Una luz para víctimas del SIDA en Brooklyn

Algunas organizaciones de ayuda cumplen sus metas y tienen tiempo de hacer más
Una luz para víctimas del SIDA en Brooklyn
Las puertas están abiertas para el que necesite ayuda, orientación o una voz amable en español.
Foto: Joaquín Botero

El letrero grande de La Nueva Esperanza aparece al frente de los dos locales contiguos que ocupa la organización comunitaria. Un tercer local no tiene nombre y allí funciona una cocina, una de las principales misiones del centro. Hay que acercarse a la puerta para darse una idea de la naturaleza del lugar: un centro de ayuda a los portadores del virus del VIH y a los enfermos del SIDA. “Queremos ser discretos por respeto con nuestros visitantes” dice la directora Annette Roque. Pero hay más: también se ayuda a drogadictos, a los que necesitan traducciones, a personas que no saben a cuál oficina de la ciudad acudir y sólo esperan un poco de orientación. El nombre da confianza. Sus puertas están abiertas y siempre hay respuesta a cualquier pregunta.

La organización fundada 2007 ha vivido todo el desarrollo inmobiliario y la llegada de nuevos emigrantes a Williamsburg. Está rodeada de muchos edificios pertenecientes a la Autoridad de Vivienda, pero también de muchos otros que pueden ser habitados por emigrantes hispanos o por jóvenes artistas o nuevos oficinistas. Edificios costosos se siguen construyendo en el lugar cercano a Graham o Avenida de Puerto Rico. Su “clientela” como la llama la directora no ha variado mucho. Hay un tercio de caribeños; un tercio de mexicanos, centroamericanos y suramericanos, muchos de ellos sin documentos legales, y el resto son afroamericanos y anglosajones. Hay también esperanza en inglés.

La organización sostenida con dineros de la ciudad y del estado tiene varios frentes de ayuda: dan desayuno y almuerzo a 137 personas. Con la condición de que se hagan chequear la salud con regularidad. A 39 que se encuentran impedidas para dejar sus hogares, les llevan la comida no sólo a Williamsburg, Bushwick y Greenpoint, también a lugares como Clinton Hill, East New York y los Rockaways. Hay nutricionistas y coordinadores de actividades. Más de doce empleados de tiempo completo “La gente camina millas para ir por drogas, pero a veces es reacia para buscar ayuda. Yo entiendo la dificultad de un adicto para buscar ayuda”, dice Roque, quien reconoce que fue adicta a las drogas en la década de los Ochenta pero enderezó su vida gracias a la organización El Regreso y a su director Carlos Pagán. Tal centro de ayuda a los drogadictos fue fundado en 1986.

La Nueva Esperanza también va a los lugares o a las esquinas donde hay gente o actividades relacionadas con drogas. Por ejemplo, la esquina de Knickerbocker y Troutman cerca al parque María Hernández. Llevan sándwiches, cafés y una bolsa con productos de aseo. Las patrullas de la policía pasan despacio y saludan porque conocen su labor. Iván Ramos, el chofer puertorriqueño de Ponce dice que en esa zona hay mucha gente desamparada que necesita ayuda. “Algunos nuevos nos miran con recelo, pero luego se convencen de que estamos para mejorar sus vidas”.

Sergio Robayo llegó hace diez años de Bogotá donde no recibía el auxilio que esperaba del estado colombiano. Desarrolló el virus del VIH y su situación es muy vulnerable por lo que debe tener muchos cuidados. Agradece y ama a este país por todas las asistencias que recibe. Primero fue refugiado y ya se hizo ciudadano. Sólo tiene palabras elogiosas sobre la organización. “No vengo todos los días porque vivo en Queens y me queda lejos. Pero disfruto mucho la comida. Es un menú muy hispano, pero variado: hay frutas, ensaladas, postres. Mi colesterol ha bajado”.