pronunciamientos en los medios noticiosos. Si hay una geografía en la cual el español de hoy manifieste una metamorfosis dramática es en los Estados Unidos, donde una comunidad inmigrante de hispanoparlantes que suma más de cincuenta millones de personas, destruye y reconstruye a diario la lengua que es tanto de Quevedo como de su alumno, Borges.

Mi oferta, entiendo, fue rechazada, así como han sido rechazados toda suerte de spanglishismos en el diccionario que auspicia la RAE y que se distribuye como si fuera un nuevo evangelio. No creo que haya que bajar la guardia ahora que García de la Concha tiene la batuta del Instituto Cervantes. Duró tres titánicos mandatos como director de la RAE, el tercero de ellos extraordinario porque el límite ordinario de un director de dicha institución es de dos, lo que equivale al deseo de un Fidel Castro o un Hugo Chávez de perpetuarse en el poder más allá de los límites. Es cierto que el Instituto Cervantes no aspira a defender el español sino únicamente a enseñarlo en el extranjero. Los franceses hacen lo mismo a través de la Alliance Française y los alemanes, a través del Goethe-Institut. Pero esas entidades tienen un vínculo diferente con sus antiguos territorios. A más de un siglo de la Guerra Hispano-Americana, España no logra despojarse de su majestuoso sueño multinacional y García de la Concha es el símbolo de esa conquista anacrónica.

La gente me pregunta si traducir el primer capítulo de la primera parte del Quijote al Spanglish hubiera enfurecido a Cervantes. Mi opinión es que se habría sentido menos insultado que el hecho de que un órgano monárquico de control cultural lleve su apellido.

Temo que una vez más García de la Concha utilice al Instituto Cervantes para hacer de las suyas: ver al español como un arma gloriosa y no como lo que es, un idioma hermoso capaz de obras maestras donde la inestabilidad verbal es una cualidad y no un defecto.