Último adiós a Carlos Fuentes en Bellas Artes

El escritor mexicano logró el respeto por la integridad de sus opiniones

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Último adiós a Carlos Fuentes en Bellas Artes
El presidente Felipe Calderón y el alcalde de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard hacen guardia de honor ante el féretro del autor.
Foto: AP

MEXICO, D.F.- En el homenaje póstumo en el Palacio de Bellas Artes, Carlos Fuentes echó de reverso su vida hasta el mismo momento de su concepción, y en medio del acto solemne donde se oían aplausos y ovaciones de admiradores congregados en la calle, su mejor amigo reveló que el escritor fue procreado en un ingenio azucarero del estado de Veracruz.

“Fue en Jalapa”, dijo Federico Reyes Heroles, intelectual y literato que encabezó la lista de oradores del evento donde recordó pasajes de sus viajes por México, inspiración de la vasta obra de Fuentes y sobre los que abundó a la prensa.

“Cuando escribió su libro Los Años con Laura Díaz nos fuimos de viaje más de una semana, hace 15 años, a Veracruz, y fuimos al ingenio de La Orduña (uno de los más importantes de la época Colonial) y yo lo veía muy emocionado, caminando, y no entendía por qué miraba tanto los muros hasta que dijo: ¡A mi me concibieron aquí!”.

¿Cómo lo supo? -se preguntó Reyes Heroles .

– Eso, no sé.

Carlos Fuentes, quien falleció el pasado martes a los 83 años en esta capital que inspiró su aguda crítica a la sociedad mexicana La Región más transparente caminaba con astucia entre la ficción literaria y la política.

Sin ese pulso social, los disímiles asistentes -desde el presidente Felipe Calderón, intelectuales, artistas, muchachos universitarios, maestros y amas de casa- revelaron cerca del féretro su sentir de orfandad y extravío, pero también de inmortalidad.

“Carlos Fuentes no se fue, está caminando y viendo su homenaje aquí, entre nosotros”, imaginó Hugo Zúñiga, un pintor de 63 años quien por la mañana pinceló un mural sobre el famoso novelista, cuentista, ensayista y dramaturgo ganador de decenas de premios y doctorados Honoris Causa en todo el mundo.

Zuñiga se instaló en el patio frontal de Bellas Artes, en el Centro Histórico, para ofrendar un colorido lienzo de amarillos y verdes con el rostro del autor de Aura, La muerte de Artemio Cruz,

Gringo Viejo, La voluntad y la fortuna y Federico en su balcón, entre otros clásicos.

A unos metros de ahí, el profesor de primaria Milton González levantaba un cartel escrito en un lenguaje familiar como si estuviera frente al laureado: “Carlos, nos vemos más allá: en otros pasajes, en otros capítulos o en algún gran final”. Y prometía: “Te leeremos siempre”.

Frente al ataúd, la directora del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Consuelo Sáizar, en sincronía con el desvalimiento exterior describió que para los mexicanos hoy “es difícil entendernos sin Carlos Fuentes”.

Calderón dilucidó el legado del novelista que cruzó entre dos milenios (1928-2012), con una interpretación sobre la obra.

En La región más transparente del aire -detalló- muestra el México moderno que nacía apenas en el siglo XX; en La muerte de Artemio Cruz, relató el fin de la Revolución mexicana y de él mismo.

Aura nos develó el misterio y la belleza del amor, de la fantasía y del erotismo, y Los años con Laura Díaz recuperó la visión femenina de nuestro país, que había quedado diluida en una sociedad esencialmente machista”.

El Presidente remató tras leer el capítulo “La muerte de la novela”. “En esto creo: Carlos Fuentes ha muerto para ser amado más”.

Después de 45 minutos de oratorias oficiales que arrancaron al medio día con la llegada del féretro, las puertas de Bellas Artes se abrieron al público: cientos de lectores entraron con cámaras de foto y video, algunos con libros en mano y fotos del escritor maduro y sonriente.

“Vine a despedirme de mi hermano en la luz”, explicó Dina Shurmann, una ama de casa, seguidora del literato desde los 16 años. Hoy tiene 51.

– ¿Duele? -se cuestionó el orador Reyes Heroles.

– Sí- respondió con los ojos húmedos y rojos. Bien conmovido.

Silvia Lemus, la viuda se replegó hacia la salida, vestida de negro; delgada y teñida de rubio regresará a Paris para enterrar a su amado en el cementerio de Montparnasse, en Paris, a lado de sus hijos Caros y Natasha y otros inmortales de las letras como Jean Paul Sartre y Julio Cortázar.