Sandy y nuestro enemigo interior

Después de Sandy es natural observar lo extraordinario – el daño inimaginable, el sufrimiento inesperado– de este ataque climatológico.

Es cierto que Sandy fue una supertormenta sin precedente y algo fuera de nuestro control. Tiene sentido compararlo con un ataque del exterior.

Pero un bombardeo, militar o climatológico, nunca es enteramente un acto de un enemigo extranjero. También revela nuestros enemigos interiores.

Ayer dejé mi casa –que sigue sin luz y calefacción– para pernoctar en un hotel de lujo en Manhattan. Me duché. Me comuniqué con el mundo exterior con mi teléfono y el Internet. Para aplacar mi hambre, bajé al restaurante. Ahí me encontré con otros que también se habían duchado y que disfrutaban de la magia de un chef famoso.

Esta parte de Manhattan se había milagrosamente recuperado.

A unas cuantas millas, se oían los llantos de una madre en Staten Island que había perdido sus hijos en la inundación. En Hoboken, una madre y su hija preservaba lo que quedaba de sus velas y caminaba horas para recargar su teléfono. Miles esperaban en cola para comprar combustible. Comida se desperdiciaba. La temperatura seguía bajando. Para muchas familias en Long Island, Staten Island y New Jersey, sus pueblos ya no existían.

Yo, mientras tanto, pedí otra copa de vino, como para recalcar la dura realidad: los que tienen menos son los que más sufren, y sufren a unas cuantas millas de mi cena.

Hace medio siglo Michael Harrington escribió un libro titulado The Other America. Describió la pobreza en este país cuando se pensaba que la pobreza era imposible en un país tan prospero. Insistió que la calidad de una sociedad se mide por como viven los que tienen menos, no los que tienen más.

Sandy nos atacó del exterior. Pero nos ha revelado nuestros enemigos interiores. Y nos recuerda que son esos llantos en Staten Island, no mi cena caliente, que determinan la calidad de nuestra comunidad.