Cómo era el lujo de viajar en un zeppelin, “el hotel del cielo”

Los globos dirigibles como el Hindenburg fueron la forma más lujosa de volar de la historia. Además de restaurante y bar, el malogrado Hindenburg tenía hasta sala de fumadores. Pero ¿cómo cambió el zepelín con el tiempo?
Cómo era el lujo de viajar en un zeppelin, “el hotel del cielo”
Zeppelin publicitario

Un zepelín moderno de la compañía estadounidense Aeros ha despertado el entusiasmo de muchos nostálgicos de este medio de transporte.

Su prototipo Aeroscraft, el primero de una nueva generación de dirigibles totalmente rígidos, ha estado realizando vuelos de prueba recientemente sobre California, Estados Unidos.

¿Volverá aquella forma de transporte condenada a desaparecer tras el desastre del LZ 129 Hindenburg, el más imponente de los zepelines anteriores a la Segunda Guerra Mundial?

El colosal aparato alemán se incendió el 6 de mayo de 1937, al intentar aterrizar en Lakehurst, Nueva Jersey, después de haber cruzado el Atlántico con éxito.

De las 97 personas que iban a bordo, 35 murieron.

El repentino y dramático final del Hindenburg fue, quizá, el equivalente aéreo del hundimiento del Titanic.

Sorprendentemente, los pasajeros siguieron reservando pasajes para vuelos trasatlánticos a bordo del hermano mayor del Hindenburg, el Graf Zeppelin, bautizado así por su inventor.

Sin embargo, el gobierno alemán desechó el Graf Zeppelin y mandó desguazar el ambicioso Hindenburg II en 1940.

La tragedia de Lakehust tuvo que ver con la negativa del gobierno estadounidense de suministrar a países extranjeros, entre ellos Alemania, helio no inflamable.

En lugar de este gas el Hindenburg utilizaba hidrógeno, altamente incendiable, lo que condenó a muerte a varios de sus desafortunados pasajeros y a la tripulación en 1937.

Las imágenes fueron emitidas en noticieros de todo el mundo y verlas hoy es tan aterrador como lo fue entonces.

El helio era y es todavía el gas ideal para los dirigibles, tanto para los rígidos con esqueleto interno como el Graf Zeppelin, como para los desinflables que se usaban para la defensa antiaérea durante la Segunda Guerra Mundial o los que se utilizan hoy para publicidad.

Pero los alemanes no tuvieron más remedio que rellenar con hidrógeno las células de algodón recubiertas de gelatina de los dirigibles.

Si el Hindenburg hubiera volado con helio, quizá hoy viajaríamos alrededor del mundo en serenos y elegantes aparatos parecidos a aquellos zepelines.

A pesar del malogrado Hindenburg, no es difícil entender la atracción que generan los legendarios globos dirigibles.

Estas máquinas alargadas, plateadas y brillantes eran una obra maestra del diseño.

Parecían cruzar el aire sin esfuerzo.

Podían dar la vuelta al mundo, como hizo el Graf Zeppelin aquel verano de 1929, en 21 días.

Además ofrecia al pasajero un espacio que dejaba pequeño al más moderno de los aviones.

En su lanzamiento en 1930, los creadores del aparato se jactaron de sus lujosas salas comunes, la comodidad de los camarotes privados y de los paseos interiores de su aerodinámico casco.

El Hindenburg tenía, además de 25 cabinas con doble litera, un restaurante, un salón, un bar de cocteles, y, quizá lo más sorprendente, una sala de fumadores.

Esta última estaba sellada y presurizada por razones de seguridad.

Los muebles y los accesorios eran los más ligeros posibles: sillas de comedor de aluminio tubular, lavabos de plástico blanco, paredes de espuma cubiertas de tela.

La estética general era una versión divertida del diseño de la escuela Bauhaus, según la cual “la forma sigue a la función”.

Fue concebida por el extravagante arquitecto Fritz August Breuhaus de Groot, conocido por haber diseñado el interior de varios trasatlánticos y las casas de las estrellas de cine alemanas.

Las paredes estaban cubiertas de seda pintada, en la que se reproducían los grandes viajes de la historia, las aventuras del Graf Zeppelin o el caprichoso alojamiento de unas vacaciones exóticas.

No por nada se denominaba al Hindenburg “el hotel del cielo”.

Desde el punto de vista técnico, el Hindenburg también tenía un diseño avanzado.

Su estructura de anillos y puntales de duraluminio ligero estaba recubierta de pintura protectora de un color azul brillante.

Su superficie de algodón estaba impregnada de polvo de aluminio, para repeler los rayos ultravioleta.

Era lo que hacía brillar al aparato.

Además, estaba equipado con una versión temprana del piloto automático.

Y podía transportar carga pesada, desde correo y equipaje, hasta los vehículos de los pasajeros.

Sus cuatro motores diésel de 16 cilindros eran una adaptación de los torpederos de última generación.

Y cuatro empleados eran los encargados de cuidarlos, uno por motor.

El trabajo de estos incluía caminar fuera del casco, sobre pequeñas pasarelas de alumnio a la intemperie, con un ruido ensordecedor, lejos de la vista de aquellos que bebían cocteles en el bien surtido bar.

El Hindenburg, como todos los globos dirigibles, excepto el primero de todos, fue diseñado por Ludwing Durr.

Éste se unió al conde Ferdinand Zeppelin en el año 1900, para asistirle en el desarrollo y la construcción del LZ-1, el Luftschiff Zeppelin 1.

El aparato hizo su vuelo inaugural en Friedrichshafen, a orillas del lago Constanza, en el sur de Alemania, en julio de aquel año.

A pesar de los accidentes iniciales, los revolucionarios zepelines pronto se convirtieron en máquinas atractivas y fiables.

En 1909, Zeppelin incluso fundó la primera aerolínea del mundo.

Más tarde, durante la Primera Guerra Mundial, el zepelín fue puesto al servicio de la Armada Imperial Alemana y la Marina.

Pronto se convertiría en el aparato más temido, ya que hacía llover bombas en ciudades desde San Petesburgo hasta Londres.

El desarrollo de las balas explosivas, sin embargo, llevó a la destrucción de la mayoría de los aparatos a los que Winston Churchill llamó “enormes vejigas de combustible y gas explosivo”.

De los 84 zepelines construidos durante la guerra, 60 se perdieron en accidentes o por ataques enemigos.

En el periodo entre guerras, Gran Bretaña trató de desarrollar sus propios “zepelines”.

Con el patrocinio del Ministerio de Aviación, se construyeron dos enormes dirigibles rígidos: el R100 y el R101.

El segundo se estrelló en Francia en octubre de 1930, en su vuelo inaugural.

En el accidente murieron 48 de las 50 personas que iban a bordo, incluidos el equipo que lo había diseñado y Lord Thompson, el ministro del Aire responsable del proyecto.

Y el R100 se rompió poco después.

Así que Alemania volvió a reinar en el cielo, aunque ahora con el apoyo del gobierno nazi y con cruces gamadas en las colas de sus zepelines.

Pero después el Hindenburg ardió y con el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la compañía Zeppelin cerró sus puertas.

Y aún así la leyenda y el embrujo del zepelín siguen vivos.

Cuando en 1968 el guitarrista Jimmy Page anunció la formación de una nueva banda, Keith Moon, el batería de The Who, dijo que se hundiría como un “zepelín de plomo” (lead zeppelin, en inglés).

Sin la letra “a”, para que nadie pronunciara mal el nombre, Led Zeppelin irrumpió en la escena del rock con un exitoso primer álbum.

Su portada mostraba al Hindenburg en llamas.

Led Zeppelin voló alto en el firmamento.

Sin embargo, a pesar de unas cuantas promesas que no se cumplieron, incluidas las del Aeroscraft y la de la reformada compañía Zeppelin, el dirigible rígido no ha vuelto a aparecer en escena.

Y aunque parezca mentira, muchos esperamos que sí lo haga.

Lee aquí el artículo original en inglés

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