Colombianos recuerdan sus cafetales

El Eje Cafetero es parte importante de la economía
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Colombianos recuerdan sus cafetales
Finca cafetalera en el departamento de Caldas, en Colombia.

Nueva York

Catalina Londoño (31) recuerda con nostalgia El Paraíso, la finca cafetera de su bisabuelo en Colombia, que solía visitar con sus primos en sus vacaciones escolares. Allí ayudaba a los mayores en la recolección de café, una experiencia que quedó para siempre en su memoria.

“Nos amarraban un canasta en la cintura y seguíamos a los campesinos”, explica la oriunda de Montenegro, en el departamento del Quindío. “Nos explicaban que arrancáramos de las matas solo los frutos rojos. Ayudábamos hasta cansarnos o queríamos hacer otras cosas”.

Londoño, quien emigró con su padre a Nueva Jersey cuando tenía 12 años, recuerda las fases posteriores del proceso. Los frutos se metían en la máquina despulpadora, que se manejaba a mano, y quedaba el grano que luego se secaba por varios días antes de empacarse en bultos.

Hoy, Catalina todavía regresa a esa misma finca con sus hijas de 15 y 7 años. Ahora sus tíos la administran y la historia se repite: la hija mayor ya ha recogido café, aunque la tecnología llegó y la despulpadora actual cuenta con un motor.

El Eje Cafetero de Colombia comprende los pequeños departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío y sectores de los departamentos del Valle del Cauca, Antioquia y Tolima. El paisaje cultural cafetero de Colombia fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011.

Las exportaciones de café de Colombia ascienden a $2.3 millones en promedio anualmente, lo que representa alrededor del 3% de las exportaciones totales del país. Es el primer producto agrícola de exportación del país y el quinto después de petróleo y los minerales.

Además de su riqueza económica, el eje es famoso por la belleza de su paisaje.

Luis Javier Mejía (67) bromea con sus amigos con que la zona es tan hermosa como la Toscana en Italia, pero sin la arquitectura. “Decimos que el Eje Cafetero es la Toscana del resto del mundo”, dice.

Mejía, nacido en Armenia, capital del Quindío, se graduó de abogado en Bogotá y luego pasó por varias universidades en Estados Unidos hasta obtener su post doctorado en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey. Trabajó como investigador toda su vida y ahora está jubilado.

“Mi abuelo era dueño de una finca y recuerdo lo hermoso que era el verdor de los cafetales y cuando había unos punticos blancos por tres días antes de que florecieran las matas”, explica. “Cuando voy de vacaciones me molesta ver las fincas con arquitectura moderna que contrastan con las antiguas fincas cafeteras. Chillan en medio del paisaje”.

Mejía, quien vive en Nueva York, a veces fantasea con vivir por periodos en el Quindío. “Pero no en el pueblo, que es tan ruidoso, sino en el campo que sigue siendo tan hermoso y tranquilo”.

Según cifras de la Federación Nacional de Cafeteros, durante los cuatro primeros meses del año cafetero (octubre 2013 – enero 2014) la producción del grano fue de 4.3 millones de sacos, un 34 % más que los 3.2 millones de sacos recolectados en el mismo periodo el año anterior.

El aumento de la producción de café estuvo en parte impulsado por el programa de renovación de cafetales, debido a que las hectáreas renovadas tienen árboles más resistentes a las enfermedades y al cambio climático.

Gloria Berrío (70), nacida en Sevilla, Valle, y quien emigró a Nueva York a mediados de la década de los setenta, recuerda el peso de la industria cafetera en las vidas del pueblo. Su abuelo era negociante de ganado, y en la infancia y juventud lo acompañaba a hacer negocios en las fincas en las que además se cultivaban plátanos. En granjas ubicadas en zonas en menos altitud y más llanas, se engordaba ganado.

“Los empleados nos llevaban a los cafetales y nos mostraban los procesos”, recuerda. “También tomábamos café tostado y colado allí mismo”