Un momento de amor, la revolución rusa y el Titanic

Él quería evitar todas las guerras; ella, una sociedad más justa. Él se enamoró de su hermosura; ella, de sus halagos. Pero la relación terminó antes de empezar, y ellos murieron en dos grandes eventos del siglo XX.

Guía de Regalos

Un momento de amor, la revolución rusa y el Titanic
Anastasia Romanovna y familia

En 1905, el periodista británico William Stead fue a Rusia a tratar de reconciliar a los conservadores con los revolucionarios, y quedó fascinado con una bella mujer. Su bisnieta Tatyana Tolstaya le cuenta a los lectores de BBC Mundo la historia de una relación que terminó antes de empezar, de una muerte en el Titanic y una guerra que no se pudo evitar.

Mi bisabuela Anastasia Romanovna Krandievskaya era una mujer hermosa. Era alta y tenía la cintura delgada, cabello voluminoso y tez rosa y blanca. La gente se volteaba a mirarla y preguntaban quién era.

En su época era una escritora conocida, admirada tanto por filósofos como literatos.

Ella se consideraba una mujer progresista con puntos de vista avanzados y estaba orgullosa de su papel en la lucha revolucionaria.

En la primera Revolución rusa de enero de 1905 ella abrió un hospital en su grandiosa casa en Moscú para quienes resultaran heridos en enfrentamientos callejeros. Supongo que no era ella misma la que se encargaba de curarlos o darles comida… después de todo, para eso estaban los sirvientes.

Mi bisabuela quizás no les lavó las heridas pero sí apoyó su lucha contra el gobierno con todo su corazón. Por ello fue arrestada y pasó tres días en la cárcel… algo para enorgullecerse y ¡cuán orgullosa estaba, con su traje de encaje blanco y su sombrero del tamaño de un pastel!

En otoño de 1905, el periodista inglés William Stead llegó a Rusia. El propósito de su visita era reconciliar a la sociedad rusa progresista (progresista al punto del odio frenético) con el inextricable gobierno monárquico y autoritario ruso.

Stead habló en eventos públicos en Moscú y San Petersburgo, e hizo una gira dictando conferencias en las ciudades del Volga.

El periodista rechazaba la violencia y el odio pues, en su opinión, nunca traían nada bueno.

Anastasia Romanovna asistió a una de sus conferencias y escuchó con mucha atención sus conclusiones. Como era casi completamente sorda, tenía que esforzarse y concentrarse con tesón para poder oír sus palabras.

Lo que Stead vio fue a una bella mujer que lo devoraba con los ojos. Nadie nunca lo había escuchado o mirado con tal intensidad. Cuando terminó la conferencia la interceptó en la puerta y la tomó de las manos.

“¿Quién eres? Quiero un retrato tuyo. Quiero que me escribas, así sea unas pocas líneas. Dame tu dirección. Quiero leer tus libros”.

“Te los enviaré”, le contestó ella, halagada.

Al otro día, Stead le mandó un enorme ramo de flores blancas: lirios, nardos, jacintos y orquídeas.

“Mi querida e inesperada amiga”, escribió en la carta que acompañaba al ramo. “Nos encontramos y partimos como barcos en una noche oscura y un océano inconmensurable, pero yo nunca olvidaré el reflejo de tu alma maravillosa en tus ojos. Siento como si estuviera al pie del altar de la divinidad femenina rusa. Que Dios te proteja y me haga digno de preservar este recuerdo”.

“Tú también has estado en una prisión. Ambos somos parte de una gran hermandad de prisioneros. Pero yo sé, yo creo, que lo que nos une es más que eso. Permíteme, por favor, mandarte estas flores que me dio ayer un querido amigo: te llegan con una carga doble de afecto”.

A Anastasia Romanovna la carta y las flores la conmovieron y confundieron, pero más tarde, mientras tomaba un café, leyó el periódico progresista en el que Stead era vilipendiado: se había vendido al sangriento régimen, era un agente provocador, le habían pagado y era un lacayo de los tiranos.

Anastasia Romanovna se avergonzó de su momento de debilidad: fue a la ventana y tiró las flores con la doble carga de afecto a la calle.

Pasó un mes y Stead retornó de su gira por las ciudades rusas donde intentó sin éxito reconciliar a la inteliguentsia y al gobierno. Estaba agotado y triste, y fue a visitar a Anastasia Romanovna a su casa.

“Dime”, le dijo con la ayuda de un traductor, “¿por qué prometiste mandarme tus libros y nunca lo hiciste?”

“Porque a mí me publican en la prensa progresista y a ti, en los periódicos conservadores”, respondió la bella mujer fríamente. “Nos encontramos por casualidad y partimos separados”.

“¡Madam Krandievskaya! Una sola hebra de tu cabello es más valiosa para mí que todos los diarios progresistas o conservadores”, exclamó Stead desesperado y se fue.

Nunca más se volvieron a ver.

Pasaron siete años, y en abril de 1912 Anastasia Romanovna, quien para ese entonces era un poco menos brillante tras haber sobrevivido muchas cosas, se sentó a leer los periódicos, como todos los días.

Ese día la noticia era el naufragio del Titanic. Sus ojos recorrieron la lista de pasajeros que habían muerto en el barco, sin pensar que encontraría a alguien conocido. Sin embargo ahí, horror de los horrores, encontró el nombre “William Stead”.

Lo habían enviado a asistir a una conferencia de paz en Estados Unidos para discutir la manera de evitar todas las guerras, pues cualquier persona razonable sabía que la guerra era un anacronismo y que no volvería a ocurrir si todo se discutía de la manera apropiada.

Ella recordó sus palabras: “partimos como barcos en la noche profunda y en un océano inconmensurable”… y lloró.

¿Por qué había desairado a este buen hombre?

Todo lo que él quería era paz, amor y comprensión. Escribió sobre su encuentro para el periódico. Su conciencia le pesaba.

La Primera Guerra Mundial empezó dos años más tarde. En Rusia se convirtió en una revolución: la Revolución de Febrero, primero, que derrocó al sangriento gobierno zarista -como se le decía- y luego la Revolución de Octubre, que trajo al nuevo gobierno, mucho más sangriento.

El golpe de 1917 se tornó en una guerra civil que duró varios años.

Para mi familia, implicó huir de Moscú, primero al sur y luego al extranjero. Mi padre, quien tenía 2 años de edad en ese momento, emigró en el último buque que salió de Odesa. Anastasia Romanovna le dijo adiós a su nieto y se quedó en Moscú. No había nada qué comer ni cómo mantenerse caliente. La gente dormía vestida y quemaba lo que podía.

Gente extraña fue a vivir a su apartamento como parte del plan para “racionalizar” el espacio vital. Aunque Anastasia Romanovna había convertido su casa en un hospital para revolucionarios, cuando la forzaron a aceptar que vinieran a vivir con ella, no le gustó mucho. En una ocasión, uno de esos revolucionarios estuvo a punto de quemar su artículo sobre Stead. “En la noche oscura y el océano inconmensurable”, pensó quien otrora fuera una hermosa mujer, y volvió a llorar.

Esas fueron las últimas lágrimas que derramó en 10 años. Vendió su sombrero y sus vestidos por unas monedas y usó el dinero para comprar harina de uno de los chefs del restaurante en el que alguna vez lució ese mismo sombrero.

Los filósofos y escritores a los que solía deslumbrar habían sido enviados a Siberia o, los que tuvieron suerte, estaban en el exilio. Las únicas flores blancas en su vida eran las que llevaba a la tumba de su esposo.

La reacción del poeta ruso Alexander Blok al naufragio del Titanic fue extraña y casi aprobatoria: “El océano sigue vivo”, escribió regodeándose en su libreta. Para Blok, la civilización contemporánea era falsa, sofocante y plagada de mentiras, y deseaba que su fin llegara por medio de la fuerza de la naturaleza.

El océano, oscuro e impredecible, con sus horrendas profundidades, simbolizaba esa fuerza para él.

El poeta, así como muchos de sus contemporáneos, consideraba a la revolución como un inicio purificador y liberador, una fuerza antigua, salvaje y animal que rebasaría sus límites.

El Titanic, que se suponía a prueba de naufragios, repleto de pasajeros bien alimentados, navegando bajo el resplandor de su luz eléctrica en sus suaves alfombras, era la imagen de “civilización”.

Era como si apenas la civilización europea alcanzó su apoteosis, cuando el progreso, los motores a vapor, teléfonos, electricidad -¡hasta aeroplanos!- prometían un crecimiento sin precedentes y la victoria final del hombre sobre la naturaleza, todo se desplomó. Naciones enteras cayeron presas de la bestialidad sin sentido, la Gran Guerra empezó, el caos se tragó todo y el orden mundial colapsó: el mundo nunca volvería a ser igual.

El naufragio del Titanic fue un emblema, un marcador del fin del mundo como ellos lo conocían.

Un pequeño descuido… una extraña coincidencia… un pequeño hueco bajo la superficie del agua… un disparo en Sarajevo -de ninguna manera la primera vez que un nacionalista descontento le dispara a un gobernante-…

Uno puede pensar que podría haberse evitado, después de todo, lo importante es la fe en lo racional y el deseo de hacer el bien.

William Stead, por ejemplo, estaba camino a EE.UU. para participar en una cumbre dedicada al cese total y completo de la guerra, de todas las guerras, en todas partes. Y Anastasia Romanovna ayudó a revolucionarios que querían felicidad y bondad para toda la humanidad.

Pero vino un océano, se desató el caos y se lo tragó todo.