Fútbol local: La alegría de jugar y correr a los 60 años

En Louis Armstrong Middle School de Queens los viejos del fútbol vuelven a soñar

La liga tiene cinco categorías
La liga tiene cinco categorías
Foto: Jairo Giraldo

Tardes de invierno en Nueva York con un frío indolente que cala hasta los huesos.

El resguardo providencial de una puerta que se abre y entonces el desfile acompasado de un grupo de ex jugadres que se vestirán de futbolistas en la canchita de la Louis Armstrong Middle School de East Elmurst, para congraciarse con la alegría de correr y jugar.

Algunos, viejos cracks. Otros que apenitas jugaron y muchos más que, en el andar y en su pisada, dejan claro que nunca jugaron al fútbol, pero aman jugar al fútbol.

“Vos la recibís… la aguantas y yo le pego de afuera”, dice un hombre que no peina canas, porque no tiene pelo, pero que con su acento del Río de la Plata, cuenta desde dónde viene y habla de fútbol mejor que el “Ruso” Brailovsky.

Es una cancha de baloncesto con un trazado precario y un rayado complicado, pero que ellos entienden a la perfección. Llevan años allí.

Y ahí vienen.

La liga tiene 23 años y de ellos diecinueve han transcurrido entre las paredes del patio principal de esta escuela ubicada en el cruce de Northern Blvd. y Junction Blvd.

“Empezamos en Jamaica en 1992”, dice el “Chino” Baldeón, un peruano afincado en estos confines desde hace más de 25 años siempre aferrado a esa religión inevitable que es el fútbol.

“La Liga la iniciamos con Ramón Mifflin, el ex mundialista peruano que jugó en el Cosmos, con Pelé”, agrega.

“En esa época fue un gran impacto porque se hizo algo nuevo para los futbolistas latinos. Con la inscripción les regalábamos los uniformes y había premios en dinero”, confiesa, y añade con gratitud que los restaurantes colombianos y peruanos los apoyaron siempre.

Luego Mifflin por otras responsabilidades profesionales se desvinculó “aunque mantenemos una gran amistad”, dice el “Chino”.

La acción ya sube la temperatura en el recinto mientras muchos futbolistas que esperan la hora de su partido empiezan el ritual del vestuario. Aflora el sentido del humor.

“Aquí no necesitamos un kinesiólogo… lo que necesitamos es un urólogo”, dice Fernando, un ecuatoriano con corte rape y acaso uno de los más jóvenes del lugar, aunque ya en sus cuarenta.

En sus orígenes intentaron hacer fútbol once y fútbol ocho, pero luego encontraron que por razones de escenarios y de ubicación lo que convenía hacer era fútbol sala.

También se enteraron que había un mercado insatisfecho, que ya no tenía un lugar para competir aunque querían seguir jugando.

“Trátalo con cuidado que es una reliquia”, dice el árbitro cuando un defensor firme ‘mete’ duro abajo contra un veterano de pelo blanco que viste la camisa 10 y que en ese campo deja rastros de lo qué era capaz de hacer de joven en el fútbol.

Ambiente de camaradería. Hay más de setenta personas y todos parecen ser amigos.

“Esto es para ‘gomosos’”, dice Miguel Cuellar, un veterano de cuatro décadas en el fútbol de Nueva York y quien lentamente se prepara para saltar la campo. “Acá venimos los viejos del fútbol y nos conocemos todos… somos muy amigos y siempre estamos esperando que empiece el torneo para venir a jugar”.

Una manera de desafiar el frío inclemente o, mejor, de esconderse de él y aún así ganarle la batalla.

“Empezamos la última semana de octubre y terminamos en la primera semana de mayo”, dice el “Chino”.

“A veces cambian un poco las fechas por algunas actividades propias de la escuela, pero casi siempre son esas fechas y la gente ya sabe y nos conocen y vienen a jugar”, añade.

En los altavoces del recinto el anunciador grita.

-¡Atención! ¡Atención! Sale “La Momia” y entra Andrés… Sale “La Momia”, el número ocho y entra Andrés. Entonces un el numero ocho, divertido, transpirado y feliz, sale por la banda lateral, con la actitud enhiesta del deber cumplido.

A distancia, desde un rincón estratégico Baldeón vigila que todo funcione y no descuida detalle. Una ‘security’ se pasea por el lugar con cara de advertencia mientras los que juegan se divierten y los que miran desde afuera –más de setenta- parecen disfrutarlo aún más.

Reconoce el gestador del proyecto, el papel de la prensa en la difusión de su torneo y tiene palabras de gratitud para líderes locales que los han ayudado.

“Primero fue Hiram Monserrate. Ahora nos apoyan Julissa Ferrer y el senador José Peralta que están muy comprometidos con nuestra comunidad aquí en Queens”.

Se nos va la tarde en la Liga de “Chino” Baldeón, como le dicen en todo el condado de Queens a Manuel Wong. Una parada obligatoria en el invierno neoyorquino en la escuela Louis Armstrong que rinde un homenaje peren ne al inmortal jazzista que vivió y murió en aquel vecindario.

Un lugar para el optimismo al que llegan aquellos futbolistas oxidados por el paso del tiempo y acosados por el ácido úrico, pero con la motivación para correr y la ilusión de un último festejo

“Tenemos cinco categorías. La Primera que es ‘open age’ y cuyo campeón sube a la Premier”.

“Luego tenemos a los Veteranos que son mayores de 32 con un refuerzo de menos de treinta años”.

“Luego la categoría Masters que incluye a los jugadores con más de cuarenta y que pueden tener un refuerzo menor de 39”.

“Lo bueno es que la Liga se alimenta de sus mismas bases porque hay jugadores que llevan muchos años con nosotros y que cuando pasan de cierta edad… y se hacen mayores, simplemente pasan de categoría porque quieren seguir jugando”.

Así surgió la categoría Supermasters que incluye a los mayores de 49 años y que ya lleva once años.

“De los jugadores que superaron esa barrera surgió esta categoría para seniors con más de 59 años y que yo he bautizado ‘Mis Respetos’… es el nombre que se me ocurrió para expresar el respeto que se siente por alguien mayor que aún quiere jugar y competir”.

“Mis respetos”, la llamativa categoría en la que juegan los que ya no pueden con las piernas, pero que construyen piruetas y filigranas con el pensamiento, lleva tres años. Empezaron con cuatro equipos de ‘viejitos’ y ahora, en esta edición del torneo tienen siete. Y vendrán más.