El mundo es un pañuelo

El mundo es un pañuelo. Y esta expresión española de la que se desconoce su origen, se ajusta a nuestra historia. Y es que, aunque el mundo parezca inmenso, al final unos y otros terminamos encontrándonos en los lugares más extraños e insospechados o en las situaciones más insólitas.

En una reciente tertulia en Flushing, New York, con gente de fútbol, tuvimos la ocasión de tener una charla informal con el cubano Noél Argüelles Marquettis, arquero de la selección de Cuba en la década de los 80, quien desafortunadamente “quebró” al ecuatoriano Mauricio Arguello, un notable jugador del Barcelona que a sus 25 años, la vida cambió para siempre.

El 5 de marzo de 1987, en un partido amistoso que la selección de Ecuador jugó en La Habana, ante Cuba, Arguello sufrió una grave lesión al chocar con el guardameta y su rodilla izquierda quedó casi destrozada. Arguello había sido una de las figuras del campeonato alcanzado por la escuadra torera en 1985 junto a Holger Quiñónez, Fausto Klinger, Lorenzo Klinger, Jimmy Montanero, Flavio Perlaza, Carlos Luis Morales, Severiano Vasconcelos, entre otros. Barcelona era dirigido por el entrenador chileno Luis Santibáñez.

Sin embargo, luego de la prolongada recuperación pudo ser parte de otros títulos logrados por Barcelona (1987 y 1989) y Liga de Quito (1990), hasta su retiro a los 31 años, en 1993. Mientras, Noél Argüelles participaba en las eliminatorias de la CONCACAF para Italia 90, enfrentando a Guatemala. El cuadro ‘chapín’ ganó la serie tras vencer 1-0 en la Habana y empatar 1-1 en San Marcos. Para dicha ocasión, 16 equipos fueron inscritos, incluyendo a Belice cuyo ingreso fue rechazado por la FIFA.

El 30 de junio de 1988, el comité ejecutivo de la FIFA suspendió a México por dos años por haber alterado los certificados de nacimiento de los jugadores Sub-21. Estos fueron los famosos ‘cachirules’. Tras dos rondas eliminatorias quedaron 5 participantes para una zona final. Costa Rica y Estados Unidos clasificaron al Mundial.

Hoy, Noél Argüelles vive feliz en Nueva York soñando con el éxito de su hijo del mismo nombre, un lanzador zurdo, que aspira ser una estrella en el montículo de los Reales de Kansas City.