Mo:

Mo:
Mariano Rivera, cerrador de los Yankees de Nueva York.
Foto: AP

NUEVA YORK — Unos se dan golpes de pecho, otros levantan su brazo al cielo en señal de triunfo. Eso no se ha visto, ni se verá, con Mariano Rivera, un lanzador sinónimo de humildad y sencillez.

El cerrador de los Yankees simplemente tiene una breve conversación con Dios como preámbulo de su labor en la lomita. Esa ha sido su rutina por años.

Y aunque no es un predicador, Mariano siempre da las gracias a Dios. Indica que todo lo que ha logrado ha sido “por su amor y su misericordia”, que todo su talento es obra de Dios.

El popular Mo está a punto de decirle adiós al deporte que le ha llevado a la gloria. Se irá como el mejor cerrador de las Grandes Ligas de todos los tiempos. También como campeón de cinco Series Mundiales. Con una trayectoria que, de seguro, lo catapultará al Salón de la Fama del Béisbol, en Coopertown, en su primer año de elegibilidad, en 2018.

Como ser humano, eso lo llenará de felicidad. Pero más feliz lo hará poder servir a Dios, el camino que espera tomar ahora que deje el béisbol.

Nacido en un hogar católico, la conversión de Mariano a cristiano se dio gracias a un familiar en momentos en que andaba en malas compañías, que le hubiera costado la vida.

“Un primo (Vidal) me habló de la palabra”, dijo Rivera. “Aprendí quién en realidad era Jesucristo, qué es lo que hizo por mí. Así comence a interesarme y pues di el paso”.

Eso ocurrió antes de ser firmado por los Yankees, con 20 años y un bono de $3,000 en febrero de 1990. Así, el muchacho de Puerto Caimito, Panamá, comenzó la carrera de está a punto de detenerse.

En agosto de 1992 tuvo que someterse a cirugía en el codo derecho, algo que ponía en riesgo su incipiente carrera en ligas menores. No obstante, en mayo de 1995 debutaba en las Mayores, contra los Angelinos, pero eso no le aseguraba nada. Por poco los Yankees lo envían a los Tigres de Detroit, en un canje por el abridor David Wells, trato que falló cuando su lanzamiento registró 95–96 mph, seis más que su promedio anterior. Rivera atribuye a Dios esa inexplicable mejoría.

También dice que su famoso “cutter” se lo debe a Dios. Ese lanzamiento, su marca registrada, nació en 1997 y con él fue quebrando bates a granel y cimentando su éxito. Fue ese año que se “entregó” totalmente al Señor.

Hoy, Mariano no tiene nada que envidiarle a Babe Ruth, Joe DiMaggio, Lou Gehrig o Mickey Mantle, figuras legendarias de los Yankees que décadas le precedieron en el ‘Templo del Béisbol’ como se le conoce al hoy desaparecido Yankee Stadium.

“No importa el dinero o la fama que tenga”, dijo la señora Leonidas Zamora, una sierva de la Iglesia “El Buen Samaritano”, en Ossining, condado Westchester. “Si usted no tiene a Dios, no es nada”.

“La fama y la fortuna que tenemos, aquí mismo se van a quedar”, continuó Zamora.

Ahora que Mariano se retire, la familia Rivera planea dedicarse por completo al camino espiritual.

“Las personas cuando venimos al Señor es porque estamos necesitados de Dios”, consideró Zamora, , una católica que se convitió a evangélica-pentecostal hace 15 años .

Mientras su esposa Clara predica en la iglesia ‘Refugio de Esperanza’, en New Rochelle, el esfuerzo de Mariano se encaminará a las obras de caridad, a través de su fundación (que lleva su nombre) y ha venido ayudando desde Nueva York a Florida, California y otros países latinoamericanos.

“La fe viene del oir la palabra de Dios”, indicó Rivera, uno de muchos deportistas no ocultan su religiosidad.

Tenemos el caso de Tim Tebow, exjugador de los Jets y hoy agente libre, un cristiano que siempre se arrodillaba antes y después de cada partido, sea en la NFL o en los juegos universitarios. Cuando defendía a los ‘Gators’, en la Universidad de Florida, solía usar los versículos de la Biblia dentro de la sombra negra debajo de sus ojos, para contrarrestar el sol.

El delantero mexicano Javier ‘Chicharito’ Hernández, del Manchester United, de rodillas ora en el medio del campo antes del partido. Muchos otros futbolistas y beisbolistas se persinan antes de ingresar al campo. Entre los boxeadores, Robert Guerrero siempre habla siempre de Dios.