La crisis humana en la frontera

La crisis en la frontera, donde están detenidos miles de niños y niñas centroamericanos, se discute como si fuera un debate sobre la política migratoria de los Estados Unidos. Suena razonable debatirlo así. Pero es un error, por dos razones.

Primero, marcar la polémica de esa manera coloca en desventaja a los que apoyan a una reforma. El argumento a favor de la reforma depende de dos afirmaciones –que es necesario ampliar la vía hacia la ciudadanía, y que no podemos esperar hasta que la frontera esté “sellada”, porque ese día nunca llegará.

Los que se oponen están en desacuerdo con ambas afirmaciones. Insisten que una vía más amplia es simplemente una forma de amnistía, y que la posibilidad de la amnistía es lo que atrae más indocumentados. Una liberalización de las leyes por lo menos requiere como condición anterior una frontera impenetrable.

La crisis fronteriza es un regalo para la oposición. Les permite señalar que la frontera no está sellada. Y muestra que lo que atrae a esto inmigrantes es la posibilidad de que se puedan quedar, aunque sea sin documentos. Ambas son observaciones correctas, y por lo tanto fortalecen el argumento en contra de la reforma. Insistir que son incorrectas es entrar en un callejón sin salida, precisamente donde los que se oponen a la reforma nos quieren atrapar.

Pero hay una segunda razón por la cual es un error discutir la crisis con el marco de la reforma migratoria. Y es que sería ignorar el punto central: esta es una crisis humana de proporciones enormes. Los miles de jóvenes que han cruzado la frontera están escapando una guerra.

Están huyendo de condiciones tan violentas que los padres están dispuestos a separarse de sus hijos y mandarlos hacia el norte con la esperanza de que sobrevivirán esa jornada tan peligrosa.

Cuando Turquía acepta miles de refugiados escapando la guerra civil en Siria, lo vemos como un acto humanitario. Cuando la comunidad cubana en Florida dio refugio a los miles de cubanos escapando por el puerto de Mariel, lo justificaron como un acto moral. Cuando la comunidad internacional le dio asilo a los miles de vietnamitas huyendo la guerra, fue porque sentimos una obligación humanitaria hacia las víctimas inocentes de una guerra brutal. El refugio para los millones de europeos escapando los nazis ni se tuvo que justificar.

Nuestra reacción a los niños detenidos en la frontera debería surgir de ese mismo sentimiento humanitario. Son refugiados de una guerra. Tenemos una obligación moral –la misma obligación que sentimos hacia los sirios, los marielitos, los vietnamitas, y los europeos escapando el terror de la Segunda Guerra mundial– de hacer algo