El vínculo de la pobreza y educación

Los maestros de escuelas con poblaciones de bajos ingresos a menudo obtienen capacitación especializada en la cultura de la pobreza, a fin de comprender las vidas de sus estudiantes y tener en cuenta sus problemas en el aula.

En un reciente informe de Cornell University, titulado “El papel de la habilidad de planear en la brecha ingresos-logros”, los investigadores usaron datos longitudinales del estudio del cuidado infantil y el desarrollo de los jóvenes del National Institute of Child Health and Human Development, para establecer un lazo importante entre la pobreza durante la infancia, y el desempeño deficiente en Matemática y Lectura en los grados primarios, independientemente del cociente intelectual.

Investigaciones anteriores mostraron que las brechas en los logros académicos relacionadas con los ingresos se inician ya en el Jardín de Infantes y continúan en toda la escuela secundaria. Esas brechas se amplifican a causa de los bajos niveles de estímulos intelectuales y las escasas relaciones sanas con adultos, en la casa. Pero ésta es la primera vez que la brecha ingresos-logros se explica midiendo una conducta: la capacidad de planificar en forma eficiente, desde tan tierna edad.

El estudio de Cornell cuantifica lo que todo maestro de matemática y lectura de una escuela de bajos recursos ya sabe sobre la diferencia entre los estudiantes que se destacan y los que languidecen: todo depende de quién persevera en una tarea difícil, en lugar de rendirse. El éxito depende de si un niño puede, como el estudio lo define “planificar de una manera orientada hacia objetivos.”

Por haber sido maestra de primer grado y de secundaria en escuelas de alta pobreza, observé estas diferencias de primera mano. El alumno de primer grado que se cansaba tras unos meros minutos, al encontrar un texto con palabras desconocidas, era generalmente el mismo estudiante que no podía mantener las cosas en orden en su pupitre y que se frustraba fácilmente con lo que no le era familiar.

En cambio, los alumnos de primer grado que tenían idea de los días de la semana, podían evitar perder sus per tenencias y exhibían pequeños indicios de paciencia no abandonaban tan fácilmente las tareas más difíciles, como aprender a restar con cubos.

Lamentablemente, el sistema educativo presenta una gran desventaja aquí. Formular un plan, realizar preparaciones para ejecutarlo y después tener la determinación de persistir, incluso ante obstáculos —Paul Tough, autor de “How Children Succeed” (Cómo triunfan los niños), ha popularizado recientemente el término “grit” (determinación)— no es algo que se puede enseñar simplemente en la clase.

Los niños con más probabilidades de navegar las asombrosas complejidades de solicitar el ingreso universitario y la asistencia financiera serán, sin duda, los que, desde que se acuerdan, han tenido adultos en sus vidas que establecieron objetivos claros, los que trabajaron metódicamente para alcanzarlos y enfrentaron con éxito los reveses.

Esto nos deja con un acertijo educativo mucho más difícil que simplemente agregar un establecimiento de objetivos a los programas básicos comunes. En última instancia, si queremos que las cualidades asociadas con la planificación y la perseverancia se arraiguen en los niños de bajos ingresos, debemos enfrentar el problema mayor de inculcar esas cualidades en sus padres.

© 2013, The Washington Post Writers Group