Obama, mero mortal
Muchos que votaron por Obama hace cuatro años se encuentran desilusionados porque el presidente no ha satisfecho las expectativas que fomentó durante su primera campaña.
Algunas de esas expectativas fueron creadas por las promesas que nos hizo. Otras fueron producto del momento. Su elección fue un evento tan histórico que nos convencimos de que la política cambiaría para siempre.
Pero el país no se transformó en otro lugar; la política sigue como siempre. Han sobrevivido los partidos políticos, las mismas diferencias ideológicas, y el mismo carácter humano. La victoria de Obama rompió una barrera importante, pero no pudo eliminar a esas características de la política que nos han desilusionado tanto. Eso hubiera sido un milagro.
Obama enfrenta el reto de animar esa emoción que lo llevó a la victoria en 2008 sin poder mostrar que es capaz de producir milagros.
Pero su fracaso, si así lo queremos llamar, es un fracaso compartido. Fracasó porque la oposición se rehusó a colaborar en esa transformación. Si la política en Washington es de convertirse en un proyecto compartido en vez de una guerra a muerte, es necesario la participación de la oposición. Es posible que Obama no hizo lo necesario para trabajar con los republicanos.
Pero es innegable que los republicanos han sido secuestrados por una facción extremista, comprometidos a la noción de que están en una guerra a muerte. No hay otra forma de describir a un grupo dispuesto a destruir la credibilidad financiera del gobierno para no colaborar, un partido cuyo líder nos dijo que su meta primordial es de derrotar al presidente, un partido que elimina a sus propios miembros si tienen la audacia de colaborar con el presidente.
Estas elecciones serán entre un presidente que nos ha desilusionado porque resulta ser un mero humano mortal, y un partido que piensa que la colaboración es un crimen político.
Yo prefiero a un humano de buena voluntad.