Arte en la calle y para todos los gustos

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Arte en la calle y para todos los gustos
El guatemalteco Juan Carlos Pinto rodeado de los retratos que realiza enteramente con Metrocards.
Foto: Silvina Sterin Pensel para EDLP

Juan Carlos Pinto es efusivo, enérgico. Se para, trae libros de su biblioteca y muestra sus artistas favoritos; aquellos que lo motivaron a dejar Guatemala y con los que terminó trabajando codo a codo aquí en Nueva York. “Quería ver y entender el arte público; ver el subway, ver el arte neoyorquino de las calles”.

Juan Carlos creció en Quezaltepeque, en el campo guatemalteco, viendo sembrar frijoles y mazorcas a su padre y resignándose a la idea de que allí no había lugar para el arte

La sangrienta guerra en su país dispersó a la familia y dos de sus hermanos terminaron en Nueva York. El los siguió, dispuesto a darse el gusto de dedicarse a lo que quería.

“Por supuesto que me costó”, afirma. “Mis hermanos trabajaban en mudanzas y recuerdo que cuando le dije a uno de ellos, anda, vayamos al MoMa, me miró y me dijo: ‘no, cómo crees, eso es para blancos'”. Su relato tiene una audiencia de lujo: Joaquín, su hijo de 8 años, Rigoberta Menchú, el Presidente Obama, Frida Kahlo y el rapero 2Pac. De este grupo el único que realmente se mueve es Joaquín que observa a su padre mientras hace la tarea escolar.

Confeccionados enteramente con Metrocards, son viva prueba de la pasión del artista por esta ciudad, a la que arribó un día de Acción de Gracias a fines de los 90’s, y por el arte a partir del reciclado. La rubia melena de la Monroe tiene los tonos amarillos de las tarjetas que millones de usuarios pasan por los torniquetes del metro y el rostro blanqueado de Michael Jackson conserva aun las letras en blanco y negro que aparecen al dorso de las mismas. “Cuando llegué todavía estaban los tokens; yo vi nacer estas tarjetas”, dice. Utiliza cada parte y trabaja con materiales muy simples: una perforadora de papel, tijeras y pegamento.

A su sorprendente talento le ayudó, desde un comienzo, su buena estrella. Juan Carlos entró a pedir trabajo a la crepería The Crooked Tree, cerca de la Avenida A y propiedad de los hijos de Bernar Venet, un famosísimo artista francés. “Era el 1,000 usos del restaurante pero tuve la mayor de las suertes porque en el mismo basement que me hicieron limpiar a fondo para una reunión me terminé topando con los más grandes. Sentados, ahí a pies de mí estaban Richard Serra, Christo y Jeanne-Claude y Bernar. Conversé con todos; fue entrar al mundo del arte por la puerta grande”.

Influenciado por Basquiat y obsesionado con hacer del arte algo público, Juan Carlos rápidamente salió a las calles de Nueva York. “Mi casa es en un 5to piso; no tengo ni jardín ni patio. ¿Dónde va a jugar mi hijo? Pues la calle es nuestro playground y a él y a otros niños les debemos que tengan arte”.

Sin decir más, coge un par de chaquetas –una para él y otra para su hijo- y arranca el recorrido. En la sección de Flatbush, en distintos muros se ve su trabajo con mosaicos, pedacitos de espejos y otras cosas que encuentra. “Se trata de reciclar; de darle nueva vida a cosas que la gente ya descartó”.

Entrenado por el ‘Mosaic Man’ al que observó trabajar mucho tiempo, Juan Carlos usa de todo y cambia la identidad de los muros para siempre. “Me gusta trabajar con mosaicos y pedacitos de espejos porque así la gente puede verse reflejada y disfrutar con los cambios de luz a lo largo del día. Trabajo con mosaicos porque su vida útil es más larga. La pintura es efímera; puede venir cualquiera y pintar arriba. Esto, en cambio, es permanente”.

A veces trabaja solo y otras con un grupo de colegas, fotógrafos, escultores y pintores con los que fundó el Brooklyn Recycle Project. En el barrio es bien conocido su trabajo y la gente le da objetos o los deja en una barbería que acepta estas particulares ‘donaciones.’ “También estamos trabajando con cositas que encontramos luego del paso del Huracán Sandy, trocitos de porcelana, pedacitos de metal”. Escuelas, fachadas de estaciones de metro, organizaciones comunitarias y hasta comercios locales que ‘pagan en especias con lo que pueden’ ponen en sus manos sus paredes sabiendo que él las transformará para siempre en algo bello y accesible a todos por siempre.