Un arpa llanera hace vibrar a Nueva York

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Un arpa llanera hace vibrar a Nueva York
El bogotano Edmar Castañeda y su arpa llanera recorren Nueva York y el mundo deleitando a todos quienes lo escuchan.
Foto: cortesía E. Castañeda

Nueva York — Parecen un par de amantes. Con los ojos cerrados, él la acaricia y sabe exactamente dónde tocar para que ella de lo mejor de sí. Sus brazos la envuelven; sus dedos se mueven rápido; la recorren. Cautivados, quienes observan, se dejan llevar en un viaje que los transporta a lugares tan disímiles como un cavernoso club de jazz aquí en Manhattan y regiones rurales de Colombia como Meta, Vichada y Arauca.

El ritmo es muchas veces improvisado, su meta, en cambio, no lo es. Edgar Castañeda tiene bien en claro que junto a su arpa, transforman a quienes los escuchan: “La gente se sorprende mucho. Creo que se debe a que el arpa es un instrumento muy guardado, encadenado casi siempre a una música suave, como de ángeles y lo mío es completamente distinto; incorporo desde el flamenco hasta la salsa y por supuesto, mi gran pasión, el jazz”.

Músico e instrumento se entienden de maravillas y hasta comparten algunos rasgos: Edgar tiene 34 años y su arpa 34 cuerdas; ambos tienen aproximadamente la misma estatura —unos cinco pies y 3 pulgadas— y esto es evidente en cada una de sus presentaciones, donde Edmar toca su arpa parado. “Es un poco como tocar el piano,” explica, “sólo que el arpa es vertical”.

Acompañado de su arpa llanera casi desde que nació, en Colombia, Edmar enseguida mostró un talento especial para interpretar el joropo, el ritmo folclórico de su país. “Mi padre siempre tocó y fue maestro pero se separó de mi madre cuando yo estaba pequeño, así que me influenció pero no me enseñó; lo que sé, lo aprendí solo”.

Nueva York, asegura, fue en todos los sentidos un punto de quiebre y cuando llegó a los 16 años junto a ese padre al que mucho no conocía, también se vio obligado a conocer la ciudad. “Mi papá consiguió trabajo en Babylon, Long Island, un lugar bastante blanco y que al principio se me hizo como haber desembarcado en otro planeta”, confiesa Edmar. “Llegué de Bogotá directo a high school sin saber absolutamente nada de inglés. Recuerdo que más que estresarme, me lo tomé como un juego. Por mucho tiempo sólo atinaba a seguir a mis compañeros. Si ellos se paraban yo también me paraba y los seguía; si se cambiaban de salón, allí iba yo; sin entender una palabra”.

Con su oído acostumbrado a ritmos autóctonos y campesinos, fue aquí que abrió una puerta que lo convertiría en el artista que es hoy. “Aquí conocí el jazz y aquí florecí. Con el jazz,” añade, “me siento libre y puedo tocar con el corazón”.

Empezó de abajo y supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron. “Mi primer trabajo lo conseguí a las dos semanas de llegar,” cuenta. “Tocaba el arpa mientras la gente cenaba en Maison Olé, un restaurante mexicano-español y el lugar se convirtió en mi laboratorio”.

Mientras los comensales se dedicaban a hincar el diente en los platillos ibero-aztecas, Edmar, ni lento ni presuroso, ponía en práctica todo lo que aprendía en el Five Towns College donde estudiaba música. “Asimilamos, mi arpa y yo, el vocabulario del jazz y eso empezó a llamar la atención.” Al poco tiempo, los clientes preguntaban por él y sus performances se llevaban aplausos. El virtuosismo del bogotano llegó a oídos de Paquito D’Rivera que se convirtió en su mentor.

“Dios me ha ayudado mucho”, dice con modestia mientras se acomoda la boina, la misma que lo acompaña siempre en sus conciertos. Junto a su arpa, un baterista, un trombonista y desde hace casi ocho años también junto a su esposa, la vocalista Andrea Tierra, recorren el mundo.

El resto del tiempo lo pasan en Whitestone, Queens, donde viven junto a sus dos pequeños, Zeudi y Zamir. “Son bastante artistas”, dice con una sonrisa gigante. “La niña pinta y Zamir tiene un arpa chiquita que le confeccionó la misma casa francesa que me hace las arpas a mí, Camac”.

Su ritual, antes de arrancar a tocar tanto sus propias composiciones y temas de grandes del jazz como Chick Corea y hasta del tango como Astor Piazzola, es similar al de un deportista. “Es muy parecido; caliento los dedos, hago ejercicios y ahora que se viene el frío tomo vitaminas para cuidar los tendones”. Quienes se acerquen mañana a la Americas Society en Park Avenue podrán ser testigos de esa preparación y de la magia que le sigue después cuando el Edmar Castañeda trío se presente en la última función del Festival Voces de Latinoamérica. “Hasta ahora ha sido muy chévere ver cómo la gente llega de una manera y se va de otra”, dice el arpista, “se van nuevos,” agrega, “como llenos de esperanza”.