“El Señor Libertad”, con la sonrisa del ahorro Queens

No hubo días de descanso en este invierno para este dominicano que reparte volantes
“El Señor Libertad”, con la sonrisa del ahorro Queens
Pedro no revela sus apellidos.
Foto: EDLP / Joaquín Botero

Dice llamarse Pedro Infante Sacrificio. Su sonrisa sugiere que al menos los apellidos son inventados. Casi una mezcla de música y crítica social. “Tú sabes, no se sabe qué hace la gente con los nombres ajenos”, dice en un momento de nuestra conversación en la esquina de la Queens Boulevard y la calle 46, junto a la estación del tren 7, en el barrio Sunnyside.

En medio del bullicio de la transitada avenida, la gente apenas presta atención al atuendo de Pedro, disfrazado como la Estatua de la Libertad, mientras reparte volantes de una agencia para que hagan su declaración de impuestos, o sus ‘taxes’ como dicen algunos. Camina una cuadra desde la parada del 7 hasta Greenpoint Avenue a la caza de nuevos clientes potenciales, y sigue alternando entre los dos puntos. Reparte los cartones con una sonrisa pero no dice nada. Con el volante se obtiene un 20% de descuento.

Durante la semana Pedro, dominicano del Cotuí, provincia del Cibao, es ayudante de un camión repartidor de comida en Manhattan. Y desde enero tomó esta nueva faena los fines de semana, sólo por la temporada de impuestos. Le parece duro porque debe permanecer muchas horas de pie. Siente menos cansancio sentado en el camión y luego cargando y descargando mercancías. Hoy no necesita mucho abrigo: viste una camiseta, un suéter con capucha y la prenda que imita el vestido de la Estatua de la Libertad que parece de material de cortina de sala anticuada y fría. No necesita nada más ni siquiera cuando la temperatura baja mucho.

Pedro vive en el mismo barrio. Va almorzar en medio del turno. Con frecuencia sus vecinos de Sunnyside se detienen a saludarlo y a él le gusta quedarse hablando trivialidades. “El tiempo se va más rápido”, dice. ¿No le da pena por el vestido que lleva? “Para nada, es un trabajo como tantos”. Cuenta que en los quince años que lleva en el país ha trabajado en muchas cocinas y hasta las compañías de limpieza. En una duró siete años y cuando se acabó la compañía, solicitó beneficios del desempleo por algunos meses, pero se ayudaba vendiendo helados en un carrito por el Parque de Flushing.

Pedro, cincuentón, vive con su esposa y sus tres hijos. Los dos varones, veinteañeros, trabajan duro. Sólo la hija menor le ha gustado estudiar y está en camino de graduarse como asistente médica. La familia ahorra y todos los veranos van a pasear a la República Dominicana. Hacen lo posible para viajar juntos, pero la duración de las vacaciones varía según los trabajos de cada uno.

¿Y usted ya llenó los impuestos?, pregunto. “Sí, ya nos devolvieron y lo metimos al banco”, responde.

Un joven borracho a las cuatro de la tarde se entromete en la conversación. “¡Qué es tanta preguntadera!”, exclama con acento caleño que reconozco de inmediato “Un vecino”, explica Pedro. “Tienes un vaho fuerte” le digo, yo que conozco dos o tres expresiones dominicanas. Pedro ríe. “¿Qué idioma es ese?” replica el joven. “Tufo, juma, borrachera”, respondo. Se va y dice: “Usted no me conoce parcero”. Pedro cuenta que hace dos horas lo vio pasar y estaba sobrio. “Está en su día libre. Yo tengo que seguir trabajando”.