Desamparados latinos de NYC sobreviven en el “Cantón”

La comuna es la única protección para un grupo de inmigrantes sin hogar, en su mayoría guatemaltecos

NUEVA YORK — En una mochila remendada descansa la cabeza de Juan. Sus brazos marchitos caen de su lecho de concreto, a la orilla de las vías de tren propiedad del Long Island Rail Road y concesionadas a la compañía de carga New York & Atlantic Railway. Se rasca la barbilla con sus largas uñas ennegrecidas y observa con recelo.
“Perdí el trabajo por borracho”, explica con una mueca. “Aquí es el patio trasero de la bonita ciudad. Aquí estamos los que nadie quiere”.
El hombre habla del ‘Cantón’, una comuna de desamparados hispanos -la mayoría guatemaltecos- que habitan en los confines de las vías de tren en el vecindario de Bensonhurst, en Brooklyn. Acostumbran colarse por la cerca metálica en la esquina de la Avenida 15 y la calle 61 y caminar hasta una milla en busca de escondrijos donde pasar la noche. Unos 20 individuos integran el peculiar colectivo, que se rige por normas de supervivencia de cara al hambre y la adicción al alcohol.
“Van y vienen de las vías del tren como fantasmas”, dijo Julián Gerónimo, un trabajador de la limpieza en la zona industrial. “Esto parece una postal de la pobreza de cualquier rincón de Latinoamérica. Es muy triste”.
En abril, la intersección ocupó los titulares de la prensa cuando la Policía encontró, a 10 pies de las vías del tren, los cuerpos de dos hombres hispanos cubiertos con mantas y rodeados de botellas vacías de alcohol.
“La gente se muere, pero nadie debe hablar de eso”, dijo Mario, un hombre lánguido que murmura sin apartar la mirada del asfalto.

Comuna con reglas

En el Cantón es una regla que los desamparados consigan a diario alimentos, dinero, ropa y alcohol. Los vagabundos se asignan tareas de recolección que compensan sus necesidades más urgentes. El que no cumple es expulsado.
“Debes traer algo a la fuerza”, dijo Mario, quien no pierde la oportunidad de pedir un dólar a cambio de su conversación. “Lo duro es conseguir dinero. Yo he querido hasta robar, pero por mi madrecita santa que nunca le hecho mal a nadie”.

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El guatemalteco asegura que no hay un líder o ‘mafia’ que lo obligue a satisfacer una cuota, pero el que no ‘comparte’ es expulsado del grupo, aunque se le permite deambular y dormir en el lugar. La mayoría acude a las iglesias para el suministro de alimentos y ropa. Otros se unen a los jornaleros en una parada cercana con la esperanza de conseguir unas horas de trabajo.
“Han llamado a su sociedad el Cantón en alusión a las provincias guatemaltecas”, explicó Lorenzo Perechu, un activista quiché (pueblo maya de Guatemala) que en el pasado ofreció su apartamento para la recuperación de un connacional que fue atropellado en las inmediaciones de las vías del Long Island Rail Road. “Los consulados latinoamericanos están dispuestos a repatriar los cuerpos de nuestros hermanos desamparados, pero hacen muy poco o nada para evitar su muerte”.

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“De verdad que la bebida nos hizo miserables”, dijo Juan, quien salió de Sololá buscando buena fortuna en Los Ángeles. No recuerda cuando llegó a Estados Unidos, pero asegura que fue montado en La Bestia. “Qué miserables somos. Preferimos el trago antes que comer”.
El guatemalteco sonríe dejando ver sus encías sangrantes y admite que bebió la noche anterior hasta quedar inconsciente. Luego reflexiona y relata con rabia que sus parientes lo echaron de su apartamento en la calle 74 y la Avenida New Utrecht.
“El Cantón no es mi casa. Yo nada más vengo a descansar”, sostuvo. “Si estoy sucio es porque trabajo en construcción”.
A un costado de Juan, otro guatemalteco clama por unos billetes. Calcula que desde hace una década sobrevive en la comuna.
“Diez años no es mucho tiempo”, balbució tambaleándose por la reseca. “A dónde más va uno, si de donde sea nos echan”.
Otro sitio de reunión de la comuna es la esquina de la Avenida New Utrecht y la calle 63, a un costado de la estación del tren D. El sitio, rodeado de una cerca metálica y bloques de concreto, está acondicionado con sillones destartalados y camastros improvisados.

Indígenas en desamparo

Los activistas Lorenzo Perechu y Leobardo Ambrosio, quienes forman parte de un colectivo comunitario para la defensa de los inmigrantes guatemaltecos, comentaron que algunos de los miembros del Cantón son quichés.
“Hay quienes tienen dificultades para hablar en español. Eso agrava su situación de desamparo”, dijo Ambrosio. “El idioma es un desafío al interactuar con las autoridades si sufren un accidente o sin son detenidos por la Policía”.
Perechu contó que la mayoría no tienen parientes en la ciudad, por lo que dependen del Cantón para asegurarse la protección en las calles.
Los desamparados comentaron que en el invierno se dispersan para buscar abrigo en las iglesias y refugios cercanos, o duermen en las estaciones y vagones de los trenes.
“Me monto al tren N y ahí voy dando vueltas de ida y regreso hasta que amanece”, dijo Juan. “A veces me quedo en la Gran Central. Ahí la policía casi no nos molesta”. Varias llamadas al Consulado de Guatemala no fueron respondidas de inmediato.