Si Mitt quiere un latino, le regalamos a la Gob. Martínez

Muchos de nosotros en Nuevo México no vemos la hora en que Mitt Romney sea el candidato republicano a la presidencia. Estamos ansiosos que escoja a nuestra gobernadora, Susana Martínez, de vicepresidenta para la campaña y que se la lleve lejos – muy lejos – de nosotros.

El año pasado guardamos altas esperanzas para la primera gobernadora latina de la nación. Que los medios “expusieran” que sus abuelos hubieran entrado a los Estados Unidos desde México como “extranjeros ilegales” puede haber molestado a algunos. Pero a la mayoría de nosotros no nos importa que sea una “bebé ancla” (para utilizar la ofensa que los republicanos disfrutan de difundir).

Pero, qué lástima, lo que nos preocupa es que Martínez se haya convertido en una extremista. En los 13 meses que tiene como nuestra ejecutiva principal, en tres ocasiones ha intentado revocar una ley de Nuevo México que permite que los inmigrantes indocumentados soliciten licencias de conducir. Esta ley ha promovido la seguridad de nuestras rutas, con obligar a los conductores a aprender las reglas y contar con seguro vehicular.

Como candidata, la novata republicana prometió “una firme reforma educativa” para reparar nuestro malogrado sistema de escuelas públicas. Le aplaudimos.

Nuevo México está categorizado entre los peores lugares en los que criar a un niño. Aquí, en el único estado con población mayoritaria latina, los latinos, los indígenas norteamericanos y los negros comprenden el 70 por ciento de nuestra población estudiantil, y la mitad de estos chicos no se gradúa de la escuela secundaria.

Pudimos haber sido un modelo nacional de la reforma educativa. Habríamos podido. Pero Martínez optó por una foránea, Hanna Skandera, para efectuar la reforma. Skandera vino armada no con habilidades en la educación, sino con una agenda ideológica y osada arrogancia.

Durante su primer mes de gobernadora, Martínez recortó los presupuestos de las escuelas con ya escasa financiación a niveles bajos nunca antes registrados. Contrató a ocho foráneos más, todos ignorantes de las lenguas y las culturas de nuestro estado multicultural.

Entonces, ¿qué fue lo que produjeron estos bien remunerados consultores? Ningún plan. En vez de un plan, nos dieron cuatro iniciativas. La mayoría son un desperdicio. Como la que sugiere reemplazar la libreta de notas federal en cuanto al progreso anual adecuado de una escuela, con una propia. Otra: desaprobar de año a los muchachos que las escuelas no logran enseñar a leer para el tercer grado. Skandera le aplicaría un estigma más a la hoja de vida de estos niños. Osada, sí.

Skandera se ha dedicado a violar las leyes que protegen la educación latina, indígena y bilingüe. Se apropió de $800,000 del presupuesto de la Educación Indígena sin obtener aprobación de la entidad y le otorgó estos preciosos recursos a otro grupo que no es del estado.

Por lo visto, los del lugar no tenemos la astucia para ayudar a repararnos a nosotros mismos.

Nos enteramos ahora que las autoridades federales le negaron la petición de eximirse de la ley Que Ningún Niño Quede Atrás. ¿Por qué? Porque no logró mostrar cómo se dirigiría a la brecha en el logro académico de nuestras poblaciones que no son blancas.

La luna de miel de la gobernadora Martínez también se acabó. Tanto Romney como Gingrich proponen agregar un apellido hispano a la papeleta republicana para recuperar el apoyo hispano esencial que han perdido con su retórica en contra del inmigrante y a favor del inglés como idioma único.

Los expertos concuerdan en que el candidato republicano en noviembre tiene que atraer mínimo un 35 a un 40% del voto hispano emergente.

Los defensores de los hispanos ya están pasado propagandas en la Florida que exponen al no candidato, senador Marco Rubio, y sus vínculos y peroratas de derecha extrema. ¿Será un aliciente una papeleta Romney-Martínez o Gingrich-Rubio?

No way, José. Quieran insultar la perspicacia política de 50 millones de latinos.

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