Muhammad Ali, más grande que Pelé, Babe Ruth y Jesse Owens

Lo divino y lo humano del “Payaso de Louisville” en una comparación imposible con otros gigantes
Muhammad Ali, más grande que Pelé, Babe Ruth y Jesse Owens
Muhammad Ali y su inconfundible seguridad.
Foto: Getty Images

A pesar del castigo a que le sometía el mal de Parkinson, que le robaba la vida día tras día, a Muhammad Ali le sobraba tanto corazón que se daba tiempo para juguetear con algunos amigos cuando se “acordaba” que había sido boxeador.

Muchas veces en actos públicos lanzaba el uno-dos de su jab mágico como si quisiera subrayar que es justamente en la adversidad cuando se mide la grandeza.

Hoy, cuando sus despojos mortales esperan sepultura, el mundo entero eleva oraciones a su Dios, mientras lloran con inmenso pesar al hombre hecho mito que cuando aún era el ruidoso “Payaso de Louisville” y cuando todavía se llamaba Cassius Clay decidió que era capaz de desafiar al “establishment”.

Lloran por el jovencito que se negó a combatir en la Guerra de Vietnam, que se tragó una dura sanción y le alcanzó la vida para ser el más grande atleta de la historia.

El mundo llora a Ali mientras muchos reflexionan acerca de si es que alguien puede discutirle la primacía de ser el más gran atleta de la historia.

En un boxeador fantástico, habitaba un personaje y parte del genio de Ali fue no dejar que el personaje devorara al hombre. La diferencia con otros fue su autenticidad de la que surgió como torrente la legitimidad de su grandeza.

Muchos genios del deporte ganaron más títulos, aún en el boxeo, pero nadie en su sano juicio puede comparársele. Muchos tienen sus vitrinas atestadas de trofeos y sus cuentas repletas de millones, pero no hicieron nada, ni en una mínima parte, de lo que hizo Ali.

Su imagen universal podrá compararse en lo icónico con Pelé, el rey del fútbol, con títulos y valores inmensos, pero nadie recuerda que el astro brasileño haya dado una batalla por nadie o defendido su verdad hasta el límite.

Poner la cara por otros fue algo que hizo con grandeza única Jackie Robinson. El hombre que tuvo el valor de desafiar a la sociedad de su tiempo y ser el primer negro en jugar en las Grandes Ligas. Enorme, pero Robinson fue un buen beisbolista, y no uno de los mejores.

Jesse Owens fue otro mito que defendió su raza, -frente a Hittler en los Olímpicos de Berlín en 1936- y maravilló con sus logros como velocista, pero competía en un deporte sin alcance de masas y eso apagó pronto su estrella.

Babe Ruth, una especie de “Pelé del béisbol”, fue un coleccionista de récords y títulos como nadie. El “Bambino”, con su carisma y sus números maravillosos, marcó un antes y un después como deportista, pero nunca fue un ejemplo a seguir fuera del béisbol.

Teófilo Stevenson fue un portento del boxeo aficionado, ganador de tres oros olímpicos, dueño de una conciencia social respetada y respetable, pero sus logros estuvieron limitados por las ataduras del régimen político.

A Eddy Merckx, el mejor ciclista de la historia, ya nadie lo recuerda fuera del ciclismo. Roger Federer y Serena Williams tienen su nombre en las enciclopedias del futuro, pero han sido genios de su propio mundo y no dejan nada para la sociedad de su tiempo.

De estrellas a hombres exitosos

Otros han logrado la gloria máxima, como Michael Jordan, Tiger Woods o Michael Schumacher, pero hoy, en medio de toda la respetabilidad que despiertan, son solo exitosos hombres de negocios.

Dejaron más en función de construir un mejor mundo, el legendario maratonista Abebe Bikila y los boxeadores Joe Louis y Ray Sugar Robinson como defensores de los suyos en años muy duros para los suyos en Nueva York y ambos con un nivel de excelencia en el boxeo. Pero nadie como Muhammad Ali.

Una mirada retro desde la otra orilla, con un dejo de resignación, para ver partir a un ícono que con su muerte pone más fuego a su legado y cuestiona a todo el establecimiento que rige con normas de diverso tono moral el deporte que él defendió como el mejor de todos.

Inevitable un dejo de nostalgia, saber así de cerca, que un rudo peleador que supo llenar de arte y gracia la rudeza del boxeo, no haya podido regalarle a las generaciones de este tiempo, su carisma único, su talante indómito y su sabiduría insultante, con las que construyó piedra sobre piedra su propia mitología.

Se va el más grande de todos, el polémico e incendiario Ali de los sesentas y el genial boxeador de los setentas.
Se van el activista y el atleta al tiempo porque eran uno solo y porque hasta los eternos tienen su límite, mientras el mundo de manera casi unánime se duele con su adiós.

Queda su legado que no repara en razas ni religiones ni en doctrinas políticas ni filosóficas.

Hoy más que nunca su imagen se perpetúa aunque lo seguro es que todos recuerdan con cariño y algo de complicidad al veinteañero camorrista, buscapleitos y fanfarrón que ganaba notoriedad con su carácter volátil y su lenguaje callejero.

Adiós al más grande entre los grandes.