Un museo en la consulta

Un museo en la consulta
El doctor Antonio Giráldez muestra un pañuelo con la firma de Trujillo.
Foto: efeOrlando Barría

SANTO DOMINGO — Algunos de los recuerdos más sorprendentes de la dictadura de Rafael Trujillo (1930-1961) y de otros presidentes de la República Dominicana no descansan en museos ni archivos oficiales, sino en manos de particulares.

El doctor Antonio Giráldez, dermatólogo de origen español, atesora en su consulta de Santo Domingo cientos de objetos únicos relacionados con los acontecidos vividos en el país durante las últimas décadas.

Muchos de los objetos que posee el dermatólogo Antonio Giráldez tienen un gran valor histórico, mientras que otros son sencillos testimonios que remiten a las diferentes etapas de los últimos cincuenta años.

Cartas personales de Trujillo, la placa del automóvil de su sucesor, Joaquín Balaguer, y pañuelos de los presidentes Juan Bosch y Salvador Jorge Blanco, son solo algunos ejemplos de los objetos presidenciales que el doctor conserva en su consulta.

Un pañuelo perforado por una de las balas que alcanzó a Trujillo en el momento de su ejecución, una carta personal del dictador a su hijo Ramfis, un tenedor de su vajilla particular…los variados objetos reflejan diferentes aspectos de la vida del que está considerado uno de los dictadores más sanguinarios de América Latina.

Giráldez, español de tercera generación, recibe en la consulta a sus pacientes con buen humor y un trato afable que le da pie a relatar vivencias de su abuelo y de su padre, llegado a la isla en 1926 en busca de fortuna.

La conversación deriva en recuerdos de su juventud y desemboca indefectiblemente en su gran pasión: el coleccionismo, una afición que le ha permitido amasar “una fortuna emocional”, como él define sus recuerdos.

La consulta es una auténtica caja de sorpresas. Junto a las pinzas quirúrgicas, al lado del microscopio y a escasa distancia de la camilla donde examina a sus pacientes, descansan todo tipo de “reliquias” que este médico, descendiente de asturianos y menorquines, guarda con celo porque, como él mismo dice, tiene “corazón de coleccionista”.

El doctor abre sus vitrinas y de su interior saca el famoso pañuelo con el orificio del proyectil y restos de sangre sobre las iniciales “R.L.T” (Rafael Leónidas Trujillo) bordadas en la tela.

“Me lo dio uno de los que recibió su ropa en custodia y, según él, este pañuelo estaba entre

las cosas de Trujillo que le entregaron”, relata el doctor Giráldez. Admite, sin embargo que, según los historiadores, el pañuelo no figuraba entre los restos del tirano, pero él prefiere, pese a todo, pensar que es auténtico y confiar en la buena fe del donante.

Documentos tan sorprendentes como una receta con las indicaciones oftalmológicas para los lentes del dictador, unas medias-calcetín del mandatario, vasos, copas y tenedores de la vajilla presidencial y hasta un pequeño cuenco utilizado por Trujillo para lavarse los ojos, figuran en la pintoresca colección.

En otra de sus piezas aparece él mismo en una fotografía de cuando era niño con su familia junto al gobernante en la fragata presidencial.

Giráldez relata que esta pasión coleccionista le viene de la infancia, porque en aquella época coleccionaba todos sus juguetes, que finalmente su madre tiró a la basura para su disgusto.

La afición renació en él hace unos 20 años, cuando compró en un mercadillo antiguas monedas conocidas como “centavos de palmita” porque llevaban grabada una palma en un lado y, algo más tarde, ocho medallas conmemorativas de la Era de Trujillo, como se conoce al período de este gobernante. Así fue incrementando las piezas de su museo.

Fotos del dictador, tarjetas de recordatorio de su fallecimiento, cheques del Partido Dominicano y objetos propagandísticos de su régimen, así como una pequeña navaja con el lema “Trujillo siempre” y hasta una caja de fósforos, forman parte de esta inusual colección de un periodo que Giráldez apenas recuerda, pues era un niño en los años finales de esa etapa política.

“El sentido principal del coleccionismo de esa época (…) es que tenemos que cultivar la educación de las generaciones futuras para que no sigan surgiendo regímenes despóticos, regímenes que atenten contra el patrimonio del pueblo, que enajenen la ideología o persigan al que disiente de sus pensamientos”, comenta.

El especialista se resiste a entregar sus pertenencias a un museo o una institución pública porque —continúa— “lo que es de muchos no es de nadie y para que se pierda en manos que no lo aprecian, mejor lo tengo yo y lo puedo ir transmitiendo de generación en generación, como hacen muchos coleccionistas”.

Sobre aquel periodo sostiene que, pese a todo lo malo que hizo el general, hay que reconocer algunos logros. Por ejemplo, argumenta, “uno sabe que Trujillo era realmente férreo en su dictadura, pero había un orden dentro del país y una dirección y, a pesar de la persecución, de las muertes, de las tribulaciones, independientemente de todo eso, había una sensación desarrollista”.

Giráldez reconoce que el mandatario usaba ese clima “en beneficio personal”, porque “la República Dominicana —dice— era una finca grande que tenían Trujillo y su familia y todos los que estaban dentro trabajaban para él”.

Pero los “fondos” de este particular museo no acaban con la época de Trujillo. Su sucesor, Joaquín Balaguer (1960-1962, 1966-1978, 1986-1996), tiene también un espacio en la consulta, cuya pared exhibe la placa de automóvil de ese presidente, con la leyenda “Balaguer 1”. El galeno la señala orgulloso, al tiempo que muestra el tintero que aquel presidente “utilizó toda su vida”, dice.

El dermatólogo, en cuya trayectoria abundan vivencias privilegiadas, muestra otro pañuelo, esta vez del presidente Juan Bosch (1963), que guarda en una bolsita de plástico para que no se deteriore. “Si algún día hay que hacer un estudio de ADN, aquí está”, comenta.

De otro mandatario, Salvador Jorge Blanco (1982-86) “no solo fui su médico, sino también su amigo, y médico de toda su familia, como lo sigo siendo hoy día”, presume Giráldez mientras enseña un pañuelo más de su curiosa colección que perteneció a ese presidente.