Jóvenes boricuas en crisis: ni estudian ni trabajan

30% de los puertorriqueños entre 16 y 24 años sufren por falta de incentivos
Jóvenes boricuas en crisis: ni estudian ni trabajan
Jerry Dickens Jr. decidió no estudiar en Bushwick para graduarse pero aún así no pudo pagarse una carrera.
Foto: Cortesia Jerry Dickens Jr.

Nueva York – Uno de cada tres jóvenes boricuas de Nueva York está teniendo problemas para labrarse un futuro. Según una estudio actualizado de la Community Service Society (CSS), 30% de los puertorriqueños de 16 a 24 años son afectados por el desempleo y la deserción escolar.

Comparado con otros grupos latinos, los boricuas muestran los peores indicadores. La situación, sin embargo, no es muy alentadora para otros grupos. La investigación encontró que 22% de los jóvenes dominicanos y 21% de los mexicanos tampoco estudiaban o trabajaban entre los años 2009 y 2010.

“Este nueva lectura nos permitió sustentar más que no todos jóvenes latinos son iguales, sino que los boricuas, nacidos en Nueva York, son los más desconectados en esta sociedad”, explicó Lazar Treschan, director de Políticas Juveniles de CSS, y autor del estudio presentado en 2010 “Jóvenes de Nueva York”.

Cuando se presentó el informe en 2010 -el cual analizaba estadísticas de 2008 y 2009- el porcentaje de puertorriqueños rezagados del sistema laboral y escolar era de 24.6%.

En los años 2009-2010 el porcentaje creció a 30%. Entre jóvenes varones puertorriqueños la porción de los que ni trabajan ni estudian es mayor: 33.2%. Este mismo indicador se ubica en 24.4% para los varones dominicanos, 11% para los mexicanos, y 17.4% para no latinos.

“Los puertorriqueños tienden a vivir en comunidades cerradas, con alto nivel de pobreza, en las que las redes sociales no funcionan y la calidad de las escuelas es baja”, puntualiza Treschan.

A sus 20 años, Alejandro Rivera, residente de Coney Island, siente que está en el camino correcto. Tras perder sin su padre a los ocho años y crecer en un hogar matriarcal, en las aulas de John Dewey High School nunca encontró la motivación para estudiar.

“Yo era el menor de cinco hermanos y siempre vivimos en dificultad”, dice el joven, quien dejó las clases para trabajar en McDonald’s y así criar a la hija que tuvo con su novia de secundaria.

“Ella me hizo cambiar, porque tenía que mantenerla y para hacerlo necesitaba un mejor empleo”. Con la ayuda de Opportunities for a Better Tomorrow (OBT), una organización que por 30 años ha ayudado a jóvenes rezagados de Sunset Park y Bushwick, logró obtener el diploma GED y ahora busca empleo.

Jerry Dickens Jr., de 27 años, cambió los planteles de Bushwick por la Abraham Lincoln High School para seguir un programa de deportes y no renunciar a la escuela. “Bushwick es una comunidad muy pobre, donde los recursos son mínimos”.

Pero al entrar en la universidad, las dificultades económicas le impidieron continuar. “Tenía ayuda financiera, pero aún así debía pagar $7,000 de matrícula”, algo imposible con su sueldo de instructor recreacional. Aún sin título ni trabajo, Dickens sueña con su propia compañía de ropa y apoyar a organizaciones de su comunidad que ayuden a niños y jóvenes.

Juan Ramos, director de Broadway Triangle Community Coalition, cree que los legisladores han hecho poco para atacar este problema. “Pocos líderes electos han impulsado políticas para asistir a jóvenes que salen de la cárcel, dar más recursos a las escuelas en comunidades boricuas o crear iniciativas consistentes en seguridad pública”, expresa el activista.

Para moldear políticas para este grupo, Ramos cree imperativo saber por qué tienden a desconectarse más de su cultura, distinto a como ocurre entre dominicanos y mexicanos. “Hablo de estudiar cómo el colonialismo ha cortado esa raíz cultural y saber qué impacta la realidad social de estos jóvenes”.

Por su propia experiencia, el activista boricua de Bushwick, Jesús González, de 26 años, sabe de los obstáculos que impiden a jóvenes boricuas conectarse con su sociedad. “Es fácil decir que los boricuas son vagos y no prestar atención a que el sistema educativo no funciona, ignora sus prioridades y no los prepara para el futuro”.

La ciudad invierte en promedio $170,000 al año para encarcelar a un joven por un año y $112,000 para educarlo, refiere González. “Con ese dinero podemos formarlo, darle trabajo y convertirlo en alguien útil para la comunidad”.