El año que vimos la brecha de la desigualdad

La diferencia entre los que más y los que menos tienen se ha ido ampliando

José Carrillo fue arrestado durante tres horas hace unas semanas cuando participó en una manifestación reivindicando un salario de $15 la hora. No quiso levantarse del suelo donde estaba sentado en la calle y fue llevado a comisaría por desobediencia civil.

Nacido en Perú y nacionalizado estadounidense, Carrillo lleva desde 1995 en EE UU y desde hace más de 10 años trabaja limpiando en un McDonald’s de Manhattan.

Tiene 81 años.

A esa edad no tiene ahorros. Sigue trabajando las horas que le dicen y ganando $8.10 por cada una de ellas, entre 23 y 24 a la semana. Excepto cuando hay poca gente en el local y reducen personal sobre la marcha. En ese caso, vuelve a su estudio sin haber trabajado las horas que le permiten cobrar los aproximadamente $150 dólares por semana (descontados los impuestos) que se suele embolsar.

“La última subida de salario, de 10 centavos, me la dieron hace tres años”, explica. Carrillo gana hoy 10 centavos por encima del salario mínimo y el uno de enero ganará $8.75 porque a esa cantidad subirá el mínimo en el estado de Nueva York el 1 de enero.

Carrillo vive en un estudio subsidiado, de sección ocho, en un edificio cuya solemnidad de hotel en decadencia no puede ni esconder ni maquillar las duras vidas de sus residentes. Paga por él $354 mensuales.

Las cuentas las cuadra con una pensión por discapacidad y los cupones de comida. “Vivo con poco pero no tengo enfermedades y eso me hace feliz”, explica.

Sus enfermedades estarían cubiertas con Medicaid. Es decir, este trabajador tiene que recibir subsidios para poder subsistir.

Este hombre, religioso y padre de dos hijos (uno en Perú y otro en EE.UU), refleja con su situación dónde está una parte de la población de un país que este año 2014 ha sido consciente más que nunca de cómo la brecha entre los que más y los que menos tienen se ha ido ampliado desde los años ochenta para multiplicarse tras la Gran Recesión (2007-2009).

El mismo día que este diario conocía a Carillo, la Bolsa de Nueva York encadenaba una segunda sesión histórica de ganancias. Una más.

La situación de Carillo es uno de los extremos insoportables de la desigualdad instalada en la sociedad.

La otra situación tan insoportable como insostenible es la de la clase media, la columna vertebral de una economía sana.

Según las evidencias analizadas por el Center For American Progress, un centro de estudios de tendencia progresista, los ingresos de la clase media están estanccados en los niveles mas bajos de los últimos 25 años y el porcentaje de las ganancias del país que iban a estas familias también está en el punto más bajo mientras los costes esenciales para esta clase social (cuidado de hijos, educación universitaria, sanidad y casa) se han disparado.

Desde este Centro se afirma que el porcentaje de personas que pueden ser consideradas clase media se ha reducido. Según sus cálculos, el promedio nacional de la clase media vive con cantidades que fluctuan entre $30,000 y $90,000 anuales. En 1979 el 56.5% de la población estaba en esta situación, en 2012 el 45.1%, menos de la mitad.

En parte porque los ingresos no han crecido. El 20% que más tiene ha visto como sus ingresos han subido un 42.6% entre 1979 y 2012. El 60% de la población en la franja media de ingresos ha registrado aumentos de apenas el 9.5% en ese periodo mientras que el 20% más pobre ha visto una disminución del 2.7%.

¿Por qué? Básicamente porque la compensación salarial se ha desligado del alza de la productividad y los nuevos trabajos se crean, sobre todo, en sectores de bajos salarios. Ni siquiera en la industria, la cuna de la clase media estadounidense, se están recibiendo los sueldos de antaño.

Muchos economistas, afirman que se necesita otro tipo de economía que funcione para todos.

Entre los que menos tienen, los trabajadores del sector de la comida rápida se han organizado en los últimos años para pedir una mejora de sus condiciones laborales. La mayoría cobra el mínimo federal ($7.25 hora) o el de su propio estado o ciudad. Y, como ocurre con Carrillo, no siempre trabajan 40 horas semanales.

Las manifestaciones no han hecho más que crecer y se han unido a ellas trabajadores de hogar y maleteros de aeropuertos en más de 180 ciudades. Su demanda es salir de la pobreza a la que muchos se ven abocados y está teniendo eco en la medida en que este año ciudades y estados, han elevado sus salarios mínimos. En Washington todos los movimientos en este sentido han sido rechazados por la mayoría conservadora.

Pero Carillo tiene esperanza: “cada vez más gente comparte el sentimiento” refiriéndose a la dignidad de los salarios

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