Por qué soy maestro

Pronto empezarán de nuevo las clases. Pero este semestre estaré lejos de mis estudiantes, en un sabático que me llevará a varios países. Quizás por eso (por la añoranza que siento a la rutina que rige mi vida) me pregunto: ¿por qué soy maestro?

Dos adjetivos me describen: maestro y escritor, escritor y maestro. El año próximo se cumplen 25 años desde que empecé a enseñar, que es también el tiempo que llevo escribiendo. En mi adolescencia yo quería ser un escritor pero nunca un maestro. Esta segunda opción no era una carrera atractiva. Muchas otras posibilidades se disputaban mi atención, entre ellas el cine, las matemáticas y la arquitectura. Vivía en Nueva York. Hacía poco había inmigrado de México.

Justo entonces había comenzado a escribir para varios periódicos y revistas. La única manera de permanecer en este país era enrolándome en un programa graduado. Al hacerlo descubrí que uno de los requisitos era la enseñanza. La idea ni me inspiró ni me preocupó. El primer día mi asesor me dio un tedioso libro de texto, una palmada en la espalda, y me dijo presuntuoso: “¡Suerte, Ilan! ¡La vas a necesitar! Tu curso empieza justo en diez minutos”. No se dignó a decirme cuál era el tema y cuales los objetivos. Yo los descubrí a golpe y porrazo.

Hoy le agradezco al hombre su determinación. Ser maestro me llena de orgullo. Es reconocer lo poco que sé y lo mucho que me queda por aprender. Es estar en contacto con la parte más esperanzadora de la humanidad.

Cada vez que entro en el salón, el gusanito en mi estómago se contorsiona. De ser honesto, nunca sé exactamente lo que voy a decir y no me importa. Lo único que importa es que todos estamos preparados para una tarea común: explorar un tema específico de manera cabal, de todos los ángulos posibles.

A los estudiantes hay que respetarlos. Asimismo hay que desafiarlos. Puede que sus criterios no estén del todo formados, pero esa precisamente es la función del maestro: no convencerlos de algo sino hacerlos llegar a ese algo por cuenta propia. Porque en realidad la enseñanza tiene poco que ver con el tema impartido-aunque, claro, el tema (ya sea sobre la historia o sobre la política, es fundamental-y mucho con las herramientas que se requieren para obtener ese conocimiento.

Quiero decir algo más sobre ese conocimiento. Nuestro mundo está sobresaturado de información pero lo que los alumnos requieren, lo que aspiran a obtener, no es información sino conocimiento. Y algunas cosas más: dignidad en su quehacer mental, confianza en su esfuerzo y responsabilidad como ciudadanos.

El tiempo que pasamos es breve: unas cuantas semanas. Yo soy el que envejece; ellos siempre tienen la misma edad, en mi caso la edad universitaria, entre 18 y 22 años. A muchos no los volveremos a ver pero algo de la dinámica en el salón, habrá impregnado su memoria, su disposición existencial. Otros estarán cerca de nosotros y nosotros de ellos por muchos años porque la enseñanza es el comienzo de una amistad.