El innovador proyecto con que Argentina quiere salvar al tango

La popularidad del tango en Argentina se encuentra amenazada por la escasez del bandoneón, instrumento indispensable para la difusión de este baile en el país.

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El innovador proyecto con que Argentina quiere salvar al tango

Puede que Argentina le haya dado el tango al mundo, pero la interpretación de esta música como tal parece estar frente a un futuro incierto en su tierra natal.

La amenaza no viene por una pérdida de interés entre los argentinos. Al contrario, el tango se encuentra viviendo el pico más alto de popularidad desde la llamada época dorada, en los años 40 y 50.

El problema más bien reside en la escasez del instrumento tradicional que debe acompañar toda presentación de tango que se respete: el bandoneón.

A pesar de ser una parte esencial en el mundo del tango, el bandoneón nunca se fabricó en Argentina.

El instrumento llegó al país desde Alemania en el siglo XIX, de la mano de inmigrantes europeos.

La producción se vio paralizada en Alemania luego de la Segunda Guerra Mundial, debido a la baja demanda registrada en ese momento, por lo que el bandoneón pasó a ser un instrumento de colección.

Por esta razón, muy pocos ejemplares salen a la venta, y aquellos que lo hacen cuestan más de US$4.700, un precio impagable para la mayoría de los argentinos.

Desde los años 90 Alemania retomó la producción, pero el precio de estos nuevos ejemplares supera los US$6.000.

En la actualidad hay un proyecto para producir bandoneones en el que trabajan profesores y alumnos del Departamento de Diseño Industrial de la Universidad Nacional de Lanus, en Buenos Aires.

El objetivo es que esta iniciativa se convierta en un pequeño negocio vendiendo el instrumento entre un tercio y la mitad del precio que tiene un ejemplar en el mercado.

El equipo, de 14 personas, viene trabajando desde el 2012 y tiene previsto hacer una prueba de producción antes que termine este año.

Sin embargo, ha sido un proceso complejo. Un bandoneón típico contiene más de 2.300 partes.

El instrumento de referencia que han utilizado para desarrollar el diseño propio ha sido uno de los más celebrados ejemplares, desarrollado por el artesano Alfred Arnold, considerado el Stradivarius de los bandoneones.

La idea ha sido generar una propuesta más simple que facilite la producción a nivel industrial.

“Nuestra idea siempre ha sido respetar el sonido original del instrumentos tanto como sea posible”, dice Andrés Ruscitti, integrante del equipo que trabaja en el proyecto.

“Para alcanzar esa meta necesitaríamos materia prima y tecnología de principios del siglo XX, y tocar el instrumento durante 50 años para poder reproducir ese sonido de época”.

Obviamente esto era imposible y demandaría mucho tiempo.

Por ello desarrollaron un nuevo bandoneón que mantiene partes hechas con materiales tradicionales (madera y cartón), pero al cual se le han agregado componentes de plástico.

A esta versión la llaman “pichuco”, en honor al sobrenombre de Aníbal Troilo, el más famoso interprete del bandoneón en Argentina.

Para asegurarse que el “pichuco” suene tan bien como sea posible, invitaron a varios músicos para probar el prototipo.

Dependiendo de los resultados de las próximas pruebas, la producción arrancará el próximo año.

No obstante, los líderes del proyecto aún no saben cuánto les tomara fabricar cada instrumento o cuantos pueden producir.

Ruscitti explica que una vez que el proyecto se convierta en empresa, se encargarán del ensamblaje y afinamiento de cada instrumento, pero los materiales provendrán de firmas argentinas.

En todo caso, él y sus colegas se encuentran convencidos que será todo un éxito en su país, y que luego comenzarán a exportar.

La continua popularidad del tango en Argentina ha animado al equipo a pensar en que el proyecto tiene potencial comercial, pero también está ayudando a pequeñas y medianas compañías.

Este es el caso de César Crocitta, descendiente de una tercera generación de fabricantes de zapatos, que ha encontrado en el baile del tango su salvación.

A mediados de los 90, Crocitta logró desarrollar lo que era un negocio familiar, Zapatos Darcos, en un pujante consorcio que poseía ocho fábricas de zapatos en Argentina, y oficinas en Buenos Aires y Nueva York.

Pero en 1998 el país sufrió una crisis financiera y económica, y al mismo tiempo, la importación de zapatos desde China se disparó.

“Tuve que declararme en quiebra. Juré que más nunca fabricaría algo otra vez”, cuenta Crocitta, de 67 años.

Sin embargo, poco después pasó por donde realizaban una milonga (donde la gente se reúne a bailar tango), y se sintió nuevamente inspirado para fabricar zapatos.

Solo que esta vez se concentraría en zapatos de tango para hombre y mujeres.

Luego, una compañía de Holanda quedó impresionada por la calidad de los zapatos, y comenzó a hacerle pedidos, y Zapatos Darcos volvió a la vida.

En este momento la empresa hace a mano 200 pares de zapatos por día, y los vende en más de 40 países.

El precio oscila entre US$95 y US$190 el par.

“Vendo directamente a los clientes, no a tiendas. Y mis clientes están regados alrededor del mundo”, comenta Crocitta. “Las fronteras solo existen en la mente de las personas”.

Y aunque Crocitta tiene grandes competidores fabricantes en Europa y Asia, él afirma que los suyos son más populares, tanto por su calidad, como por ser fabricados en Argentina.

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El bandoneón fue inventado por un fabricante de instrumentos llamado Heinrich Band en la década de 1.850

El nombre proviene de la unión del apellido del fabricante y la palabra acordeón en alemán.

Notas y acordes son interpretadas presionando 71 botones, 38 con la mano derecha y 33 con la izquierda.

Es considerado uno de los instrumentos más difíciles de dominar.