Sobreviviven entre escombros

Aunque Sandy les quitó todo, hispanos de Staten Island tratan de seguir adelante
Sobreviviven entre escombros
Un cartel de una estación de autobús en Staten Island yace en suelo entre los escombros, como señal de la devastación causada por el huracán Sandy.
Foto: Fotos: Saundy Wilson

Staten Island – Escondidos en el ático, viendo cómo el agua inundaba su casa, Inés Olmedo y Juan García salvaron a su familia en Staten Island, en medio del caos del huracán Sandy. La vida, como dijo Inés, es lo único que les quedó por no desalojar a tiempo.

La pareja mexicana, sus hijos de 12 y 15 años, y un tío, son parte de más de 500 personas y cientos de mascotas refugiadas en el albergue de la secundaria Susan Wagner. Allí pasan las noches desde la tragedia que el lunes pasado convirtió todo el sur de la isla en un cementerio de casas en ruinas.

Ayer, todos buscaban salvar lo que quedó en su hogar de Midland Beach. “Yo creía que no salíamos y por eso perdí perdón a mis hijos por ponerlos en riesgo”, contó la madre. Por ser indocumentada no ha podido gestionar ningún tipo de ayuda del gobierno. “Me dijeron que no calificaba, aunque lo perdimos todo”.

Pero sus vecinos les han dotado de comida, ropa y enseres. “Incluso nuestro casero nos prometió que arreglará la casa”, expresó Juan, quien desde hace seis años vive en el área. El Centro del Inmigrante también prometió tenderles una mano. En medio del desastre, la solidaridad se respira en cada espacio, mientras cuadrillas de voluntarios ayudan a remover escombros y atender a las víctimas.

Las residencias que Inés limpiaba en Tottenville hoy también son historia. “Yo lo que pido a Dios es que nos de trabajo, ahora que nos dio una segunda oportunidad para valorar más la vida”.

Las lágrimas mojan el rostro de la puertorriqueña Annie Santos, mientras contaba cómo la voz de su hijo le dio fuerzas mientras, con el agua al cuello, huían de la debacle con su perrito en brazos.

Como muchos en la isla, esta madre soltera no creyó en la gravedad de la emergencia hasta las 8 p.m. del lunes, cuando un océano levantó el piso y en segundos inundó la casa que queda al frente de la de Inés Olmedo. Ahora, las familias se ayudan mutuamente.

Las pocas pertenencias que sacó el viernes a la fuerza por orden de su casero que la amenazó con no devolverle el depósito si no lo hacía, estan arruinadas. “Yo no me quedo en este lugar”, dijo Santos, que trabaja como secretaria en el hospital Presbyterian. “Mi situación es muy mala, pero cuando ves a mis vecinos que perdieron a sus familiares en la inundación no puedes quejarte”.

Muy cerca, el puertorriqueño Walter Martínez vio frustrado su intento de escape con su esposa, hija y perro cuando un árbol bloqueó su camioneta. “El agua nos llegaba hasta los hombros y había cables chispeando, por lo que nos subimos a los refrigeradores y allí esperamos que nos rescataran”, recordó. La ayuda llegó a las 5 a.m., poco después de que él viera –sin poder ayudar– a un hombre ahogándose frente a su ventana. Ahora no puede siquiera dormir tratando de encontrar un futuro para su familia.

Muchos llegaron a la zona antes que la policía en la mañana del martes para rescatar a quienes aún estaban vivos.

Con la balsa de su cuñado y con su sobrino de 10 años, Ernest Claire salvó más de 15 personas, incluida una familia colombiana. “El padre me entregó a su hija por la ventana, aún sin conocerme ni saber qué pasaría”, dice mientras muestra las imágenes de su teléfono.

Guillermo Hernández, el padre de esa familia, no quiso hablar ya que según un un voluntario del albergue, estaba indignado por políticos que el viernes lo visitaron sólo para tomarse fotos.