Coronavirus carga con furia contra la frágil estabilidad de mujeres hispanas en la Gran Manzana

Con o sin estatus migratorio, la cuesta que remontan para cubrir sus necesidades más básicas, es mucho más empinada en tiempos de pandemia

Coronavirus carga con furia contra la frágil estabilidad de mujeres hispanas en la Gran Manzana
La mexicana Eliana Elvia asgura que el COVID-19 ha impactado en un 95% su vida. (Foto: Fernando Martínez)
Foto: Fernando Martínez / Impremedia

Endeudadas, desempleadas y muy frecuentemente viviendo el lado más pesado, como “cabeza” del hogar, podría ser un cuadro, que en general, defina la vida de penurias de las mujeres inmigrantes hispanas, en el epicentro de la pandemia.

No será fácil para la dominicana Lorena Martínez, de 53 años, superar el trance que ha significado para su universo personal el coronavirus: perdió a su madre, el pasado 26 de marzo, por complicaciones con el COVID-19, por temor a contagiarse y afectar a su familia puso una pausa a su trabajo como cuidadora de ancianos. Y luego de un shock emocional de varias semanas, apenas volvió a retomar este miércoles algunas rutinas.

“Mi mamá de 79 años no aguantó la enfermedad. Y yo soy diabética y asmática. Esto me generó muchos temores de dejar solos a mis hijos. Estuve encerrada por muchas semanas. No pude ni despedir a mi madre y cuando te pones a ver, son ya dos meses de tarjetas de crédito y renta acumulada”, explicó la isleña residente de Harlem.

La opción de buscar alimentos en la escuela de sus hijos y aplicar a beneficios del seguro de desempleo, han sido dos vías de subsistencia que ha encontrado como paliativo, en ese túnel oscuro y prolongado que ha significado para Lorena esta inédita crisis de salud pública en la Gran Manzana.

“Esto ha sido muy complicado económicamente para todas las familias trabajadoras, todo el mundo anda endeudado, viendo cómo recobra su vida, pasará mucho tiempo para yo poder asimilar que la pandemia se llevó a mi mamá. Todo lo demás, uno lo enfrenta”, comentó emocionada.

Lorena Martínez: Me recuperaré económicamente, pero nunca de la muerte de mi mamá. (Foto: Fernando Martínez)

“Lo único, es que no he pasado hambre”

Ni siquiera, con todas las tensiones que implicó emigrar de Puebla, siendo apenas una adolescente, la mexicana Eliana Elvia, de 62 años, recuerda haber vivido instantes de tanto miedo como encarar ese monstruo, de mil cabezas, que ha significado la pandemia del coronavirus para los neoyorquinos. Pero, al parecer con especial agudeza con las mujeres inmigrantes, trabajadoras y en muchos casos el único sostén de la familia.

La inmigrante cuenta que cuando empezaron a llegar noticias del virus, ni siquiera en el peor ejercicio de pesadilla, pudo calcular que tantas personas perderían sus trabajos, y mucho menos estuvieran arrinconadas a depender de la asistencia pública y de la caridad para poder subsistir.

“Solo te digo que nunca he pasado hambre en medio de esta emergencia. Estoy en pausa con mi trabajo de limpieza doméstica, que he tenido honradamente por años, aquí en la avenida Amsterdam. Pero de resto, te puedo decir que en un 95%, esto ha afectado toda la estabilidad de mi vida. Aquí en la ciudad con las dispensas y las iglesias nadie debería haber pasado problemas con comida”, explica la señora Eliana quien reside en Queens Village y luego de semanas de encierro decidió con “mucha precaución” tomar aire fresco en el Central Park.

“Yo no tengo ayuda de ninguna parte”

En cada esquina de la Gran Manzana hay una vivencia distinta. Para centenares de mujeres, desde el pasado marzo, significa una cruzada agónica para sobrevivir, en medio de historias, cuyo punto de partida es siempre el mismo: la pérdida de sus medios de sustento.

En algunos casos los tragos son más amargos, como el de la peruana Santa Mendoza, de 45 años, madre soltera e indocumentada, con dos niños, uno de ellos discapacitado.

“Trabajo limpiando apartamento de gente de dinero por aquí por Manhattan, pero todo bajó muchísimo, a esas familias les da miedo que tu le traigas el virus a la casa. Hoy vine caminando desde Harlem donde vivo porque me salió limpiar un sitio que están desocupando por aquí por la calle 62. No tenía ni para el tren, pero ahora me regreso caminando de nuevo”, reseña la afligida inmigrante, a quien la mano de la ayuda federal no le alcanza, por no tener papeles.

Santa recuerda que vino a Nueva York desde 1998 y desde ese momento a pesar de su “trabajo duro y honesto”, nunca pudo obtener su legalización.

“En este momento solamente cuento con los $150 que me pagaron por limpiar. Con esto tendré que hacer magia hasta que me salga otro trabajo. Debo dos meses de renta. A mí no me toca nada de ayuda de ninguna parte. Y mis dos niños nacieron aquí. Solo la comida que recogemos en la escuela, es con lo que cuento”, narró la suramericana.

La quisqueyana, Heidi Contreras enfrenta el desempleo con cuatro pequeños en casa. (Foto: Fernando Martínez)

“La comida no puede esperar”

Otras a pesar de las contrariedades, ven el futuro con más optimismo.

La dominicana Heidi Contreras , de 33 años, no las ha tenido fácil en tiempos de COVID-19. Trabajaba en una empresa de mantenimiento en una torre corporativa en la calle 42 de Manhattan. Desde que la ciudad empezó a cumplir con la orden ejecutiva de cierre para prevenir los contagios, quedó desempleada. Desde ese día ha caminado en un filo muy estrecho para sobrevivir.

La inmigrante caribeña tiene cuatro niños a los cuales mantener.

Durante estas largas semanas, Heidi en su reducido departamento en El Bronx, tiene que barajar las opciones con las pocas reservas económicas con las cuales contaba. Ha tenido que administrar recursos escasos y ya inexistentes, para no sacrificar la calidad de vida de sus pequeños.

“Cuando hay niños pequeños y tienes que alimentarlos, tienes que seguir adelante. El papá de los niños también se quedó desempleado. Ya el asunto va por deudas con la renta y con varios biles, pero lo que no puede esperar es la comida. Con los bancos de alimentos, uno resuelve por ahora lo más importante”, dijo mientras recogía algunas verduras frescas, en la calle 86 del oeste de Manhattan, en la organización “Campaign Against Hunger”, una de las centenares coaliciones que han sido vitales en medio de esta emergencia para proveer alimentos.

Las clases remotas de sus cuatro niños, ha sido otro desafío para la joven madre: tiene dos gemelos de 9 años, un niño de 11 y otro de 13.

“Tenemos una sola computadora. Y allí vamos resolviendo, nos hemos ido adaptando. Yo como mujer sola, cabeza de familia, me he crecido en este momento. Es terrible, pero esto los superamos”, comentó la joven madre, quien aunque aplica para solicitar seguro de desempleo, subrayó que ha sido la asignatura más complicada, porque el sistema está muy lento.

 

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