Noche de paz en El Salvado

La tradicional fiesta navideña que cada diciembre celebra el mundo occidental encuentra este año cargado de motivos de preocupación, toda vez que hay guerras abiertas en buena parte del globo terráqueo, especialmente en Siria y el Líbano, y conflictos en países con problemas del narcotráfico como Colombia, México, Afganistán.

En El Salvador, la Navidad representa el más alto sentimiento de unidad familiar y de reconciliación social, sin embargo también hay razones poderosas para preocuparse, especialmente por la plaga de la criminalidad y de la falta de seguridad ciudadana que han pasado a convertirse prácticamente en el problema número uno de los salvadoreños, seguidas por el desempleo y la aguda crisis económica.

Sin embargo hay razones para el optimismo. El poeta Roberto Armijo, conversando una Navidad en París hace años, en la década de los ochenta del siglo pasado, mientras el país era sacudido por las réplicas violentas de una guerra fratricida, me decía que la riqueza más grande, el mayor tesoro que posee El Salvador, es su gente, trabajadora, tenaz, responsable.

Y lo comentaba después de un viaje por los Estados Unidos, donde en ese momento se comenzaba a aglutinar la mayor emigración de salvadoreños en el exterior. “Cuando se acabe la guerra y todos los salvadoreños que estemos fuera del país regresemos, vamos a hacer de ese país la octava maravilla del mundo”, me afirmaba con una convicción fuera de discusión.

Lejos estábamos de vislumbrar que luego de la Firma de los Acuerdos de Paz del 16 de enero de 1992, el país entraría en una nueva época no por pacífica menos violenta, debido a los problemas de posguerra que terminaron desembocando, junto a otros factores regionales, en el surgimiento del crimen organizado, el trapicheo de la droga rumbo a los Estados Unidos, el tráfico de personas y la corrupción alarmantemente generalizada de la clase política salvadoreña, de las elites del poder económico y social.

A punto de inaugurar un nuevo año, con ocasión de la Navidad y la simbólica llegada del Niño Dios al sencillo pesebre de un corral donde fue concebido por dos humildes personas pobres que solo tuvieron como acompañantes cabras y ovejas del establo, los salvadoreños debemos reflexionar sobre los grandes retos que nos plantea el año 2014, sobre todo a nivel de responsabilidad ciudadana en la cita del próximo dos de febrero, cuando el pueblo libre e in dependiente impondrá su voluntad mediante el voto democrático.

El poder elegir con el voto soberano a los representantes que lo gobernarán en el próximo quinquenio, es uno de los mejores regalos que el país ha recibido desde hace veintidós años, y es un motivo, para aquellos que conocimos tiempos peores, para no perder la esperanza de que todo saldrá bien, a fin de cuentas.

Pues un país que ha sobrevivido una historia tan convulsa y crítica en todos los sentidos, con catástrofes naturales, sociales y económicas, merece un futuro mejor, y la tenacidad demostrada por su gente a través de la superación de las duras pruebas a que ha sido sometido, demuestra que, como decía la canción, seguiremos adelante, contra viento y marea.

La Navidad debe de ser motivo de reflexión para los salvadoreños dentro y fuera de su territorio, una verdadera noche de paz y de concordia, que todos nos merecemos.