Devolviendo a los padres lo que más quieren

Devolviendo a los padres lo que más quieren
El venezolano Luis Estrada conduce un bus escolar en Queens, con el que lleva y trae a niños con necesidades especiales.
Foto: Silvina Sterin Pensel

“No se preocupe, pronto le traigo a su princesa”, dice mirando a esa madre ansiosa bien fijo a los ojos. “Va a estar perfecto, quédese tranquilo. Le aviso si hay algún cambio”, afirma en tono seguro a aquél padre que, finalmente, suelta el bracito de su pequeño dejándolo ingresar al autobús escolar.

La escena se repite en cada una de las 19 esquinas de Queens por las que Luis Estrada, el chofer de este bus amarillo, hace escala llevando y trayendo a pequeños ajenos a los que cuida como propios. Los niños -de entre tres y cinco años- asisten a la escuela ICCD, ubicada en Rego Park y orientada a ayudar a chiquitos con necesidades especiales en sus primeros pasos escolares.

“Son maravillosos”, apunta Luis. “Algunos tienen autismo, otros Síndrome de Down y otros son hiperactivos y te dan más amor que cualquier otro niño”. Después de casi una década haciendo esto -Luis se puso al volante del autobús en el 2005- sabe exactamente de qué son capaces estos pequeños a los que muchos catalogan como distantes o atrapados en su propio mundo. “Interactuamos todo el tiempo. Cantamos, o si voy con las noticias alguno me pregunta de qué se trata. Si veo algo interesante en el camino se los comento y se arma un revuelo cada vez que nos pasa por al lado un camión de helados”.

Cuando el reloj marca las 8:30 a.m., Luis está puntualmente estacionado frente a la escuela y cuando dan las 2:15 recibe con una amplia sonrisa a sus bajitos quienes, cansados de la jornada, buscan su lugar en el bus. “¿Cómo les ha ido? ¿Qué aprendieron hoy?”, pregunta este venezolano de mirada bonachona y tono tranquilo.

Uno por uno, vuelve a depositarlos en los brazos de sus padres. Ese, el momento en el que es testigo de esos diarios reencuentros es especial para él por estos días. “Me gustaría a mí también poder abrazar a mi hijo”, señala con los ojos llenos de tristeza, pero no puedo, hay que esperar”.

A diferencia de estos padres que cuentan con la absoluta certeza del paradero de los suyos, Luis sólo sabe que el de él está en Afganistán.

No muchos en su entorno están al tanto de que Luis Jr. su hijo de 27 años es Sargento, miembro de la Guardia Nacional del ejército, y que acaba de ser enviado en tour al Medio Oriente. “Fue durísima la despedida”, agrega Luis apretando los labios. Y lo único que sé es que está en Afganistán.

Dicen que es por motivos de seguridad que no puedo saber exactamente en qué ciudad”.

Quizás por eso, por vivir en carne propia esa incertidumbre, Luis se preocupa personalmente porque los padres de sus niños tengan las coordenadas precisas de dónde están sus pequeños. “Con este teléfono me mantengo en comunicación constante con ellos”, afirma señalando un celular que lleva siempre a mano.

La ruta 54, la suya, puede verse alterada por distintos factores. “Si hay nieve, o lluvia o algún accidente que tiene el tráfico demorado o desviado les dejo saber inmediatamente. O si por ejemplo hay algún niñito que un día no está y voy a llegar antes, también les marco para avisarles que voy más temprano y asegurarme que estarán en la puerta de sus casas para recibir a su niño o niña”.

Vive en Queens Village junto a dos de sus cuatro hijos y cree que fue su propio pasado el que influenció a Carlos y Luis Jr. a entrar en el universo de las Fuerzas Armadas. “Fui marino de guerra en mi país”, explica mientras detalla aquél período de su vida cuando en Venezuela era Presidente Rafael Caldera y él recorría todo el Caribe a bordo del Destructor Nueva Esparta. Nunca me tocó participar de una guerra; yo me metí en la Marina para enderezarme y sacudirme de las malas compañías que tenía a los 16 años”.

“Como padre”, afirma, “es durísimo saber que tus hijos están en una zona de combate”. El mayor, Carlos, fue seis veces a Irak y Afganistán y el menor, que está allá, regresa en un año. “Creo que si no tuviera a mis chiquitos aquí en el bus me sería insostenible. Ellos me dan alegría y me sacan por unas horas de mis pensamientos sobre cómo estará mi hijo allá lejos”.

Algunos de los pequeños tienen problemas de lenguaje o dificultades a la hora de caminar y Luis celebra cada uno de sus logros. “Recuerdo a Samantha, una chiquita a la que le costaba hablar. Una vuelta, casi al final del año, me miró y me dijo despacito ‘te voy a extrañar Luis’. O Rafael un niño con Síndrome de Down que tenía que usar silla de ruedas. Lo pude ver caminar solito. De alguna forma siento que yo pongo mi granito de arena; mi contribución para que estos niños progresen y eso me hace inmensamente feliz”.