¿Fin de la Doctrina Monroe?

Por un periodo de casi dos siglos, Estado Unidos se ha tomado la “libertad” –muchos dirán arrogancia— de autodenominarse protector del Continente Americano.

Sin embargo hoy, según los comentarios del Secretario de Estado John Kerry en la reunión de la Organización de Estados Americanos, América Latina ya no es el “patio trasero” (backyard) norteamericano, sino es una región que se debe tratar de igual a igual.

La intromisión de Estados Unidos en la política interna de los países latinoamericanos es histórica. Las bases se iniciaron en 1823, una vez que el gobierno norteamericano de James Monroe se pronunciara en contra de la retórica de reconquista de la Corona Española y el gobierno francés después de las Guerras Napoleónicas (1803-1815).

“…Si las naciones europeas colonizan o intervienen en América del Norte o del Sur serán considerados actos de agresión, requiriendo la intervención de Estados Unidos”, dice el texto.

Desde entonces, a dicha política se la conoce como la “Doctrina Monroe”, la cual no sólo fue un mecanismo para limitar las pretensiones recolonizadoras de los países europeos, sino también ha servido como una excusa para intervenir en la política interna de los países latinoamericanos.

En febrero 1954 el gobierno de Dwight Eisenhower prácticamente elaboró un plan de desestabilización y luego produjo un golpe de Estado contra del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, argumentando que su gobierno había sido infiltrado por grupos comunistas internacionales.

Lo mismo sucedió en Chile con el gobierno socialista de Salvador Allende, quien subió a la presidencia a través de vías democráticas en 1970.

Inicialmente el gobierno norteamericano trabajó codo a codo con el sector empresarial local para desarticular la economía chilena. El sabotaje económico contra la Administración Allende dio bueno resultados, pero no fueron del todo efectivos. Allende permaneció en el poder y su popularidad con las clases bajas permaneció casi intacta.

Entonces hubo un acercamiento de agentes de la CIA con el personal militar más recalcitrante de Chile. Se confabuló un golpe de Estado en contra de Allende con el propósito de atenuar (roll-back) el socialismo internacional propiciado desde la ex Unión Soviética. Augusto Pinochet ordenó la matanza de Allende, subió al poder y se convirtió en uno de los dictadores más despiadados de América Latina.

Existen otros casos similares, a través de los cuales Estados Unidos movió los hilos políticos de la región latinoamericana a su antojo. Hoy, sin embargo, las circunstancias y la situación son otras. La región latinoamericana ya no es el patio trasero norteamericano.

Por otra parte, Estados Unidos ya no es el mismo país hegemónico de antes. La crisis económica que produjo el gobierno de George W. Bush lo debilitó y todavía no se recupera.

En consecuencia, a la Administración Obama le conviene mejor tratar a los países latinoamericanos por derecho propio como iguales que por un mero discurso político propiciado desde la Casa Blanca.