Maniquíes made in Puebla-York

Sigue a El Diario NY en Facebook
Maniquíes made in Puebla-York

Francisco Flores coloca su mano en el hombro de la mujer desnuda que tiene la piel roja y brillante. Los pechos firmes, el torso delgado, la cintura estrecha: perfecta. Es más alta que él pero no se acompleja, al contrario, encaja el brazo con cariño para completar al monumento silencioso, su creación.

“Está lista”, dice.

En pocas horas la muñeca partirá sobre una camioneta a la Ciudad de México, junto con otros maniquíes negros y esbeltos; rubios y musculosos; entrados en carnes o bajitos; niños, adultos y adolescentes que exhibirán en las mejores tiendas de ropa su poder de la seducción. ¡Y vaya que tienen encanto!

Francisco, José Antonio y Víctor Flores dejaron la mitad de su vida por ellos: Nueva York, la Quinta Avenida, un trabajo de años bien remunerado y hasta algunos amores; a cambio, volvieron a este pueblo en las faldas del volcán Iztaccíhuatl, sembrado de peras, tejocotes, nueces y maíz del que emigraron adolescentes, cada uno siguiendo al hermano mayor de un total de 11.

“No me arrepiento”, asegura Francisco en el portón de la nave de producción que tiene de frente.

“Aquí me siento más libre, sin temor a que me deporten, y estoy convencido que desde aquí vamos a ser ricos”.

No se trata de un sueño guajiro, sino de un objetivo medible que empezó hace dos años, al fragor de una parrillada a mitad del otoño neoyorquino. Entre el asado y la cerveza, Francisco lanzó la propuesta al familión. ¿Y si nos regresamos a Puebla?

El plan rondaba sus cabezas hacía tiempo. Exactamente desde que los tres retornados aprendieron -en la compañía de la Gran Manzana para la que laboraban- el proceso completo de la elaboración de maniquíes, desde la preparación del yeso hasta el diseño y el terminado en laca como lo hace en este momento Jose Antonio en el trasero de un cuerpo femenino.

Lo toma por los muslos. Rocía la pintura y pequeñas partículas vuelan alrededor, se esparcen y sueltan un intenso olor a solvente.

Unos cuelgan brazos, torsos y cabezas sobre lazos como si fueran ropas para secar al sol; otros, preparan el yeso con un batidor en tanto más allá un hombre maduro batalla con el molde para sacar de éste unas piernas alargadas que se extienden a lado de una muchacha que lija el cuello de un calvo inerte.

“Regresamos pero empezamos mal”, reflexiona Jose Ántonio en cuanto suelta por un momento el rociador.

La verdad es que no tenían un plan negocios, como muchos emprendedores empíricos- reconoce Ángeles Gómez, directora del programa 3×1 en el estado de Puebla- que asesoró a los Flores para que aprovecharan el club migrante que tienen los ocho hermanos que aún viven en Nueva York.

Emily Maniquíes revivió con este capital que los sacó de una mala racha en la que perdió cada miembro de la familia $5,000. Sólo se salvó el padre porque murió de diabetes en EE.UU. “Nuestro error fue querer empezar a vender nuestro producto en los tianguis, donde no lo valoraban la calidad”.

Emilia Palestino, la madre, recuerda el momento justo en que sus hijos libraron la banca rota. “Víctor se puso a buscar ayuda en Internet, hizo una lista y dijo voy a Puebla, a la ciudad”.

Gómez complementa la historia: “Cuando llegó a la Secretaría de Desarrollo Social era tarde y parecía muy cansado de andar en muchas dependencias de gobierno hasta que terminó en 3×1, donde encajaba muy bien por haber sido migrante”.

Víctor es hoy el director comercial de la empresa, se mudó al Distrito Federal mientras Francisco culmina las negociaciones para vender sus creaciones a los exjefes de Nueva York que surten maniquíes a Hogo Boss, Armani, Aldo Conti, Banana Republic.