Opinión: ¡Ahora es que los boricuas deben demostrar que “no los pararán”!

Tras haber logrado la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló, éste es el principio de un nuevo Puerto Rico en el que todos los sectores deben seguir fiscalizando y participando

Eran, aproximadamente, las 11:45 p.m. del miércoles 24 de julio de 2019 en Ridgewood, New York;  la bodega estaba abierta y el televisor encendido, como de costumbre. Sin embargo, las imágenes en la pantalla hablaban de un capítulo sin precedente en la historia de Puerto Rico, que no lo habían visto boricuas ni dentro ni fuera de la isla hasta ayer; menos, el resto del mundo.

Mis ojos observaban atentos y a la expectativa el desenlace de una lucha que me implicaba no solo como periodista atenta a los reclamos justos y democráticos; también como mujer y puertorriqueña de la diáspora en NY, herida en la raíz de mi identidad.

El mensaje de anoche del renunciante gobernador de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, no fue una simple confirmación de lo que se venía anticipando, fue un hecho que consumó la catarsis de un pueblo que más allá de sus divisiones políticas se unió como nunca para darle cátedra al mundo de lo que es una verdadera revolución inclusiva ciudadana.

Puerto Rico demostró que en un sistema democrático, manda la mayoría, pero no solo en las urnas también en las calles.

En menos de dos semanas, el pueblo puertorriqueño habría logrado cruzar las líneas partidistas, generacionales, de clase, etc., para unirse en una multifacética movilización que destacó por su creatividad y espontaneidad. Si protestas y bailas al mismo tiempo, estás en Puerto Rico, para escenificar el alcance del ingenio boricua.

Como parte de las manifestaciones que primeras planas en periódicos de Estados Unidos y otras partes del mundo destacaron, participaron niños en bicicletas, personas en sillas de ruedas, millennials que demostraron que no son automátas de redes y ancianas con carteles que leían “estamos haciendo ahora lo que debimos haber hecho antes”, por mencionar algunos sectores.

La tierra del 100 x 35 se levantó. Pero, no se equivoquen, que siempre lo hemos hecho.

“Arrodillao’s” nunca hemos estado. En algunos momentos, cansados; y con toda razón.

En otros momentos, hemos pausado tratando de entender el enredo político en el que batallamos desde hace décadas.

Lo que no cabe duda es que el puertorriqueño, las más de las veces, hace lo mejor que puede con los recursos que tiene. Basta ver las imágenes de la solidaridad entre boricuas durante el huracán María de 2017. Mientras las autoridades acumulaban las ayudas para los damnificados; en los pueblos, los residentes creaban sus propias redes de apoyo, al punto que grupos distribuyeron comida a las áreas más inaccesibles de la montaña a poco del embate y antes de que el Gobierno respondiera.

La movilización inmediata de los boricuas en el exterior y la cantidad de ayudas enviadas por parte de este sector fue considerable, a pesar de que nos hemos tenido que topar con la decepcionante realidad que gran parte de los suministros nunca llegaron a las manos de los que correspondía.

Cuando escaseaba el agua, vecinos lavaban en el río en una muestra de empoderamiento comunitario nunca antes visto.
Muchos se sorprendían cómo en la isla tantos sonreían en medio de la crisis. Es que el puertorriqueño ha aprendido a reírse hasta de la tristeza.

Anoche pude escuchar la dignidad hecha causa en los gritos de celebración de los manifestantes, que hablaban de unas ansias arrolladoras de transformación. La respuesta inevitable a décadas de abuso de poder, partidismo, politiquería, corrupción.

Me vi en ellos, en sus abrazos, en sus rostros llenos de sudor, en sus lágrimas.

Porque yo también como mis compatriotas de la isla me he frustrado y he llorado, y por mucho tiempo, me he sentido impotente.

Confieso: en medio del mensaje, tenía sentimientos encontrados. Debía mantener el enfoque para llevar la información bajo la mirada periodística, pero al mismo tiempo experimentaba en la médula más íntima de mi ser el logro de todo un pueblo en el que me veía reflejada y representada; un pueblo cansado que hacía valer sus derechos más elementales de expresión, de protesta; en reclamo de justicia y de una gobernabilidad transparente que tenga como norte los más necesitados y desventajados de la sociedad.

Desde hace casi dos semanas, hemos empezado a valorarnos y a validarnos más como pueblo. Hemos regado la semilla de un nuevo Puerto Rico. Ahora serán menos lo que pregunten en el resto del mundo dónde en el mapa ubica la pequeña Isla del Encanto.

Queda en los boricuas residentes en PR y en los más de 8 millones en el exterior que esto no solo sea un acto memorable que se pueda leer en los libros de historia y en los periódicos. Queda en el pueblo puertorriqueño probar que continúan siendo más y que “no los pararán”. Este es el principio de un final.

Hay movimientos en la Legislatura de Puerto Rico en medio de la reorganización política tras la salida de Rosselló que deben ser fiscalizados; se aproximan unas elecciones en las que el pueblo tiene la responsabilidad de votar con consciencia; y procesos fiscales, como las discusiones en el seno de la Junta de Control Fiscal que controla la economía de PR desde Estados Unidos que no pueden pasar como simples trámites a puerta cerrada.

Debemos estar vigilantes porque la lucha por este nuevo Puerto Rico apenas comienza y no parece ser menos difícil que lo que la isla ha vivido hasta ahora; las próximas generaciones nos lo agradecerán…

(Marielis Acevedo Irizarry es periodista y editora de El Diario de Nueva York)