Dos veteranos, un sueño y un restaurante

Dos veteranos, un sueño y un restaurante
Los dominicanos Elbys González, izq. y Steven Almonte están al mando en el Restaurante Macorix en Brooklyn. Ambos son veteranos de guerra y estuvieron en Irak.
Foto: Fotos: Silvina Sterin Pensel

Steven Almonte desliza sus manos por el mantel blanco y se asegura que quede perfectamente ajustado sobre la mesa. Lo mira otra vez y da una pasada rápida con la palma eliminando un imperceptible pliegue. “Ya pueden tomar asiento, pónganse cómodos”, afirma con una amplia y cálida sonrisa mientras guía a un grupo de unas siete personas hacia un rincón del restaurante.

En otro costado Elbys González dialoga amenamente con los clientes. Interesado, les pregunta sobre sus cosas, sus hijos. Se escucha el ruido de cubiertos, el sutil choque de copas brindando por alguna ocasión feliz, la risa compartida de un par de amigos en la barra, el ir y venir de las meseras. Luego todo eso se acalla para dar lugar a los boleros de Pin Pineda Bencosme.

Los dos socios se hacen a un lado y se miran satisfechos. Su emprendimiento, Macorix Restaurant Bar and Grill, –un coqueto establecimiento en el 100 de la Avenida Jamaica, en Brooklyn– es lo que ellos siempre soñaron: un lugar para que la gente se distienda, pase un momento agradable y coma delicioso.

Tanto Steven como Elbys están allí para abrir el restaurante, a eso de las 4 de la tarde y también para cerrarlo, unas 12 horas más tarde. “Llego a mi casa como a las 6 de la madrugada; por fortuna es a unos bloques de aquí”, comenta Steven.

Además de la dedicación al 100 por 100 con la que toman su tarea, Steven y Elbys tienen otras cosas en común: los dos son dominicanos, de Moca, y sumamente perfeccionistas, puntuales y disciplinados. Podría pasar como simple eficiencia empresarial pero la raíz de su rigurosa ética laboral es más profunda: ambos son ex-soldados y ambos estuvieron en Irak. Steven tenía apenas 19 años cuando su batallón ingresó en Mosul y armado con su rifle M-16 patrullaba las rutas al acecho de fuerzas leales a Saddam Hussein.

El lugar fue el mismo, pero para Elbys la tarea fue un tanto diferente. “Estuve allí en 1992 y participé en las operaciones Escudo del Desierto y Tormenta del Desierto. Saddam ya había invadido Kuwait y nuestra misión era evitar que siguiera expandiéndose a Arabia Saudita”. Elbys, de 53 años, relata sus experiencias de combate mirando unas fotos que tiene bien guardadas en un cajón de su oficina, en la parte trasera del restaurante. Steven, de 28, tiene las imágenes de la guerra impresas en otro lado. “Están en mi mente. No necesito fotografías porque lo recuerdo todo con nitidez”, sostiene.

Fue en el 2003, apenas a tres días de haber llegado a Irak que Steven vio la muerte bien de cerca cuando su humvee pasó por un IED –Dispositivo Explosivo Improvisado– y fue impactado por su contenido de esquirlas de metal, vidrio, tornillos y clavos. “Me dieron dos proyectiles en el brazo y uno atrás, en el comienzo de la columna. Tenía tanto dolor en la espalda y salía tanto humo que yo pensaba que estaba incendiándome”, narra ya sin la sonrisa que minutos antes ofrecía a los clientes.

No muchos saben de su pasado en el ejército y ellos sólo lo comparten con aquellos que merecen su confianza. “A veces vienen aquí a comer algunos veteranos y conversamos; nos entendemos y sabemos el verdadero horror de la guerra”, afirma Elbys. “A mí no me gusta comentarlo porque la gente comienza a hacerte preguntas como cuántos iraquíes mataste y de qué forma y no son cosas de las que uno se sienta orgulloso”, agrega Steven.

El restaurante, que abrió sus puertas en mayo, para el Día de las Madres, es un sueño de larga data. “Antes de ingresar en el Army yo fui mesero mucho tiempo”, apunta Steven. “Trabajé desde joven y la vida de restaurante siempre me atrajo. Cuando regresé de Irak estudié justicia criminal y me recibí Cum Laude, con honores pero encontrar empleo me fue súper difícil así que volví a trabajar de mesero. De una forma u otra siempre estuve en este ambiente”, dice.

Elbys muestra el patio que piensan inaugurar en el verano y si todo va bien, cuenta fantaseando en voz alta, “algún día habrá un Macorix 2 y hasta 3”.

Steven se dirige a la cocina para monitorear que todo esté en orden. Espía cómo va cociéndose un filet mignon y levanta la tapa de otra olla con camarones. Mientras se deja llevar por el aroma parece transportarse a otro planeta: “A veces estar entre las sartenes y cacerolas me recuerda a cuando me recuperaba de las heridas en Mosul. Me sacaron de la patrulla y me asignaron a la cocina de la base donde le daba de comer a unos 500 hombres. Claro, no era la comida sabrosa que damos aquí en Macorix pero la cara de esos soldados resplandecía cuando yo me acercaba con los platos igual que la de nuestros clientes en nuestro restaurante”.