Crónica de un blizzard que no fue

La tormenta no tuvo el impacto que se esperaba en la ciudad
Crónica de un blizzard que no fue
Un pintoresco hombre de nieve fue uno de los rezagos de la nevada.
Foto: Mariela Lombard

La ciudad amaneció ayer cubierta de nieve –menos de la que se esperaba—, pero eso no intimidó a los miles de neoyorquinos que trataron de llegar a su trabajo y seguir su rutina diaria. Sin embargo, la lenta puesta en circulación del servicio público, clausurado preventivamente la noche anterior (ver NOTA), dio al paisaje urbano un ritmo de domingo, como pudo verificar El DIARIO en una recorrida por los barrios.

Las primeras horas del día lucieron solitarias en el área comercial de Southern Boulevard, Hunts Point, una de las más activas y concurridas de El Bronx. Otros vecindarios comerciales, como Hunts Point y Fordham Heights, mostraban también las cortinas bajas cerca del mediodía.

Autobuses y trenes corrían con grandes demoras. “Fue una pesadilla esta mañana para llegar al trabajo. Tuve que caminar porque no había trenes”, contó la ecuatoriana Magdalena Gómez (43), empleada de una panadería.

Gómez caminó desde la estación 6 de la Avenida Elder hasta la de Hunts Point. Son unos 10 minutos en metro, pero esta madre de tres niños tardó unos 30 minutos caminando, debido a la acumulación de nieve en las aceras.

La acumulación de nieve en el acceso de algunas estaciones, como la de Hunts Point también causó molestia entre usuarios, que provecharon para quejarse. “Las estaciones de El Bronx son las más descuidadas. Es la hora que no pueden quitar la nieve y el exceso del agua”, se quejó la puertorriqueña Juanita Torres (61).

Trabajadores y dueños de negocios comentaron que el alerta de tormentas produjo una caída de ventas. “El lunes la preocupación era surtirse de víveres por miedo a una mega tormenta invernal. Tuvimos muy buenos ingresos”, dijo Francisco Morales (31), trabajador de un pequeño supermercado propiedad de coreanos cerca de la Avenida Westchester. “Hoy no hay nada de clientes. Las ganancias de un día compensan las pérdidas del otro”.

En Queens, tres horas después de que se reanudara el transporte público, le estación Roosevelt Avenue parecía desolada. Pocas personas subían al 7 o bajaban a las otras tres líneas subterráneas. No era el usual hormiguero humano con prisa de un martes a la mañana.

Tanto en la Avenida Roosevelt en la Avenida 37 más de la mitad de las rejas estaban abajo. Marcos Narvaezzi, propietario del restaurante peruano Lima Limón vio a las 9 a.m. en las noticias que las autoridades de la ciudad dieron luz verde a la actividad, pero él no reversó su decisión de cerrar. “Mis empleados me han escrito o llamado pero yo les dije que no abriríamos. Hoy hago vueltas bancarias y me pongo al día con la contabilidad. Luego descanso. Mañana será otro día”.

Otros restaurantes de asados como ‘El Chivito de Oro’ abrieron, pero sus parrilleros estaban sentados. A las 2 p.m. atendían tres meses. “Es un desastre. A esta hora deberían ser diez mesas” dijo el parrillero.

Jorge Luis Ramírez (30) vendedor de rosas mexicano, no bajó la guardia ni su ramillete. Usualmente trabaja en Sunset Park y sobre la Roosevelt entre la 74 y la 100. “Yo no paro de vender y le pongo fe que voy a vender mis existencias”, dijo con una sonrisa.

Pero Dino Pacheco (45), un instructor de manejo oriundo del Distrito Federal mexicano limpiaba con buen humor la nieve de su camioneta blanca sobre la calle 79. Bromeaba con un vecino y le indicaba hacia dónde arrojar las paladas de nieve. “Es una bendición porque descanso y me la tomo suave. Un regalo de Dios que tengo que aprovechar”. Pacheco dijo que el resto del día va a reprogramar por teléfono las clases con sus estudiantes.

John Rodríguez (52) director de cierres de Star, una compañía de bienes raíces, también coordinó por teléfono e Internet los pocos asuntos pendientes con su equipo de trabajo. Casi al medio día se iba a encontrar en Astoria a almorzar y a ponerse al día con un viejo amigo. “Luego vuelvo al apartamento con calma y me relajo”.

Muchos jóvenes profesionales parecían gozar de su día libre o hacían una pausa de su trabajo que hacían a la distancia gracias a la tecnología. Una pareja hispana respondió en inglés que salió a caminar un poco y a buscar comida. Prefirieron no revelar sus nombres. Como si no quisieran que nadie supiera que estaban pasando un gran día.

La pareja de Cali, Colombia, José Muñoz (60) y Patricia Tascón 57 se cansó del encierro y salió a caminar para que se les abriera el apetito.

Muñoz trabaja en una fábrica de carteras en Manhattan y sus jefes le dijeron que no fuera. Pero sus críticas se dirigen más a las autoridades. “Se les va la mano en las precauciones y paralizan la ciudad y la economía. El perjudicado es uno porque no pagan el día. “La única vez que acertaron fue con la tormenta Sandy” dice Tascón.

Muchos niños y adultos aprovecharon el cierre de escuelas públicas y lugares de trabajo para pasar un buen rato al aire libre. El Parque Comunitario Saint James, en Fordham Heights, estuvo repleto de familias que disfrutaron de actividades en la nieve.

“Hoy es como un día de vacaciones”, dijo la mexicana Nelly Echeverría. “Los niños están fascinados haciendo muñecos y deslizándose en la nieve. Es como una tarde de domingo”.

El Estado Jardín también se vió trastornado por el retraso en la limpieza de calles y la demora en el restablecimiento del transporte público.

Un extenso manto blanco -cuya precipitación llegó a 10 pulgadas- que cubría automóviles y calles, era el común denominador del desolador paisaje que se observaba desde tempranas horas del día. Residentes de viviendas trataban de limpiar sus automóviles y aceras, aunque para muchos fue literalmente imposible salir de sus casas antes del mediodía, por la falta de limpieza en las calles locales.

Pasadas las 10 am, esperar por un autobus de la ruta 127, de la compañía New Jersey Transit, llevó a la cronista de EL DIARIO infructuosos 45 minutos. Dada por vencida, la cronista optó por tomar los minibuses que cubren la ruta desde la ciudad de Ridgefield hasta la avenida Bergenline, para luego trasbordar a otro autobús para llegar hasta Hoboken

Una vez más, el intento resultó fallido. Los minibuses no tenían planes de restaurar su servicio sino hasta en horas de la tarde, según confirmó Gregorio Salazar, conductor de uno de los vehículos. “No hay pasajeros para llevar a Nueva York, no vale la pena hacer el viaje”, explicó.

Conducir un automóvil fue una aventura por la nieve, que sumada a la sal hizo que las calles se convirtieran rápidamente en una mezcla resbaladiza, semejando en varios tramos de las vías a pequeñas pistas de patinaje.

El servicio del tren ligero no era una mejor opción. En la estación de la ruta 1&9 en North Bergen, el servicio continuaba suspendido cerca del mediodía. Enla estación de la calle 47 y la avenida Bergenline, en pleno corazón de Union City, tampoco estaba corriendo el tren liviano, ni el servicio de autobuses.

“Debía salir porque tengo que visitar a mi hermano que está en el hospital”, dijo en tono frustrado Marshall Rojas, un usuario que llevaba más de una hora en espera del tren que lo transportaría hacia Jersey City.

En un tramo desde Ridgefield, en el condado Bergen, hasta Hoboken en el condado Hudson, donde se accede a una de las estaciones del tren PATH -para trasladarse hasta Nueva York- y que en tiempo regular demanda aproximadamente 30 minutos, llevó a la cronista más de una hora, todo para descubrir que no había estacionamiento disponible por estar en vigencia una restricción para facilitar las tareas de limpieza de las calles.

En el interior de la terminal, frustrados pasajeros esperaban con paciencia que el tren PATH, cuyo servicio fue anunciado que sería restaurado para después de las 9:30 am con horario de fin de semana, indicaron que la periodicidad preestablecida entre los mismos fue muy escasa.

“Llevo más de una hora esperando el tren”, indicó disgustada Rose Roman, usuaria del PATH, que debía presentarse a su trabajo de mucama en un hotel de Manhattan, para las 3:00 pm.

En la plataforma, de los cientos de usuarios que se observan en un día entre semana, solo había unas 20 personas.

Los autobuses de la New Jersey Transit igualmente retrasaron el inicio de su servicio y para las 2:00 pm recién iniciaban sus tareas con ligera normalidad.

En las calles, las únicas caras de evidente regocijo eran las de los hombres que con palas en mano iban ofreciendo sus servicios para limpiar aceras por precios entre $45 a $60, dependiendo el tamaño del espacio

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