Hasta el piso 23 sin problemas

Tras Sandy intérpretes hispanos dieron la mano a ancianos necesitados
Hasta el piso 23 sin problemas
Félix Martínez y Domingo Miranda son dos de los buenos samaritanos que ayudaron a las víctimas del huracán Sandy y de la tormenta de nieve.
Foto: Cortesia

Manhattan – Durante la emergencia del huracán Sandy, Félix Martínez y Domingo Miranda habían probaron su resistencia al máximo. Con tal de ayudar a decenas de ancianos en penurias por la falta de luz, agua y comida, a estos hispanos no les importó subir cinco, 10 y hasta 23 pisos múltiples veces. Aunque sus piernas reclamaran, su corazón bombeaba vida con cada latido.

De raíces puertorriqueñas, Félix Martínez se ofreció a usar su camioneta para comprar los suplementos en Westchester. Luego – con la ayuda del dominicano Domingo Miranda y su colega china Rita Chiu – recorrieron la ciudad entera llevando sus cargamentos vitales a quienes no podían salir de casa o valerse por sí mismos.

“Yo he dedicado mi vida a ayudar a la gente, especialmente a los ancianos. Para mí ha sido una manera de dar gracias a mis abuelos por criarme”, explicó el boricua, de 40 años, quien como sus compañeros trabaja como intérprete en el programa de asistencia en el hogar de Jewish Home Lifecare (JHL), una red de cuidado de la salud con160 años de existencia.

Martínez, quien lleva 15 años laborando como traductor de enfermeras, doctores y trabajadoras sociales, recuerda que lo más difícil no fue lidiar con los especuladores que le cobraban $6 por un galón de agua, procurar las baterías y linternas que escaseaban o esperar cuatro horas para cargar gasolina. Para él fue el reparto de lo que proveían gratuitamente.

“Teníamos que subir a oscuras hasta el piso 23 de ser necesario y cómo me costó por ser gordito”, dijo bromeando. “Pero si pasara mañana, lo volvería a hacer”, dijo quien con su amigo sirve de voz a 40% de los pacientes de JHL que sólo hablan español. Domingo Miranda y sus colegas vivieron una experiencia que les llenó de alegría, a pesar de las duras condiciones de sus pacientes y el riesgo de toparse con malhechores que se aprovechaban de la oscuridad.

“Muchos estaban muy mal, porque tenían mucha hambre y nada que comer en casa, y estaban incomunicados”, resaltó el nativo de San Francisco de Macorís, de 35 años.

Una vez le tocó subir cuatro veces hasta un piso 18 de uno de los proyectos de vivienda del Lower East Side para encontrar a quien quería asistir. “Desesperado, el viejito se bajó los 18 pisos y después no podía subirlos”.

Como Martínez, él se regocija en las caras de felicidad de los ancianos cuando abrían sus puertas. “Una paciente de me abrazó y me bendijo un millón de veces. Este trabajo te hace más sensible y, sin duda, me ha abierto los ojos”, expresó.