El palacio de la vergüenza que indigna a China

Hay una herida que no se ha cerrado por más de siglo y medio, desde que un ejército anglo-francés fue a China para que ésta se abriera a Europa. Pero lo que sucedió fue horrible para ambas partes.

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El palacio de la vergüenza que indigna a China
Palacio de verano

Hay una herida histórica profunda que no ha sanado en las relaciones de Reino Unido con China. Una herida de la cual la mayoría de los británicos no saben nada, pero que a China le causa un mucho dolor.

El motivo fue la destrucción en 1860 del palacio más hermoso del país.

Lo que ocurrió con el palacio es profundamente resentido y constantemente resurge en películas populares, debates en redes sociales y acaloradas discusiones respecto a ventas de arte.

Y ha dejado un legado controvertido en colecciones de arte británicas -reales, militares y privadas-, que incorporan objetos saqueados.

Coincidentemente, uno de los personajes centrales de esta historia es Lord Elgin, el hijo del hombre que se llevó uno de los frisos del Partenón (en inglés conocidos como los Mármoles de Elgin) de Grecia.

Pero yo he estado explorando esta historia porque involucra a uno de mis antepasados, Thomas Bowlby, uno de los primeros corresponsales extranjeros británicos.

A pesar de que hoy el palacio yace en ruinas, con pilas de mampostería quemada, lagos con plantas descuidadas, jardines con unas cuantas piedras esparcidas, el lugar está siempre repleto de visitantes chinos que participan en el programa de “educación patriótica” financiado por el gobierno.

Les enseñan que en aquel lugar, cuyo nombre en chino es Yuanmingyuan (Jardín de la Brillantez Perfecta), los emperadores chinos construyeron un enorme complejo de palacios y otras bellas edificaciones, y los llenaron de espléndidos tesoros culturales.

Hace 155 años, cuando la Segunda Guerra del Opio estaba por terminar, un ejército anglo-francés fue enviado a Pekín para obligar a los dirigentes imperiales chinos a abrir más las fronteras de su país al comercio e influencia occidental.

A cargo de la parte británica estaba el 8º conde de Elgin, procedente de una de las familias más famosas en la historia imperial británica.

Con él viajaba Thomas William Bowlby, del periódico The Times, y se hicieron amigos durante el trayecto haciendo turismo cultural.

Al llegar a China, Bowlby escribió en el periódico y en su diario privado sobre su admiración por varios aspectos de la vida cultural china, sus hermosos edificios y “jardines admirablemente cultivados”.

Pero esa admiración iba mezclada con la cruda realidad de una brutal guerra: a medida que la fuerza anglo-francesa se acercaba inexorablemente a Pekín, reportaba sobre una campaña militar muy unilateral.

La nueva arma británica Armstrong, apuntó, causaba “unas heridas perfectamente horrendas” en los chinos. “Hace pedazos cualquier cosa que toca”.

Debido al poderío militar anglo-francés, Bowlby estaba convencido de que los dirigentes imperiales chinos pronto “clamarían por piedad”.

Ansioso de ser testigo del fin de esa guerra, partió con la delegación de oficiales franceses y británicos -escoltados por tropas indias- a negociar lo que asumieron sería la rendición china.

Pronto sería evidente de que había sido un error fatal.

Entre tanto, las tropas francesas llegaron a Pekín y al Palacio de Verano, y comenzaron a robar porcelanas, sedas y libros antiguos, o simplemente a destruir lo que encontraban.

Las tropas inglesas se les unieron poco después. “Los oficiales y sus hombres parecían poseídos por una locura temporal”, dijo un testigo.

Cuando Lord Elgin llegó, inicialmente registró su horror en su diario. “La guerra es una empresa odiosa. Entre uno más la ve, más la detesta”.

Pero los saqueos eran una parte establecida del pago al ejército y Elgin ayudó a organizar una subasta con los muchos miles de obras de arte y otros objetos que habían sido saqueados.

La tradición de los ejércitos era compartir el botín y dejar algo de las ganancias para compensar a las familias de muertos o heridos.

Ese podría haber sido el fin de la historia.

Llegó la noticia de que la delegación que había ido a negociar la rendición china había sido apresada. Y que algunos miembros, incluido el periodista Bowlby, habían sido torturados y asesinados.

“Mantuvieron a los hombres amarrados por tres días. Diariamente empapaban con agua sus vendajes para que se hicieran cada vez más apretados”, dice la historiadora Vera Schwarcz. “Cada vez que pedían agua, les llenaban sus bocas de tierra”. Eventualmente varios prisioneros murieron y sus cuerpos quedaron casi irreconocibles.

En respuesta, Lord Elgin les ordenó a las tropas británicas que quemaran todo el complejo del Palacio de Verano.

La destrucción, escribió después, fue para “marcar, con un acto solemne de venganza, el horror e indignación… que nos inspiró la perpetración de ese enorme crimen”.

Quemar todos los magníficos edificios tomó varios días.

Poco después de la destrucción del Palacio de Verano en 1860, el 8º conde de Elgin hizo una entrada triunfal al centro de Pekín, en una procesión que simbolizaba el dominio británico y occidental, y la humillación china.

Por un tiempo después, el recuerdo de lo ocurrido se esfumó de la memoria china, mientras el país atravesaba la modernización, el fin de la era imperial, la guerra y la toma del poder comunista.

De hecho, señala la historiadora Schwarcz, durante la Revolución Cultural de los años 60, “algunos restos del Palacio de Verano fueron destruidos a cuchillo por los Guardias rojos”, que odiaban cualquier cosa que recordara el pasado imperial.

Sin embargo, desde las protestas contra el gobierno comunista en la plaza de Tiananmen en 1989, el liderazgo chino ha tratado de reforzar su autoridad alentando el orgullo patriótico por el pasado histórico del país y enseñándoles a sus ciudadanos que sólo un gobierno fuerte puede evitar la repetición de la humillación a manos de extranjeros del siglo XIX.

Y las ruinas en el sitio del viejo Palacio de Verano son un lugar ideal para dictar esa lección.

China también está enfocándose en todo el arte que fue saqueado por las fuerzas francesas y británicas y llevado a Europa. Fue comerciado y aún permanece en todo tipo de colecciones privadas y públicas.

“Estamos trazando un plan para comenzar una serie de acciones para recuperar estas antigüedades y traerlas de regreso a China”, dice Niu Xianfeng, director general del Fondo Nacional de Tesoros del Ministerio de Cultura chino.

“China nunca abandonará su derecho a recuperar estos tesoros saqueados”.

El investigador Liu Yang ha pasado 15 años rastreando las obras de arte. Dice que “los museos británicos nunca contestan” cuando les escribe preguntando lo que tienen. Pero ha coleccionado en su computadora cientos de imágenes de artículos saqueados.

En el museo de los Reales Ingenieros en Kent, Inglaterra, el curador James Scott me mostró un hermoso ornamento de jade traído al país en la campaña de 1860.

El etiquetado de estos artículos es una tarea delicada. “Realmente no mencionamos la palabra ‘saqueado’ en absoluto. Tratamos de mantener la interpretación tan neutral como sea posible”, dice Scott.

Aún más cuidado deben tener las casas de subastas, pues pueden sacar ganancias sustanciales al vender piezas que provienen del Palacio de verano. La prueba de origen como parte de la colección imperial china -que a menudo son inscripciones hechas por los soldados que la saquearon- aumenta enormemente su valor.

Algunos de los nuevos millonarios chinos han pujado en subastas de estos objetos. Pero pagar por arte que, desde el punto de vista de muchos chinos, fue robado, aumenta aún más el resentimiento.

Los chinos son conscientes de que es difícil, tanto tiempo después de los hechos, recuperar lo que se llevaron del Palacio de Verano pero esperan mucho más reconocimiento del que Reino Unido les ha dado.

Los franceses han sido más abiertos al expresar su remordimiento. “Nos llamamos civilizados y a ellos los llamamos bárbaros”, escribió escandalizado el autor Victor Hugo sobre la destrucción del Palacio de Verano. “Aquí está lo que la Civilización le hizo a la Barbaridad”.

Un reciente libro, “El saqueo del Palacio de Verano”, por Bernard Brizay, fue recientemente traducido al chino y muy bien recibido en ese país.

En Reino Unido prefieren hablar del futuro más que del pasado: “de una sociedad de respeto mutuo y comprensión”, según el primer ministro.

Pero el desarrollo de esa relación puede llevar algún día a enfrentar el doloroso pasado que China no ha olvidado.

Aunque para ser justos, China también tiene una memoria selectiva.

Parte de esa historia de 1860 ya está enterrada, como descubrí cuando fui en busca de la tumba de mi antepasado Thomas Bowlby.

En vez de un cementerio, encontré un campo de golf.