Narcotráfico: los muertos del efecto cucaracha

Para algunos analistas, el “efecto cucaracha” explica qué sucede cuando se presiona a los narcotraficantes. Dicen que si se les tapa una salida, encuentran otra. Pero este efecto no aborda los daños colaterales: el sendero de muerte que deja el cambio de rutas.

Mientras las rutas más entran en contacto con la población, más violencia generan. Cuando Pablo Escobar pudo llevar cocaína desde Colombia hasta Florida vía las Bahamas, el contacto fue mínimo. Una vez que EE.UU. le cerró la ruta caribeña, Escobar se valió de una alianza con Manuel Noriega en Panamá (donde Escobar se escondió luego del asesinato del Ministro de Justicia en Colombia) y con los Sandinistas en Nicaragua (entre mediados y finales de los años 80), para utilizar la ruta terrestre por Centroamérica. No era el primer narco que lo hacía, pero sí el pionero en mover semejantes volúmenes de droga.

El cambio no llegó gratis; colocaba más hombres armados en tierra para proteger los cargamentos de depredadores (otros narcos, y autoridades corruptas), y causó más violencia. El efecto pasó casi desapercibido porque los conflictos armados en la región no languidecían aún. Cuando Escobar desapareció de escena y cayeron los grandes carteles colombianos, ya existía un combo entre tráfico terrestre y aéreo. Este último era más efectivo y menos riesgoso porque llevaba más droga en menos tiempo preferentemente hasta Guatemala o México.

Pero en 2008, cuando Guatemala decide bloquear los aterrizajes, la mayoría se traslada a Honduras. Otros tantos caen en Nicaragua y muchos van para Haití y la República Dominicana. Y una vez que la carga es movida a tierra firme para iniciar el trasiego terrestre hacia México, es cuando se replica el fenómeno de la violencia. Esta es una manera de explicar el aumento de muertes violentas en la frontera entre Honduras y Guatemala de 2009 a la fecha. Esa frontera se convirtió en el escenario de apertura de nuevas rutas terrestres, que nuevamente implicó más hombres armados en tierra para proteger el botín, que pronto llevó a más balas y muertos.

El equilibrio criminal en la frontera terrestre de Guatemala con México permaneció inmutable porque las rutas terrestres del narco ya estaban establecidas desde hace años. El único elemento que alteró ese orden fue la irrupción de los Zetas desde 2008.

Por aparte, la disminución de vuelos también aumentó el envío marítimo, principalmente por submarino o embarcaciones semi-sumergibles (la DEA rastreó 600 submarinos desde Sudamérica hacia Centroamérica y el sur de México y Florida, entre 2009 y 2010, versus 108 narco-vuelos sólo en 2010). También hubo “bombardeo” de droga en las costas. Pero mientras menos controlada es la entrega por los traficantes, más propensa será a generar violencia. El fenómeno elevó la tasa de homicidios en Honduras (hasta 86 por cada 100 mil habitantes en 2011), y una tendencia similar se comienza a observar al norte de Belice, en la zona que colinda con México.

Nicaragua es un clásico ejemplo en el que el tráfico marítimo casi no toca tierra y, por ende, no contribuye a elevar su tasa de homicidios—la segunda más baja del istmo, con 12 por cada 100 mil habitantes, aunque convive con otras formas de violencia. El pasado 27 de octubre, tres hondureños fueron detenidos en la zona de Bluefields en una lancha rápida con cerca de 1.5 toneladas de coca a bordo, que aparentemente llevaban hacia el norte de Centroamérica o el sur de México.

Estos cambios son otra forma de explicar por qué no basta saber que los narcos reaccionan como las cucarachas, sino hace falta un esfuerzo regional y concreto para taparles todas las salidas posibles. Y esa es la razón quizá porque, según la ONU, por Centroamérica todavía se mueve el 90 por ciento de la cocaína que llega a EE.UU. Pareciera entonces que las autoridades no se dan abasto para operaciones anti-narcóticas aire-mar-tierra, y que es utópico pretender impedir a los narcos una ruta de escape que deje un sendero de muertos y dispare las tasas de homicidios en la región.