Tim Robbins apuesta por el cambio

Habla de los cambios en su carrera y vida.

Tim Robbins apuesta por el cambio
Tim Robbins dirige '1984' con su compañía The Actors Gang, en Culver City. La obra se representa con subtítulos en español.
Foto: Dianna Oliva-Day

Tim Robbins sabe que el cambio solo es posible si uno lo da todo de sí mismo.

Y lo hace a su alrededor.

Por eso impulsa una serie de programas educativos y artísticos desde su propio teatro, el Actors Gang, en Culver City, cuya sede es el edificio centenario Ivy Substation, desde donde, durante las primeras décadas del siglo XX se controlaban los tranvías que cruzaban el área.

Ahora es un pequeño teatro donde Robbins -estrellas de cintas como The Shawshank Redemption y realizador de Dead Man Walking, entre otras muchas- y sus actores y colaboradores no solo ofrecen obras de renombre -como 1984, la adaptación del clásico de George Orwell que debuta mañana y que se presenta con subítulos en español- sino también integran un movimiento social que ayuda a estudiantes de la ciudad.

Para el actor californiano de 53 años esta decisión artística y personal -apostar más por el teatro que por el cine- es “donde quiero vivir ahora mismo. He visto como el teatro provoca el cambio. Y el cine también. Casi cada día gente por la calle me comenta cómo Shawshank Redemption les ha cambiado su vida, los ha transformado”, explica a La Vibra en una de las oficinas de la compañía.

“Esa película, ahora mismo, no sería producida”, afirma en referencia a la cinta donde dio vida a un presidiario que entabla una relación de amistad con otro preso a quien dio vida Morgan Freeman. “Tuve suerte de poder contar esa historia en los años 90, al igual que Dead Man Walking. Fue muy difícil hacer [esta última]; todos los estudios la rechazaron. Al final fue hecha y demostró que todos estaban equivocados: recaudó más de $100 millones”.

“Sí, aún es posible hacer películas como esas, pero es una lucha muy dura. La mayoría de estudios no quieren tomar riesgos, solo les preocupa lo que quieren ver los jóvenes de 15 años, haciendo películas que recaudan mucho el primer fin de semana. Y si se apuesta por eso, al final, la calidad empeora, porque lo único que importa es vender un boleto el fin de semana. ¿Son todas las películas como esas? No, pero son las que más interesan hacer [a los estudios]. En lugar de decir que es allí donde quiero vivir desde un punto de vista creativo, hago suficiente dinero en él para poder hacer lo que yo quiero aquí”.

“Esto conecta más a una discusión adicional acerca de lo que te satisface como artista cuando progresas”, prosigue. “El modelo en esta ciudad parece ser que, para continuar en un cierto nivel en la industria [del cine], uno tiene que repetirse una y otra vez. Si yo fuera así, me vería obligado a comprometer lo que soy como artista. Y no quiero hacer eso. He tenido mucha suerte y me siento bendecido, pero hay un momento en el que uno se tiene que preguntar: ‘¿dónde va a estar mi carrera en diez años?’. Y lo que he deducido es que me llena mucho más ir a Suramérica, a Bogotá y Buenos Aires, y ver la reacción que 1984 causa en la gente. Esa es una experiencia mucho más visual, inmediata y maravillosa que ninguna otra que haya vivido en un festival de cine”.

En el mundo del cine, asevera, “hay una distancia elitista entre los artistas y el público. Y es visual: hay una alfombra roja que incita a la exclusión. Llegas en un vehículo, rodeado de guardaespaldas; vas al cine y sigues rodeado de guardaespaldas; vas a la fiesta, rodeado de guardaespaldas… Nunca contactas con el público. En un festival teatral estás con la gente, en el teatro, en el escenario, hablando con la audiencia, siempre conectado a través de mi trabajo”.

Pero no todo está perdido en la pantalla grande. “Aún es posible crear arte en el cine y es algo que tengo intención de seguir haciendo”, relata. “Pero no me voy a convencer que si me comprometo [con los estudios] eso va a terminar creando arte. Compromiso no conduce al arte”.

“Eso no quiere decir que no me comprometa: hice Green Lantern, pero eso me ha permitido hacer el trabajo que hago aquí [en el teatro]. Alcancé un nivel de fama, éxito y estrellato que me desconectó de dónde venía, que es el teatro. Mantenerme activo en este teatro me ha mantenido cuerdo, me ha ayudado a sobrevivir”.

Robbins asegura que, al principio, The Actors Gang empezó “como una compañía teatral, un puñado de actores que querían hacer teatro diferente. Pero eso no es suficiente, especialmente cuando uno envejece”.

Así que ahora la compañía “es más que eso: es una organización que tiene una responsabilidad con su comunidad”, revela. “Cuando uno echa una mirada a nuestro trabajo, se da cuenta de que hemos ampliado nuestros recursos educativos: acabo de regresar de Inner-City Arts, una organización maravillosa [en LA] que permite a los estudiantes de las escuelas de la ciudad expresar sus talentos”.

El gobierno de California, continúa, “ha eliminado ayudas a todos los programas de arte en las escuelas. ¿Qué pasa cuando eso sucede? ¿Me quedo aquí sentado mientras la creatividad de nuestros hijos es destruida y no desarrollada? ¿O decimos: ‘somos artistas y podemos hacer algo con esto’?”.

“Y eso es lo que hemos hecho: hacemos lo que podemos para proveer de clases gratuitas de actuación para nuestros estudiantes locales”.

Pero, tal y como él mismo reconoce, “eso no es suficiente: podemos hacer más. Este otoño ampliaremos nuestros programas educativos… También vamos a prisiones del estado, donde iniciamos un programa hace seis años. Ofrecemos programas a los presos donde aprenden a darse cuenta que las decisiones emocionales son importantes en la vida. Los entrenamos a que no repitan el mismo error emocional que los llevó entre rejas. Lo hacemos para que, cuando salen de prisión, tengan un nuevo vocabulario y no se metan en problemas”.

Al final, concluye, “todo puede ser logrado a través del arte, pero no pasa por sí solo. Hay que crear estos programas. De hecho, hace dos años también eliminaron todos los programa de artes en las prisiones. Ni siquiera existen ahora mismo. Sí hay programas de rehabilitación, pero todos son religiosos. Son legítimos, pero no hay nada que ayude [a los presos] a solucionar problemas desde un punto de vista racional”.

“Cuando eliminaron las ayudas por los recortes presupuestarios, lo que pedimos a los alcaides fue, simplemente, una llave y un guarda de seguridad para dejarnos entrar y salir. Nosotros no queremos dinero del estado. Hay gente en esta compañía que reconocen el valor de esas acciones y se prestan voluntarios”.

Toda esta actividad social surge de un instante en su vida. “Vivía en ese mundo donde era egoísta acerca de mi carrera, siempre pensando en ella”, indica. “Pero hubo un momento [en el que me pregunté]: ‘¿qué es lo que puedo hacer en un nivel local, que es realista, en lugar de expresar solo mi opinión política que no causa nada?’”.

“Cambiar cosas en un nivel nacional es difícil: ¿de verdad la gente pensó que Obama iba a cambiarlo todo? Pues bien, no ha pasado porque él forma parte de un sistema que no cambiará. ¿Qué puedo hacer? ¿Quedarme frustrado todo la vida, amargado, siempre estar enfadado por lo que veo en televisión?”, se pregunta.

“Ya no hago eso: encuentro opciones a nivel local que puedo cambiar con mis propias manos, con mi corazón, con mí mismo. Puedo ayudar a la gente. Causar un efecto a mi alrededor. Es la mejor recompensa posible”, termina.