Los peligros de las princesas

La fijación con las princesas deja poco tiempo para que las mujeres evaluemos quiénes son nuestros modelos femeninos

Sociedad

El otro día me llamó la atención una columna escrita con inteligencia por Hannah Weinberger —y rotundamente criticada.

Publicada en CNN.com, “¿Dónde están todas las feministas del milenio?” se preguntaba por qué tantas mujeres —incluso aquellas fuera del sector de 18 a 29 años declarado por la autora— sienten rechazo cuando se menciona el feminismo y sus connotaciones opuestas de militancia y extremada sexualización.

Voy a aventurarme a declarar lo obvio: Las mujeres que serían feministas probablemente están demasiado ocupadas aceptando —o tratando de esquivar— la singular obsesión de nuestra sociedad con lo que se está convirtiendo en la cultura de las “princesas”, para pensar demasiado en los que podría significar la “liberación de la mujer” en un entorno actual, que, en general, la degrada.

La preponderancia de las princesas va más allá del aparentemente eterno consumismo feminista promocionado por las películas (piensen en Snow White and the Huntsman), sobre el que Peggy Orenstein, observadora de la cultura-princesa, a menudo escribe en su blog y en diversas publicaciones.

Orenstein señala correctamente que la idea del “poder femenino” se ha deteriorado en unos pocos años. En una época, Nike ayudaba a promover los deportes femeninos y el Título IX. Ahora, Orenstein se pregunta, en un reciente blog (“Si me permites ser una princesa…”), si Disney puede transformar su rosado producto para que se centre en “la fortaleza de carácter y la auto-eficacia … cuando al mismo tiempo intenta vender a nuestras hijas decenas de miles de artículos, que acentúan la belleza y el consumismo.”

Y no es sólo Disney, todos parecen participar en esa tendencia —hay una princesa para cada gusto: Las hay multiculturales, góticas, machonas y hasta princesas-niño. Esa fascinación, rayana en la enfermedad, se manifiesta en casi todos los aspectos de la vida, desde la princesificación de los ladrillos para armar Lego, mediante el color rosado y violeta, hasta la manera en que exaltamos o condenamos a la gente en las noticias.

Observemos el escándalo en torno a David Petraeus y su bonita biógrafa, Paula Broadwell. En la cobertura de noticias, después de su renuncia, su legitimidad de princesa —belleza, encanto y popularidad— figuraron prominentemente en todos los excitados artículos.

¡Sus brazos están bien torneados! ¡Usa elegantes camisas sin mangas! ¡Hace flexiones de pecho! Según se dice, en su curriculum vitae se indica que fue la primera de la clase y también reina de la fiesta estudiantil de su escuela secundaria, lo que admito que es digno de mencionarse por lo extraño —¿a quién se le ocurre incluir su popularidad en la escuela secundaria en un curriculum profesional?

Un artículo particularmente malicioso en MediaPost, titulado “The General and the Showgirl” (El general y la corista), utilizó casi 1,000 palabras para hablar de las vestimentas de vampiresa de Broadwell, sus “bíceps y hombros torneados por los triatlones” y, en referencia a una foto de publicidad de la biógrafa y el general, describió a “Broadwell usando una blusa ajustada y brillante, con una frente ajustada y brillante”. Este tipo de escritura evoca imágenes de la hermana menos glamorosa quien, alternativamente, venera o se muere de celos de su hermana Cenicienta.

Y en caso de que se les haya pasado, la narrativa de la princesa está llena de glamour —ya sea cuando se refiere a la suntuosa pompa y circunstancia o al magnetismo de la rebelde pelirroja, que se las tiene con todos, y blande un malvado arco y flecha, como la princesa Merida en la película de Disney, Brave.

¿De qué otra forma puede explicarse la industria de miles de millones de dólares de los vestidos fantasía para concursos de belleza, fiestas de quinceañera, fiestas escolares, vestidos de novias y de heroínas “malas” (como Black Widow, de Marvel Comics). Apropiándonos de la moda post-electoral de criticar la asombrosa cantidad de dinero gastada por los súper PACs en propaganda electoral: Imaginen cuántas mujeres y niños pobres podrían alimentarse con ese dinero.

Centrarnos en lo que hacen las princesas de nuestra sociedad —ya sea glorificándolas o atacándolas— es un deporte nacional que, sin duda, deja poco tiempo para que las mujeres evaluemos quiénes son nuestros modelos femeninos de conducta en la actualidad y si nos sirven o degradan.

O quizás haya demasiadas versiones en conflicto del empoderamiento femenino para apoyar una definición única de feminismo. Por cada mujer a quien se le revolvió el estómago cuando vio que la estrella de TV Lena “Voz de su generación” Dunham equiparaba el acto de emitir un voto a favor de Obama con perder la virginidad, hay muchas otras para quienes Dunham es un nuevo ícono feminista.

Suspiro.

Hace menos de un mes, la comunidad hispana quedó dividida por la controversia de “Sofía”, “la primera princesa latina” de Disney. Algunos se alteraron porque Sofía es de tez clara, ojos claros y pelo claro y otros, porque no consideraron que eso fuera un problema. Después Disney irritó a casi todo el mundo cuando se echó atrás y clarificó que “La princesa Sofía es una princesa de orígenes mixtos en un mundo de cuentos de hadas”.

La jueza de la Corte Suprema, Sonia Sotomayor, lo más parecido a la realeza para los hispanos, participó en un segmento de Plaza Sésamo, la semana pasada, y se pronunció definitivamente en cuanto al asunto. Dijo a un Muppet que quería ser princesa: “Abby, fingir ser una princesa es divertido, pero definitivamente no es una carrera”.

Amén.