¿Y qué hay en un nombre?

Hay muchas cosas que duelen, flotando en un mar de escombros y sentimientos encontrados en la calma oscura y silenciosa que sigue a la tormenta.
La ciudad inundada y sin luz. Casas destruidas por el fuego. Hermosos árboles derribados. Playas erosionadas, Vidas perdidas. Trenes paralizados. Más de $50 billones en pérdidas materiales, y un vago sentimiento de culpabilidad porque a mí no me pasó nada. En mi casa no cayó ni una gotera ni se rompió una sola ventana ni se fue la electricidad y el sótano está más seco que el Sahara.

Y excepto por el carro de mi sobrina que salió flotando en la marejada que cubría las calles del Bajo Manhattan, a mi familia tampoco le pasó nada.

Pero entre tanta devastación, la mente se aferra a algo pequeño, aparentemente inocuo, quizás para apartarnos de la realidad circundante.

Sin duda, este ciclón que acaba de pasar ocupará un lugar prominente en los anales de desastres naturales. Esos que perdieron sus casas, las fotos de sus bodas, el certificado de matrimonio y todas y cada una de las cosas que documentan una vida, contarán a sus nietos con lujo de detalles todo lo que pasaron cuando pasó “Sandy”.

¿Sandy? ¡Qué nombre tan necio para una tormenta histórica!

Sandy no es siquiera un nombre en sí. Es el apodo de Sandra o Alexandra. Ese monstruo que nos visitó debió haber tenido un nombre más contundente, más grave, de más peso, un nombre que dé escalofríos al mencionarlo.

Si la hubieran nombrado Sabina o Silvana el mismo nombre nos recordaría el silbido del viento y de las hojas cayendo y del mar apoderándose de la costa. Pero no. Nuestra catástrofe quedará archivada no bajo un nombre tajante, aplastante y rotundo como, por ejemplo, Katrina (¡ese sí es un nombre de tormenta!) sino bajo un nombrecito de teenager. Es como añadir insulto a la injuria.

Fue a mediados del siglo pasado que comenzaron a darle nombre a los huracanes (que siempre eran nombres de mujeres hasta 1978 cuando se empezó a utilizar nombres masculinos alternadamente —por aquello de la igualdad destructiva de géneros).

Antes de 1950 se referían a ellos por el año o lugar en que ocurrió, como el Ciclón de Galveston en 1900 o el de San Ciriaco un año antes en Puerto Rico. Allá en la isla todavía dicen “viene un San Ciriaco” cuando se acerca una tormenta.

Pero Sandy no sugiere nada y lo primero que trae a la mente es el personaje de una adolescente del musical/película Grease, en que John Travolta le canta la canción Sandy a Olivia Newton-John.

Y si vamos a hablar de superficialidades, digo esta otra cosa. Si aquí en Nueva York vamos a sufrir esta vaina de tormentas tropicales todos los años, será mejor mudarse a la Florida.

Mientras, no dejen de votar en las elecciones el martes. Y antes de apretar el botón, recuerden que Mitt Romney, quien se burló de Obama en su discurso en la convención nacional republicana por prometer atacar el problema de los cambios climatológicos, ha dicho que quiere eliminar FEMA, la agencia federal de emergencia.

Piensen en el peligro de tener en la Casa Blanca a un hombre que no cree que los icebergs estén derritiéndose.

Eso es peor que darle nombres necios a tormentas grandes.

Antes que se acabe el llamado “Mes de la Hispanidad” quisiera tratar, no se con cuanto éxito y corriendo el peligro de caer en el abismo de la “política incorrecta”, de hablar sobre el conflicto que representa celebrar nuestras raíces culturales españolas.

Muchos latinos rechazan esta celebración porque para ellos representa la destrucción y saqueo de las civilizaciones indígenas que el imperio español realizó en las Américas.

Vale. Pero no todos los latinos son descendientes de los incas, mayas o guaraníes que poblaban estas tierras antes que llegara Colón con sus tres barquitos, ni de los esclavos africanos que luego trajeron encadenados en muchos otros barquitos para labrarlas.

Como millones de otros latinoamericanos, mis bisabuelos fueron inmigrantes españoles. Fueron a Cuba por razones económicas, en busca de oportunidades para un futoro mejor, ya que en sus aldeas en Asturias e Islas Canarias eran muy pobres y estaban, como dice el dicho, “comiendo tierra”.

Para mí esto no representa nada bueno ni nada malo. Es simplemente la realidad, una realidad que para muchos yace escondida u olvidada en el fondo del closet una vez llegamos a Estados Unidos, donde el concepto de identidad étnica y racial se confunde, se distorciona, se exprime y se enjuaga.

Aquí, a todos los latinos nos categorizan como una minoría, un grupo étnico, y algunos, incluyendo gran número de latinos, piensa que ‘Hispanic” es una raza, no importa de qué color sea nuestra piel.

En América Latina se celebra lo que ahora hasta los españoles llaman “el encuentro de dos mundos”, el 12 de octubre como el “Día de la Raza” y no tiene nada que ver con el tono de nuestra tez. Raza también significa un grupo o casta específica de gente más allá de las características físicas, por ejemplo se puede usar “una raza de campeones” al hablar de un equipo de fútbol, etcétera, etcétera

Por eso los mexicanos dicen ¡Viva la raza! para decir ¡Viva mi gente!

El filosofo mexicano José Vasconcelos escribió en 1925 sobre la diversidad cultural de América Latina como una fuerza positiva que rescataría a la humanidad de odios y divisiones y nos llamó “la raza cósmica.”

Pero muchos latinos al llegar aquí, y peor aun los que nacieron aquí, tienden a rechazar la parte de nuestra diversidad que incluye a los bisabuelos o tatarabuelos y las contribuciones de la “Madre Patria” a nuestra cultura y hasta les cae mal escuchar a alguien hablar con la zeta.

Sugiero que esos jóvenes latinos que en verdad no conocen sus raíces bifurcadas, o trifurcadas, den un viaje a España. Será una experiencia inolvidable “descubrir” que muchas cosas que pensamos son cubanas o colombianas o ecuatorianas son en realidad españolas. Así me sucedió cuando fui a Islas Canarias la primera vez, me sentí más completa. Los franceses llaman deja vu a ese sentimiento de “conozco este lugar” o “he estado aquí antes”.

No tenemos la culpa de lo que nuestros ancestros hicieron, bueno o malo. Es hora de que aceptemos y apreciemos los que ellos nos dejaron – nuestra propia existencia. Sí de veras queremos alcanzar a ser la raza cósmica, hay que sacar a la bisabuelita isleña y al tatarabuelito gallego del fondo del armario y dejar de avergonzarnos de ellos o pretender que no existieron.

¡Que viva la diversidad!

doloresprida@aol.com