Los sicilianos que no pueden escapar de la mafia

Para muchos en la isla italiana de Sicilia, la corrupción ha sido parte de la vida cotidiana. Si bien la mafia no cuenta con la amplia presencia de antes, sigue teniendo una fuerte influencia en los sicilianos.
Los sicilianos que no pueden escapar de la mafia
Giovanni Spadoro

Para muchos, la vida en Sicilia se desarrolla en el contexto de la corrupción. La Mafia, aunque no tan omnipresente como en otros tiempos, aún ejerce considerable influencia en la isla.

Giovanni Spadoro pasa sus días reparando cacerolas y duchas viejas, fundiendo metal dentro de una cueva pequeña de paredes chamuscadas, que le ha servido de taller desde 1947, en las afueras de la ciudad de Scicli, en Sicilia.

Con 85 años a cuestas, seguramente debe estar considerando retirarse -sugiero- mientras me siento con él una tarde de día de semana, durante la cual nadie viene a comprar una olla.

Spadoro niega con la cabeza.

“Seguiré mientras sea capaz”, afirma, levantándose y caminando por la cueva para demostrar que puede moverse. “Por seis días a la semana, me he ganado el pan”.

Las colinas a nuestro alrededor están salpicadas de cientos de cuevas como ésta. Hasta bien entrada la década de 1970, estaban ocupadas por unas 2.000 personas que vivieron y criaron a sus familias sin ninguna comodidad moderna. Los residentes fueron después reubicados a viviendas sociales en otras partes de la ciudad.

Más recientemente, los milaneses con estilo han estado comprando y renovando las cuevas como residencias novedosas. Se puede obtener una por unos US$9.500. ¡Cómo cambian los tiempos!

Cuando el director de cine Pier Paolo Pasolini visitó la isla en 1956, comparó las cuevas y su comunidad con una escena del infierno de Dante. Con todo, el abuelo de mi amiga Teresa nació en una cueva y llegó a convertirse en el alcalde de Scicli en la década de 1950.

En la ciudad, cuando pregunto tranquilamente cómo se siente la Mafia local -que siempre está observando cualquier clase de construcción- acerca de este pequeño auge inmobiliario, me encuentro con expresiones agrias. “Están aquí”, responde alguien, “pero no conocemos a esa gente”.

De hecho, hay menos actividad de la Mafia en este rincón sureño de Sicilia de lo que uno pudiera imaginar. Se ven menos proyectos residenciales abandonados vinculados a la Mafia, rascacielos inexplicablemente construidos en medio de naranjales supuestamente protegidos, obras viales interminables y puentes a medio terminar que afean el paisaje más al norte.

Sin embargo, recientemente aparecieron toneladas de peces muertos a lo largo de la costa. Según la gente local, ésto olía a la Mafia: dinero ruinosamente desviado de un presupuesto a otro lugar, trabajos mal hechos o sin hacer.

Siempre fue así en la supercorrupta Italia, por supuesto, pero mis amigos en Sicilia hablan de un empeoramiento de la perenne apatía del país, de indiferencia nerviosa y de connivencia social inicua.

Los hechos hablan por sí mismos, con 16 de las 20 regiones italianas -de norte a sur- actualmente bajo investigación por malversación de fondos públicos por valor de US$76 millones.

Más de la mitad de la población es empleada actualmente por el gobierno, a veces en tareas completamente insustanciales y profundamente engañosas.

Las formas de engañar al sistema parecen ser positivamente estimuladas y el costo de la evasión tributaria se calcula en hasta US$348.750 millones anuales. No hay que olvidar que el ex primer ministro Silvio Berlusconi, durante una campaña electoral, expresó que la gente tiene la “justificación moral” de retener sus impuestos.

“Es la lógica de la mafia, la mentalidad de la mafia”, comenta furioso mi amigo siciliano Luca. “La gente ya no hace lo correcto, sólo lo que llena sus bolsillos”.

“No hay meritocracia, ni calidad en los asuntos públicos, ni estructura, ni certeza de castigo ni creencia en tus derechos como ciudadano si protestas. Ahora es enteramente la cultura del oportunista”. Y agrega: “La mafia ha ganado”.

Pasamos al lado de olivares llenos de aceitunas verdes y de un camión lleno de melones y cebollas blancas. A nuestra derecha e izquierda se extienden viñedos escalonados y arboledas de avellanas a lo largo de las tranquilas carreteras que conducen a Catania. Es fácil olvidar que se trata de un país que deja a muchos con un sabor amargo.

Luca piensa postularse al puesto de alcalde de su pueblo, cerca a Messina, con un programa anticorrupción y antimafia, algo que muchos le dicen que no es realmente una buena idea. En el norte de Sicilia, especialmente, la Mafia se mantiene fuerte.

En el deteriorado suburbio de Kalsa, en Palermo, observo a un hombre, tan audaz como desfachatado, sentarse en una silla en la vereda y recibir su “pizzo”, dinero de protección que le entregan los vendedores ambulantes y dueños de restaurantes locales.

En segundo plano, se puede oír al coro practicar para la misa del domingo, a través de las puertas de la iglesia cercana. Nadie protesta, nadie muestra rencor, ni cuestiona el statu quo.

Uno casi puede imaginar a este hombre decir, como Giovanni Spadoro en su cueva en el sur, “por seis días a la semana, me he ganado el pan”. Así es el embrollo perpetuo de lo que constituye el trabajo, el respeto y el respeto de sí mismo en Sicilia, mientras las golondrinas migrantes se precipitan por las estrechas calles otoñales, como pequeños remolinos calientes, en dirección a África.

(*) Antonia Quirke es una autora y crítica de cine británica. Escribe para el diario Financial Times y participa en programas de radio y televisión de la BBC.