Suárez Cobián trabaja en NYC en nuevo libro de poesía

El escritor y actor trabaja en su más reciente obra "La muerte y sus ojos"
Suárez Cobián trabaja en NYC en nuevo libro de poesía
Suárez Cobián (en la foto) ha trabajado como asesor de dialecto en diferentes películas, entre ellas "Antes de que anochezca", dirigida por Julian Schnabel.
Foto: Juan Carlos Alom

Nueva York – El escritor, poeta y actor cubano Armando Suárez Cobián (57), se ha convertido en una destacada figura internacional, tanto en la literatura como en el cine. Reside en Nueva York desde el año 1992. Su poesía ha sido traducida al inglés, italiano, francés y el alemán. Ha trabajado como asesor de dialecto en diferentes películas, entre ellas “Antes de que anochezca”, dirigida por Julian Schnabel; “Semana Santa”, dirigida por Pépé Danquart, y “Che”, bajo la dirección de Steven Soderberg. Este año 2014, tiene proyectado publicar en España y México el libro de poesía “El cuaderno de Olatz”, la novela “El libro de los amores breves” y su último libro de poesía “La muerte y sus ojos”, en el que se encuentra trabajando ahora.

-Tú perteneces a un exilio cubano muy particular y del que poco se habla: el de los nacidos y criados en Cuba luego de la Revolución, que emigraron en masa de la isla luego de la caída de la URSS. ¿Podrías hablarme un poco de tu experiencia? ¿Qué significó para ti salir de Cuba?

-Es difícil de explicar en pocas palabras pero lo intentaré. Soy de la llamada generación del Hombre Nuevo de la que hablaba el Che Guevara. Crecimos con la idea de ser los portadores de nuevos valores espirituales y morales. En mi caso y en el de algunos otros amigos y contemporáneos fuimos sufriendo una evolución y/o decepción respecto a esos ideales que encarnábamos. La primera fue durante la crisis del año 1980, cuando se produjo el primer éxodo masivo del que fuimos testigos. Ciento veinticinco mil cubanos abandonaron el país. Siendo maestro presencié por primera vez cómo en las escuelas, en los centros de trabajo y en cada cuadra se movilizaron los sindicatos, las células del Partido Comunista y los Comités de Defensa de la Revolución, incitando a golpear y a insultar a todas aquellas personas que por una razón u otra decidieron abandonar el país. Me pareció inmoral en todo sentido. Ahí empezó la quiebra, aún creyendo en los valores esenciales de eso que llamamos Revolución. En el año 1985 me fue negado el premio de poesía David, para jóvenes noveles, porque según el jurado mi libro tenía problemas ideológicos, o sea, era un libro crítico. Se supone que un verdadero revolucionario ha de ser crítico. Pero era una práctica continua que sufrieron muchos de los escritores y artistas de mi generación. El diversionismo ideológico era y es una enfermedad típica de los llamados países “socialistas”, inspirados en el modelo soviético.

En el año 1989, hubo una cierta apertura con los jóvenes artistas en general, pintores, escritores, etc. Nos permitieron crear espacios alternativos donde se hacían exposiciones independientes, lecturas, etc. Todas de manera inevitable tenían un sentido crítico. Algo que no duró mucho, esta catarsis le sirvió al Estado para ver hacia dónde queríamos ir. La influencia de las publicaciones como Novedades de Moscú o Sputnik, que nadie se detenía a leer antes de la Perestroika iniciada por Mijail Gorbachov en la Unión Soviética, se hizo visible hasta el punto en que fueron prohibidas por ser consideradas libelos del capitalismo. Por cierto, mi amiga, Jacqueline Loss acaba de publicar un libro titulado Dreaming in Russian que profundiza sobre este tema.

Recuerdo comentarios de algunos agentes de la Seguridad del Estado que llegaron a decir que Gorbachov era agente de la CIA. Algo patético y risible, pero ilustrativo del diseño de control y poder que nos fue impuesto. Nosotros creíamos que podía evolucionar pero la Revolución se convirtió en una palabra de museo, en una especie de fósil.

En el período de 1989 a 1991, a uno de nuestros amigos escritores, el poeta Rolando Prats Páez, le fue negado otro premio por razones extraliterarias. Hartos ya, un grupo de amigos y colegas escritores, escribimos una carta al Comité Central del Partido y a otras instituciones, criticando la política cultural. En dicha carta renunciamos a las instituciones culturales a las que pertenecíamos: la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) y la Brigada de Jóvenes, Escritores y Artistas Hermanos Saiz. Ese acto por supuesto tuvo connotaciones políticas. Pasamos a ser sospechosos, nuestra actitud nos hacía cercanos al enemigo, entiéndase el fantasma del imperialismo siempre presente en nuestras vidas. El enemigo invisible. En el año 1991, recibí una invitación del ISSTE (Instituto de Seguridad de los Trabajadores del Estado en México) para ofrecer conferencias sobre la poesía cubana de la generación de los 80’s y talleres literarios en diferentes colegios y universidades.

Obviamente, nadie quería hacerme los trámites para el pasaporte. Para salir de Cuba entonces sólo era posible a través de alguna institución oficial. Al fin y gracias a mi amiga escritora Reina María Rodríguez, me hicieron los trámites a través del Instituto del Libro y salí de Cuba a Mérida, Yucatán, México, a las 12 del días del primero de octubre de 1991.

Por México, pasaron muchos de los artistas cubanos de esa generación, la mayoría de ellos dispersos hoy por todo el mundo. Salir de Cuba cambió mi vida, el mundo era un lugar abstracto, había vivido en muchas partes a través del cine y la literatura. Hasta que se me hizo palpable parte de él. Descubrí sabores, olores, desperté partes de mí mismo.

-Tú más reciente libro de poesía, publicado en 2013, tiene un título muy sugerente para un inmigrante: Nueva York no eres tú. ¿Es que llegar a Nueva York fue para ti como descubrir un mundo diferente?

-Lo llamé Nueva York no eres tú, porque para mí Nueva York es nadie en particular, Nueva York somos todos, Nueva York es todas las ciudades de este mundo. Hay un verso del poeta francés Paul Eluard, que para mí define este concepto: “Hay muchos mundo pero están dentro de éste…”

Nueva York era el mito, la ciudad de nadie, el lugar inalcanzable. La película de la cual yo empezaba a ser parte. Llegué a Nueva York el 24 de marzo de 1992, invitado por el departamento de arte del Rensselaer Polytechnic Institute, a ofrecer conferencias sobre la poesía cubana de los 80’s, y lecturas de mi poesía, algo que he hecho además en Columbia University, NYU y otras instituciones.

Tenía una visa cultural que no me permitía trabajar legalmente. Después de haber terminado mis conferencias, trabajé lavando carros, como camarero, bartender, pintando casas, infinidad de trabajos para poder sustentarme y ayudar a mi familia en Cuba. Después de un año y un día decidí solicitar mi residencia de acuerdo a la Ley de Ajuste Cubano. La decisión más difícil que he tomado en mi vida y la más sabia, de la que no me arrepiento. En el momento en que lo decidí fue muy duro porque eso podía condenarme a estar veinte años sin ver a mi familia. Eso me convertía en un disidente, en un traidor.

Pero logré regresar a Cuba en 1995 con un visa de doce días que me otorgó el Gobierno cubano por la que tuve que pagar $150 (la visa más cara que he pagado en mi vida). Algo que por suerte ha cambiado.

-Trabajaste como coach de lenguaje para el actor español Javier Bardem en la cinta “Antes que anochezca”. ¿Cuáles fueron tus logros en este sentido?

Como bien dices fui uno de los asesores de dialecto de Javier Bardem en “Antes de que anochezca”, pero sobre todo trabajé con Olivier Martínez. La película tuvo una recepción extraordinaria y Javier Bardem fue nominado por primera vez como mejor actor a los premios Oscar. Luego continué trabajando como asesor de dialecto con Olivier Martínez y Mira Sorvino en la película “Angel of Death” dirigida por Pepe Danquart y que se rodó en Sevilla, España.

-¿Cómo llegaste al mundo de cine y cuál ha sido el trabajo más interesante que has hecho para el séptimo arte?

-Empecé trabajando en el cine desde Cuba, donde trabajé en cortos y documentales, cuando se inauguró la Escuela Internacional del Cine Latinoamericano, en San Antonio de los Baños.

En Nueva York, he trabajado como actor protagónico en diferentes proyectos como el corto El método moderno (1997-1998) dirigido por Juan Carlos Alom, los medio metrajes Drift, (1998) dirigido por Paul Grand y Javier García Muela, y Themes for a Rosary (2011) dirigido por Donari Braxton.

Los proyectos más interesantes que he hecho en el cine han sido sobre todo dos: trabajar como asesor de dialecto en la película “Che” con los actores Benicio del Toro, Demián Bichir, Rodrigo Santoro, entre otros, con quienes también compartí escena como actor. Trabajar en esa película bajo la dirección de Steven Soderbergh cambió mi vida. Fue un viaje definitivo, regresé a un lugar de mí mismo que había olvidado, llegué a otros que desconocía. Fue un aprendizaje en el sentido más humano posible. Conocí a personas extraordinarias que rompieron o trascendieron las barreras del set. Hice excelentes amigos, unos del sistema de estrellas y otros anónimos, estrellas fuera del sistema. El otro fue el documental NOLIMITS, sobre el proyecto escultórico del excelente artista y amigo cubano Alexandre Arrechea, que ganó el concurso Park Avenue 2013 y que dirigí junto con Juan Carlos Alom e Ismael de Diego.