Elogio de la censura (I)

Argüir a favor de la censura es absurdo. No hay mayor privilegio que la libertad: decir lo que se quiera decir cuando sea. La historia de la humanidad es un catálogo de restricciones de esa libertad. Me remito a los libros. Qin Shi Huang, en el siglo III antes de la Era Común, el mismo emperador que ordenó la construcción de la Muralla China, también dispuso que todos los libros del imperio fueran destruidos. En 1559, el Papa Paulo IV promulgó el Index Librorum Prohibitorum, una lista de libros condenados por la Iglesia Católica.

Siglos después, los nazis orquestaron Kristallnacht, la noche de los cristales, en la cual mil sinagogas fueron destruidas, sus libros arrojados a la hoguera. Más recientemente, órganos del gobierno de Arizona removieron de escuelas textos escritos por autores de origen latino. Cada uno de estos eventos resume ese catálogo Cualquiera de estos eventos abominables.

Hay en el Quijote una escena exquisita en la que pienso cada vez que se menciona la palabra censura. El capítulo VI de la Primera Parte, el cura y el barbero auscultan la biblioteca de Alonso Quijano en busca de una explicación de lo que creen ser su diagnóstico: la locura, es decir, la lectura que lo llevó a convertirse en el impostor Caballero de la Triste Figura. En la medida en que leen los títulos, ofrecen toda suerte de comentarios que justifican la destrucción o redención de los volúmenes de la biblioteca. El ingenio lego de Cervantes salpica la escena con un tinte de mofa. La realidad, sin embargo, as atroz: este par de censores asume la responsabilidad del saber, decidiendo qué vale la pena y qué no.

¿Quién tiene esa responsabilidad? El argumento a favor de la censura propone una palabra como respuesta: nadie. La libertad solo puede existir cuando es total e incontestable. Vedar al menos una opinión es inhibir la libertad entera. Pero es un argumento ingenuo, por no decir utópico. La libertad es la capacidad de los humanos de obrar según su propia voluntad. Esa voluntad tiene límites inherentes.

Por ejemplo, nadie tiene la capacidad de hacer lo imposible: morder con un ojo, estar en dos sitios a la vez, morir y renacer. La libertad, pues, se desempeña en las coordenadas de lo posible. Y esa posibilidad tiene límites. Para invocar una anécdota famosa que le debemos a Oliver Wendell Holmes, Jr, es posible gritar falsamente “¡Fuego! ¡Fuego!” en un teatro repleto de gente cuando no hay amenaza inminente, aunque ese grito ni es prudente ni tampoco recomendable porque atenta en contra del concepto mismo de libertad. Isaiah Berlin llamaba este tipo de libertad la “libertad negativa”: nadie puede decir lo que quiera cuando sea.

Aun cuando supongamos que no hay censura, el dispositivo que restringe lo que decimos actúa sutilmente en nosotros. No le decimos a un amigo lo que de verdad creemos de su matrimonio por miedo a ofenderlo. Preferimos callar ante un acto violento sabiendo que su denuncia nos pondrá en aprietos. Sonreímos ante nuestro jefe por miedo a perder el empleo. Coartar nuestra expresión, adaptarla a las necesidades diarias, es una de las formas de la sobrevivencia.